MANUAL DEL PERFECTO IDIOTA LATINOAMERICANO.

Hay tres libros que desde hace años forman parte de mis lecturas “de cabecera”, uno es “Alegro, ma non troppo” de Carlo María Cipolla; otro es “Oligarquía y Caciquismo como forma de Gobierno en España” de Joaquín Costa, el tercero “Manual del perfecto idiota latinoamericano” de Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner, y Álvaro Vargas Llosa. 

Hoy vamos a hablar del tercero:

MANUAL DEL PERFECTO IDIOTA LATINOAMERICANO.

Los “valores” de eso que se hace llamar izquierda son formas de estupidez que han anidado profundamente en la conciencia de la mayoría de la gente, estupideces propias de la modernidad, que se han colado en la Iglesia, en el Estado (en el poder ejecutivo, en el judicial, en el legislativo… e incluso en el “cuarto poder”)  en la mente de todo quisqui, y que han acabado introduciéndose hasta en nuestras casas. De la mano de los “valores progresistas” se ha ido instalando entre nosotros, casi sin apenas darnos cuenta, la estulticia… habiendo llegado a tal extremo que la idiocia ha dejado de ser vergonzante; tal cual los diversos fanatismos religiosos (al fin y al cabo la izquierda es una forma de herejía del Cristianismo…)

No olvidemos que la idiocia y la maldad no son excluyentes; es más, como decía Sócrates, la maldad es solo un tipo de estupidez.

Uno de los rasgos más característicos de la estupidez es que generalmente ningún estúpido piensa que lo es. Por el contrario, el más estulto de los estultos actuará y hablará con la convicción de que posee una mente privilegiada. Tal cual dice, también, Sócrates si uno  cayera en la cuenta de cuan estúpido es en una determinada circunstancia, elegiría no actuar como un necio.

A poco que uno se acerque a la Historia de la Humanidad, y particularmente la de los últimos siglos, acaba llegando a la conclusión de que si ha habido una causa determinante, especialmente influyente en las tragedias, maldades, desgracias, genocidios… por los que se han visto afectados millones y millones de seres humanos esa ha sido la estupidez izquierdista. Y lo paradójico del asunto es que todavía las diversas utopías intervencionistas siguen teniendo buena fama y predicamento.

Generalmente tendemos a culpar a la perversidad intencional, a la malicia, a la megalomanía, a la codicia, a la conspiración,… de las malas decisiones que se toman, y de los resultados de las mismas, que por supuesto “existen”; pero un estudio exhaustivo de la conducta humana nos lleva inevitablemente a la conclusión de que el origen de los terribles errores que cometen los humanos está en la pura y simple estupidez.

Como nos dice Mario Vargas Llosa, (padre de uno de los autores del libro que hoy comentamos y recomendamos),en el prólogo del “Manual del perfecto idiota latinoamericano”, el idiota izquierdista cree que somos pobres porque “ellos” son ricos y viceversa, que la historia es una exitosa conspiración de malos contra buenos en la que aquéllos siempre ganan y nosotros siempre perdemos (él está en todos los casos entre las pobres víctimas y los buenos perdedores), no tiene empacho en navegar en el cyberespacio, sentirse on-line y (sin advertir la contradicción) abominar del consumismo. Cuando habla de cultura, agita al aire –a la vez que levita- con frases del tipo: «Lo que sé lo aprendí en la vida, no en los libros, y por eso mi cultura no es libresca sino vital». ¿Quién es él? Es el idiota izquierdista…

Esa clase de idiota despierta el afecto y la simpatía, o, a lo peor, la conmiseración, pero no el enojo ni la crítica, y, a veces, hasta una secreta envidia, pues hay en los idiotas de nacimiento, en los espontáneos de la idiotez, algo que se parece a la pureza y a la inocencia, y la sospecha de que en ellos podría estar agazapada, escondida nada menos que esa cosa terrible llamada por los creyentes santidad.

La idiotez de la que se está hablando es de otra índole. Está presente “urbi et orbi”, corre como el azogue y echa raíces en cualquier parte. Postiza, deliberada y elegida, se adopta conscientemente, por pereza intelectual, modorra ética y oportunismo civil. Ella es ideológica y política, pero, por encima de todo, frívola, pues revela una abdicación de la facultad de pensar por cuenta propia, de cotejar las palabras con los hechos que ellas pretenden describir, de cuestionar la retórica que hace las veces de pensamiento.

Ella es la beatería de la moda reinante, el dejarse llevar siempre por la corriente, la religión del estereotipo y el lugar común. Nadie está exento de sucumbir en algún momento de su vida a este género de idiotez (yo mismo he de reconocer que he pecado de ello durante años…)

Existe la idiotez sociológica y la de la ciencia histórica; la politológica y la periodística; la católica y la protestante; la de izquierda y la de derecha; la socialdemócrata, la demo-cristiana, la revolucionaria, la conservadora y — ¡ay! — también la liberal.

Todas las doctrinas que profusamente tratan de explicar realidades tan dramáticas como la pobreza, los desequilibrios sociales, la explotación, la ineptitud para producir riqueza y crear empleo y los fracasos de las instituciones civiles y la democracia se explican, en gran parte, como resultado de una pertinaz y generalizada actitud irresponsable, de jugar al avestruz en lo que respecta a las propias miserias y defectos, negándose a admitirlos —y por lo tanto a corregirlos — y buscándose coartadas y chivos expiatorios (el imperialismo, el neocolonialismo, las trasnacionales, los injustos términos de intercambio, el Pentágono, la CÍA, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, etcétera) para sentirse siempre en la cómoda situación de víctimas y, no tener mala conciencia,… eternizarse en el error.

Pero lo más increíble es acabar comprobando lo enormemente reacios que son los idiotas izquierdistas a aceptar que la realidad puede tener varias caras; resulta chocante hasta que punto llegan a ignorar las desgracias, las injusticias, los abusos que no estén en su repertorio absolutamente maniqueo, no se olvide que para ellos, o se está con ellos –se es de “los nuestros”- o se está contra ellos, para el idiota izquierdista no existen tonos grises… quienes no están con “nosotros” dicen memeces, son “fachas”, amigos, nostálgicos, o simpatizantes del régimen franquista… Quienes no compartan sus ideas son seres perversos, egoístas, profundamente inmorales, o poseen algún tipo de fobia…; les hablo, por supuesto de quienes proclaman la necesidad de potenciar, dar prioridad a “lo público”, la escuela pública, la sanidad pública,… y llevan a sus hijos a colegios privados, y acuden a la sanidad privada… Son aquellos que ponen por locos a quienes se atreven a cuestionar el dogma de lo políticamente correcto, acerca de sancedes como el “calentamiento global”, o la versión progre de la historia reciente de España <el idiota izquierdista nunca dirá España, dirá “estepaís”>, o la llamada “perspectiva de género”… Curiosa panda la de los idiotas izquierdistas.

Pero, no debemos olvidar que aparte de los progres idiotas relativamente bienintencionados y aparentemente inofensivos, están los idiotas realmente peligrosos, ese grupo de sinvergüenzas, depredadores, cínicos, que ni tienen programa, ni principios, ni objetivos (bueno, sí, objetivo si tienen, CONSERVAR EL PODER A TODA COSTA…) y que proclaman que están al lado de los más desfavorecidos…Claro, que aunque suenen parecidas, una cosa es la Ética, y otra la Estética… Esta secta de “paripé”, poses, aparentar, mentir, y demás pues andan bastante bien; pero de “Moral”; de eso entienden poquito…

Lo que sí hay que reconocerles, en honor a la verdad, es su enorme habilidad anestésica, su enorme capacidad de manipular a la gente corriente y de crear falsas expectativas…

Los invito a leer, como «aperitivo» el primer capítulo de «Manual del perfecto idiota latinoamericano»:

RETRATO DE FAMILIA
En la formación política del perfecto idiota, además de cálculos y resentimientos, han intervenido los vanos y confusos ingredientes. En primer término, claro está, mucho de la vulgata marxista de sus
tiempos universitarios. En esa época, algunos folletos y cartillas de un marxismo elemental le suministraron una explicación fácil y total del mundo y de la historia. Todo quedaba debidamente explicado por la lucha de clases. La historia avanzaba conforme a un libreto previo (esclavismo,
feudalismo, capitalismo y socialismo, antesala de una sociedad realmente igualitaria). Los culpables de la pobreza y el atraso de nuestros países eran dos funestos aliados: la burguesía y el imperialismo.
Semejantes nociones del materialismo histórico le servirían de caldo para cocer allí, más tarde, una extraña mezcla de tesis tercermundistas, brotes de nacionalismo y de demagogia populista, y una que otra vehemente referencia al pensamiento, casi siempre caricaturalmente citado, de algún caudillo emblemático de su país, llámese José Martí, Augusto César Sandino, José Carlos Mariátegui, Víctor Raúl Haya de la Torre, Jorge Eliécer Gaitán, Eloy Alfaro, Lázaro Cárdenas, Emiliano Zapata, Juan Domingo Perón,
Salvador Allende, cuando no el propio Simón Bolívar o el Che Guevara. Todo ello servido en bullentes cazuelas retóricas. El pensamiento político de nuestro perfecto idiota se parece a esos opulentos pucheros
tropicales, donde uno encuentra lo que quiera, desde garbanzos y rodajas de plátano frito hasta plumas de loro.
Si a este personaje pudiéramos tenderlo en el diván de un psicoanalista, descubriríamos en los pliegues más íntimos de su memoria las úlceras de algunos complejos y resentimientos sociales. Como la mayor parte del mundo político e intelectual latinoamericano, el perfecto idiota proviene de modestas clases medias, muy frecuentemente de origen provinciano y de alguna manera venidas a menos. Tal vez tuvo un abuelo próspero que se arruinó, una madre que enviudó temprano, un padre profesional, comerciante o funcionario estrujado por las dificultades cotidianas y añorando mejores tiempos de la familia. El medio de donde proviene está casi siempre marcado por fracturas sociales, propias de un mundo rural
desaparecido y mal asentado en las nuevas realidades urbanas.
Sea que hubiese crecido en la capital o en una ciudad de provincia, su casa pudo ser una de esas que los ricos desdeñan cuando ocupan barrios más elegantes y modernos: la modesta quinta de un barrio medio o una de esas viejas casas húmedas y oscuras, con patios y tiestos de flores, tejas y canales herrumbrosos, algún Sagrado Corazón en el fondo de un zaguán y bombillas desnudas en cuartos y corredores, antes de que el tumultuoso desarrollo urbano lo confine en un estrecho apartamento de un edificio multifamiliar.
Debieron ser compañeros de su infancia la Emulsión de Scott, el jarabe yodotánico, las novelas radiofónicas, los mambos de Pérez Prado, los tangos y rancheras vengativos, los apuros de fin de mes y parientes siempre temiendo perder su empleo con un cambio de gobierno.
Debajo de esa polvorienta franja social, a la que probablemente hemos pertenecido todos nosotros, estaba el pueblo, esa gran masa anónima y paupérrima llenando calles y plazas de mercado y las iglesias en la Semana Santa. Y encima, siempre arrogantes, los ricos con sus clubes, sus grandes mansiones, sus muchachas de sociedad y sus fiestas exclusivas, viendo con desdén desde la altura de sus buenos apellidos a las gentes de clase media, llamados, según el país, «huachafos», «lobos», «siúticos», o cualquier otro término despectivo.
Desde luego nuestro hombre (o mujer) no adquiere título de idiota por el hecho de ser en el establecimiento social algo así como el jamón del emparedado y de buscar en el marxismo, cuando todavía padece de acné juvenil, una explicación y un desquite. Casi todos los latinoamericanos hemos sufrido el marxismo como un sarampión, de modo que lo alarmante no es tanto haber pasado por esas tonterías como seguir repitiéndolas —o, lo que es peor, creyéndolas— sin haberlas confrontado con la realidad. En otras palabras, lo malo no es haber sido idiota, sino continuar siéndolo.
Con mucha ternura podemos compartir, pues, con nuestro amigo recuerdos y experiencias comunes.
Tal vez el haber pertenecido a una célula comunista o a algún grupúsculo de izquierda, haber cantado la Internacional o la Bella Ciao, arrojado piedras a la policía, puesto letreros en los muros contra el gobierno, repartido hojas y volantes o haber gritado en coro, con otra multitud de idiotas en ciernes, «el pueblo unido jamás será vencido». Los veinte años son nuestra edad de la inocencia.
Lo más probable es que en medio de este sarampión, común a tantos, a nuestro hombre lo haya sorprendido la revolución cubana con las imágenes legendarias de los barbudos entrando en una Habana en delirio. Y ahí tendremos que la idolatría por Castro o por el Che Guevara en él no será efímera sino perenne. Tal idolatría, que a unos cuantos muchachos de su generación los pudo llevar al monte y a la muerte, se volverá en nuestro perfecto idiota un tanto discreta cuando no sea ya un militante de izquierda
radical sino el diputado, senador, ex ministro o dirigente de un partido importante de su país. Pese a ello, no dejará de batir la cola alegremente, como un perrito a la vista de un hueso, si encuentra delante suyo,
con ocasión de una visita a Cuba, la mano y la presencia barbuda, exuberante y monumental del líder máximo. Y desde luego, idiota perfecto al fin y al cabo, encontrará a los peores desastres provocados por
Castro una explicación plausible. Si hay hambre en la isla, será por culpa del cruel bloqueo norteamericano; si hay exiliados, es porque son gusanos incapaces de entender un proceso revolucionario; si hay prostitutas, no es por la penuria que vive la isla, sino por el libre derecho que ahora tienen las cubanas de disponer de su cuerpo como a bien tengan. El idiota, bien es sabido, llega a extremos sublimes de interpretación de los hechos, con tal de no perder el bagaje ideológico que lo acompaña desde su juventud. No tiene otra muda de ropa.
Como nuestro perfecto idiota tampoco tiene un pelo de apóstol, su militancia en los grupúsculos de izquierda no sobrevivirá a sus tiempos de estudiante. Al salir de la universidad e iniciar su carrera política,
buscará el amparo confortable de un partido con alguna tradición y opciones de poder, transformando sus veleidades marxistas en una honorable relación con la Internacional Socialista o, si es de estirpe
conservadora, con la llamada doctrina social de la Iglesia. Será, para decirlo en sus propios términos, un hombre con conciencia social. La palabra social, por cierto, le fascina. Hablará de política, cambio, plataforma, corriente, reivindicación o impulso social, convencido de que esta palabra santifica todo lo que hace.
Del sarampión ideológico de su juventud le quedarán algunas cosas muy firmes: ciertas impugnaciones y críticas al imperialismo, la plutocracia, las multinacionales, el Fondo Monetario y otros pulpos (pues también del marxismo militante le quedan varias metáforas zoológicas). La burguesía probablemente dejará de ser llamada por él burguesía, para ser designada como oligarquía o identificada con «los ricos» o con el rótulo evangélico de «los poderosos» o «favorecidos por la fortuna». Y, obviamente, serán suyas
todas las interpretaciones tercermundistas. Si hay guerrilla en su país, ésta será llamada comprensivamente «la insurgencia armada» y pedirá con ella diálogos patrióticos aunque mate, secuestre, robe, extorsione o torture. El perfecto idiota es también, conforme a la definición de Lenin, un idiota útil.
A los treinta años, nuestro personaje habrá sufrido una prodigiosa transformación. El pálido estudiante de la célula o del grupúsculo medio clandestino tendrá ahora el aspecto robusto y la personalidad frondosa
y desenvuelta de un político profesional. Habrá tragado polvo en las carreteras y sudado camisas bajo el sol ardiente de las plazas mientras abraza compadres, estrecha manos, bebe cerveza, pisco, aguardiente,
ron, tequila o cualquier otro licor autóctono en las cantinas de los barrios y poblaciones. Sus seguidores lo llamarán jefe. Será un orador copioso y efectista que sufre estremecimientos casi eróticos a la vista de un micrófono. Su éxito residirá esencialmente en su capacidad de explotar demagógicamente los problemas sociales.

¿Acaso no hay desempleo, pobreza, falta de escuelas y hospitales? ¿Acaso no suben los precios como globos mientras los salarios son exiguos salarios de hambre?

¿Y todo esto por qué?, preguntará de pronto contento de oír su voz, difundida por altoparlantes, llenando el ámbito de una plaza. Ustedes lo
saben, dirá. Lo sabemos todos. Porque —y aquí le brotarán agresivas las venas del cuello bajo un puño amenazante— la riqueza está mal distribuida, porque los ricos lo tienen todo y los pobres no tienen nada,
porque a medida que crecen sus privilegios, crece también el hambre del pueblo. De ahí que sea necesaria una auténtica política social, de ahí que el Estado deba intervenir en defensa de los desheredados, de ahí que todos deban votar por los candidatos que representan, como él, las aspiraciones populares.
De esta manera el perfecto idiota, cuando resuelva hacer carrera política, cosechará votos para hacerse elegir diputado, representante a la Cámara o senador, gobernador o alcalde. Y así, de discurso en discurso, de balcón en balcón, irá vendiendo sin mayor esfuerzo sus ideas populistas. Pues esas ideas gustan, arrancan aplausos. Él hará responsable de la pobreza no sólo a los ricos (que todo lo tienen y nada dan), sino también a los injustos términos de intercambio, a las exigencias del Fondo Monetario Internacional, a las políticas ciegamente aperturistas que nos exponen a competencias ruinosas en los mercados internacionales y a las ideas «neoliberales».
Será, además, un verdadero nacionalista. Dirá defender la soberanía nacional contra las conjuras del capital extranjero, de esa gran banca internacional que nos endeuda para luego estrangularnos, dejándonos
sin inversión social. Por tal motivo, en vez de entregarle nuestras riquezas naturales a las multinacionales, él reclama el derecho soberano del país de administrar sus propios recursos. ¿Privatizar empresas del Estado? Jamás, gritará nuestro perfecto idiota vibrante de cólera. No se le puede entregar a un puñado de capitalistas privados lo que es patrimonio de todo el pueblo, de la nación entera. Eso jamás, repetirá con la cara más roja que la cresta de un pavo. Y su auditorio entusiasmado dirá también jamás, y todos volverán algo ebrios, excitados y contentos a casa, sin preguntarse cuántas veces han oído lo mismo sin que cambie para nada su condición. En este cuento el único que prospera es el idiota.
Prospera, en efecto. A los cuarenta años, nuestro perfecto idiota, metido en la política, tendrá algún protagonismo dentro de su partido y dispondrá ya, en Secretarías, Gobernaciones, Ministerios o Institutos, de unas buenas parcelas burocráticas. Será algo muy oportuno, pues quizá sus discursos de plaza y balcón hayan comenzado a erosionarse. Lo cierto es que los pobres no habrán dejado de ser pobres, los precios seguirán subiendo y los servicios públicos, educativos, de transporte o sanitarios, serán tan ineficientes como de costumbre. De-valuadas sus propuestas por su inútil reiteración, de ahora en adelante su fuerza electoral deberá depender esencialmente de su capacidad para distribuir puestos públicos, becas, auxilios o subsidios. Nuestro perfecto idiota es necesariamente un clientelista político. Tiene una clientela electoral que ha perdido quizá sus ilusiones en el gran cambio social ofrecido, pero no en la influencia de su jefe y los pequeños beneficios que pueda retirar de ella. Algo es algo, peor es nada.
Naturalmente nuestro hombre no está solo. En su partido (de alto contenido social), en el congreso y en el gobierno, lo acompañan o disputan con él cuotas de poder otros políticos del mismo corte y con una trayectoria parecida a la suya. Y ya que ellos también se acercan a la administración pública como abejas a un plato de miel, poniendo allí sus fichas políticas, muy pronto las entidades oficiales empezarán a padecer de obesidad burocrática, de ineficiencia y laberíntica «tramitología». Dentro de las empresas públicas surgirán voraces burocracias sindicales. Nuestro perfecto idiota, que nunca deja de cazar votos, suele adular a estos sindicalistas concediéndoles cuanto piden a través de ruinosas convenciones colectivas. Es otra expresión de su conciencia social. Finalmente aquélla no es plata suya, sino plata del Estado, y la plata del Estado es de todos; es decir, de nadie.
Con esta clase de manejos, no es de extrañar que las empresas públicas se vuelvan deficitarias y que para pagar sus costosos gastos de funcionamiento se haga necesario aumentar tarifas e impuestos. Es la
factura que el idiota hace pagar por sus desvelos sociales. El incremento del gasto público, propio de su Estado benefactor, acarrea con frecuencia un severo déficit fiscal. Y si a algún desventurado se le ocurre pedir que se liquide un monopolio tan costoso y se privatice la empresa de energía eléctrica, los teléfonos, los puertos o los fondos de pensiones, nuestro amigo reaccionará como picado por un alacrán. Será un aliado de la burocracia sindical para denunciar semejante propuesta como una vía hacia el capitalismo salvaje, una maniobra de los neoliberales para desconocer la noble función social del servicio público. De esta manera tomará el partido de un sindicato contra la inmensa, silenciosa y desamparada mayoría de los
usuarios.
En apoyo de nuestro político y de sus posiciones estatistas, vendrán otros perfectos idiotas a darle una mano: economistas, catedráticos, columnistas de izquierda, sociólogos, antropólogos, artistas de vanguardia y todos los miembros del variado abanico de grupúsculos de izquierda: marxistas, trostkistas, senderistas (miembros o simpatizantes del grupo terrorista peruano «sendero luminoso»), maoístas que han pasado su vida embadurnando paredes con letreros o preparando la lucha armada. Todos se movilizan en favor de los monopolios públicos.
La batalla por lo alto la dan los economistas de esta vasta franja donde la bobería ideológica es reina.
Este personaje puede ser un hombre de cuarenta y tantos años, catedrático en alguna universidad, autor de algunos ensayos de teoría política o económica, tal vez con barbas y lentes, tal vez aficionado a morder una pipa y con teorías inspiradas en Keynes y otros mentores de la social democracia, y en el padre Marx siempre presente en alguna parte de su saber y de su corazón. El economista hablará de pronto de estructuralismo, término que dejará seguramente perplejo a nuestro amigo, el político populista, hasta cuando comprenda que el economista de las barbas propone poner a funcionar sin reatos la maquinita de emitir billetes para reactivar la demanda y financiar la inversión social. Será el feliz encuentro de dos perfectos idiotas. En mejor lenguaje, el economista impugnará las recomendaciones del Fondo Monetario presentándolas como una nueva forma repudiable de neocolonialismo, Y sus críticas más feroces serán
reservadas para los llamados neoliberales.
Dirá, para júbilo del populista, que el mercado inevitablemente desarrolla iniquidades, que corresponde al Estado corregir los desequilibrios en la distribución del ingreso y que la apertura económica sólo sirve
para incrementar ciega y vertiginosamente las importaciones, dejando en abierta desventaja a las industrias manufactureras locales o provocando su ruina con la inevitable secuela del desempleo y el incremento de los problemas sociales.
Claro, ya lo decía yo, diría el político populista, sumamente impresionado por el viso de erudición que da a sus tesis el economista y por los libros bien documentados, publicados por algún fondo editorial universitario, que le envía. Hojeándolos, encontrará cifras, indicativos, citas memorables para demostrar que el mercado no puede anular el papel justiciero del Estado. Tiene razón Alan García —leerá allí— cuando dice que «las leyes de la gravedad no implican que el hombre renuncie a volar». (Y naturalmente
los dos perfectos idiotas, unidos en su admiración común ante tan brillante metáfora, olvidarán decirnos cuál fue el resultado concreto obtenido, durante su catastrófico gobierno, por el señor García con tales elucubraciones).
A los cincuenta años, después de haber sido senador y tal vez ministro, nuestro perfecto idiota empezará a pensar en sus opciones como candidato presidencial. El economista podría ser un magnífico ministro de Hacienda suyo. Tiene a su lado, además, nobles constitucionalistas de su mismo signo,
profesores, tratadistas ilustres, perfectamente convencidos de que para resolver los problemas del país (inseguridad, pobreza, caos administrativo, violencia o narcotráfico), lo que se necesita es una profunda reforma constitucional. O una nueva Constitución que consagre al fin nuevos y nobles derechos: el derecho a la vida, a la educación gratuita y obligatoria, a la vivienda digna, al trabajo bien remunerado, a la lactancia, a la intimidad, a la inocencia, a la vejez tranquila, a la dicha eterna. Cuatrocientos o
quinientos artículos con un nuevo ordenamiento jurídico y territorial, y el país quedará como nuevo.
Nuestro perfecto idiota es también un soñador.
Ciertamente no es un hombre de grandes disciplinas intelectuales, aunque en sus discursos haga frecuentes citas de Neruda, Vallejo o Rubén Darío y use palabras como telúrico, simbiosis, sinergia, programático y coyuntural. Sin embargo, donde mejor resonancia encuentra para sus ideas es en el mundo cultural de la izquierda, compuesto por catedráticos, indigenistas, folkloristas, sociólogos, artistas de vanguardia, autores de piezas y canciones de protesta y películas con mensaje. Con todos ellos se entiende
muy bien. Comparte sus concepciones. ¿Cómo no podría estar de acuerdo con los ensayistas y catedráticos que exaltan los llamados valores autóctonos o telúricos de la cultura nacional y las manifestaciones populares del arte, por oposición a los importadores o cultivadores de un arte foráneo y decadente?

Nuestro perfecto idiota considera con todos ellos que deben rescatarse las raíces indígenas de Latinoamérica siguiendo los pasos de un Mariátegui o de un Haya de la Torre, cuyos libros cita. Apoya a quienes denuncian el
neocolonialismo cultural y le anteponen creaciones de real contenido social {esta palabra es siempre una cobija mágica) o introducen en el arte pictórico formas y reminiscencias del arte precolombino.
Probablemente nuestro idiota, congresista al fin, ha propuesto (y a veces impuesto) a través de alguna ley, decreto o resolución, la obligación de alternar la música foránea (para él decadente, Beatles incluidos)
con la música criolla. De esta manera, habrá enloquecido o habrá estado a punto de enloquecer a sus desventurados compatriotas con cataratas de joropos, bambucos, marineras, huaynos, rancheras o cuecas.
También ha exigido cuotas de artistas locales en los espectáculos y ha impugnado la presencia excesiva de técnicos o artistas provenientes del exterior.
Por idéntico escrúpulo nacionalista, incrementará la creación de grupos de artistas populares, dándoles toda suerte de subsidios, sin reparar en su calidad. Se trata de desterrar el funesto elitismo cultural, denominación que en su espíritu puede incluir las óperas de Rossini, los conciertos de Bach, las
exposiciones de Pollock o de Andy Warhol, el teatro de Ionesco (o de Moliere) o las películas de Bergman, en provecho de representaciones llenas de diatribas político-sociales, de truculento costumbrismo o de deplorables localismos folklóricos.
Paradojas: a nuestro perfecto idiota del mundo cultural no le parece impugnable gestionar y recibir becas o subsidios de funcionarios o universidades norteamericanas, puesto que gracias a ellas puede, desde
las entrañas mismas del monstruo imperialista, denunciar en libros, ensayos y conferencias el papel neocolonialista que cumplen no sólo los Chicago Boys o los economistas de Harvard, sino también personajes tales como el Pato Donald, el teniente Colombo o Alexis Carrington. En estos casos, el perfecto idiota latinoamericano se convierte en un astuto quintacolumnista que erosiona desde adentro los valores políticos y culturales del imperio.
Nuestro amigo, pues, se mueve en un vasto universo a la vez político, económico y cultural, en el cual cada disciplina acude en apoyo de la otra y la idiotez se propaga prodigiosamente como expresión de una
subcultura continental, cerrándonos el camino hacia la modernidad y el desarrollo. Teórico del tercermundismo, el perfecto idiota nos deja en ese Tercer Mundo de pobreza y de atraso con su vasto catálogo de dogmas entregados como verdades. Esas sublimes boberías de libre circulación en América Latina son las que este manual recoge de una vez por todas en las páginas que siguen.

Si les ha gustado el primer capítulo, los invito a que sigan hasta el final. Y si todavía quieren más, lean también MANUAL DEL PERFECTO IDIOTA LATINOAMERICANO Y ESPAÑOL, de los mismos autores…

Y, ya puestos a la faena, EL REGRESO DEL IDIOTA…

Y… no se olviden de leer FABRICANTES DE MISERIA.

¡Que los disfruten, y les sean de provecho!

Carlos Aurelio Caldito Aunión.

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