Se cumplen 80 años de la publicación del libro «Camino de servidumbre» de Friedrich August von Hayek 

Camino a la servidumbre (título original The Road to Serfdom) es un libro escrito por Friedrich Hayek,​ Premio Nobel de Economía de 1974.

Publicado por primera vez por Routledge Press en marzo de 1944 en el Gran Bretaña, y en septiembre del mismo año por la Universidad de Chicago en EE. UU. En abril de 1945, Reader’s Digest publicó una versión ligeramente abreviada del libro, que llegó a alcanzar una difusión de 600 000 lectores. Alrededor de 1950 se publicó en Look Magazine una versión ilustrada, posteriormente convertida en folleto por General Motors.

El libro ha sido traducido a unos 20 idiomas, y está dedicado «a los socialistas de todos los partidos».

Camino de servidumbre es una de las manifestaciones más populares e influyentes de la Escuela Austriaca de Economía.

La tesis central es que «socialismo» y «totalitarismo» son esencialmente lo mismo, dos retoños del colectivismo y este, a su vez, un modelo de organización incompatible con la libertad humana. Para Hayek toda planificación económica, por leve que sea, se basa en la creación de un supuesto bien común o nacional que se constituye en objetivo general. Así pues, la planificación económica conduce necesariamente hacia el totalitarismo y a la pérdida de las libertades individuales. En el libro, pone tanto a la Unión Soviética como a la Alemania nazi, como ejemplos de países que han recorrido el «camino a la servidumbre» y llegado a esa situación. 

A continuación les proponemos que lean ustedes el prólogo a la edición en lengua española por motivo del sexagésimo aniversario -2004- de la publicación de «CAMINO DE SERVIDUMBRE», redactado por el profesor

Carlos Rodríguez Braun, catedrático de Historia del Pensamiento Económico Universidad Complutense de Madrid

Siempre aprendemos de los grandes pensadores, porque aprovechamos tanto sus aciertos como sus errores. Es el caso de F.A. Hayek y de este libro que le hizo famoso más allá de la estrecha fauna de los economistas profesionales.

En su tesis central Camino de servidumbre acertó plenamente en 1944 y acierta ahora: la tradición liberal cede ante el empuje del socialismo, o el intervencionismo de todos los partidos, el verdadero pensamiento único de nuestro tiempo, que a izquierdas y derechas predica la conveniencia, necesidad o urgencia de subordinar la libertad individual, la propiedad privada y los contratos voluntarios a consideraciones plausibles de carácter colectivo.

También acertó Hayek en su defensa del capitalismo, que ya entonces padecía la crítica universal que le atribuye todos los males, políticos y económicos. Esa crítica anticapitalista no sólo eludía la ponderación objetiva de las alternativas socialistas, sino que, cuando las ponderaba, a menudo las elogiaba. La falta de libertad y las crisis económicas, por ejemplo, eran atribuidas, como lo son hoy, a la opresión y la viciosa y codiciosa ineficacia del capitalismo, sin que se prestara atención ni a la sanguinaria brutalidad del comunismo ni al papel que el profundo intervencionismo público en el dinero, las finanzas y los mercados cumplía en un amplio abanico de perturbaciones económicas.

Tenía Hayek, pues, razón al refutar la tesis de que el nazismo era una consecuencia del capitalismo o una reacción del capitalismo frente a las fuerzas progresistas (cap. XII). Y también la tenía al insistir en que las causas de la crisis, el paro, la inflación y la depresión debían ser rastreadas en los sistemas públicos intervencionistas y no en el mercado libre.

Sin embargo, y aunque su predicción del venturoso futuro del socialismo fue correcta, se equivocó al cabo en la forma del mismo, porque el socialismo que finalmente se impuso en el mundo no fue el planificador comunista/ fascista que retrata en este libro sino una variante democrática, diferente de la descaradamente totalitaria que bosqueja en las páginas que siguen. Es irónico asimismo que dicha variante incorpore un intervencionismo redistribuidor que el propio Hayek admite (caps. III y IX), aunque después lo haya matizado, como puede observarse en ediciones ulteriores y también en su crítica al espejismo de la justicia social en la segunda parte de Derecho, Legislación y Libertad.

Esta equivocación es, de todas maneras, matizable por dos consideraciones. En primer lugar, el comunismo dictatorial efectivamente se impuso sobre un porcentaje apreciable de la población mundial, su crisis fue sólo evidente a partir de 1989, y gozó del respaldo de políticos, intelectuales y artistas mucho tiempo después de que su carácter genocida resultara innegable. Era sumamente popular en los años treinta y cuarenta, cuando escasas voces, como la de Hayek, tuvieron el valor de hacerle frente. También era popular, por increíble que parezca, el fascismo, y Hayek recuerda que las recetas económicas de Hitler habían sido ampliamente aconsejadas en Gran Bretaña y los Estados Unidos (cap. XIII). En nuestros días puede parecer ridículo demostrar la imposibilidad teórica y práctica del buen funcionamiento de la planificación socialista, tarea en la que se empeñaron laboriosamente Hayek y Mises, pero entonces no sólo no parecía ridículo sino que economistas muy destacados plantearon la tesis contraria. Franklin Roosevelt es visto hoy como un paladín de la moderación, la libertad y el sentido común, pero en la etapa del New Deal los liberales lo tenían como lo que en realidad fue: un enemigo del capitalismo y de la economía de mercado. El antiliberalismo campeaba, pues, en todo el mundo, y el temor a que se tradujera en incursiones crecientes contra las libertades ciudadanas no era un pánico irracional e injustificado.

Tampoco era ni es injustificada la batalla que libró Hayek en defensa de argumentos cruciales para la libertad. Pensemos por ejemplo en su crítica tocquevilliana a la restrictiva igualdad socialista y a la arriesgada ficción de concebir la libertad como enfrentada a la necesidad y no a la coerción (cap. II), o su rechazo a la extendida teoría autofágica según la cual el mercado siempre deviene monopólico (cap. IV), o a la supuesta abnegación de un Estado que impone sus criterios y fines a la gente (cap. VI); o su defensa de la propiedad privada y del mercado —que es ciego, como la justicia— en tanto que protector de los débiles (caps. VII y VIII), o de un orden internacional decimonónico, liberal y pacífico (cap. XV). También son destacables sus advertencias sobre la tensión entre seguridad y libertad (cap. IX) y sobre la degradación moral del intervencionismo (caps. X, XI, XIII y XIV).

Probablemente lo más insatisfactorio de este libro desde la perspectiva liberal sea su debilidad a la hora de analizar la democracia intervenida, aunque sea una realidad mucho más patente y generalizada en nuestro tiempo que en 1944. Una objeción ya planteada entonces fue que Hayek identificaba intervención y planificación con totalitarismo. Contra esto se alzaron los partidarios de la combinación de socialismo y capitalismo, es decir, de la ideología que iba a resultar predominante con el paso del tiempo. Recordemos que en esos años ya se hablaba de la middle way, que fue el título de un libro que el futuro primer ministro Macmillan publicó en 1938. Otra vez, conviene situarse en contexto. Hoy los socialistas e incluso los comunistas apuestan en masa por el capitalismo intervenido y redistribuidor, y no por el socialismo totalmente expropiador; quieren empresas privadas y economías de mercado, reguladas pero competitivas. Esto no era en absoluto así cuando Hayek publicó Camino de servidumbre, cuyos lectores de izquierdas probablemente habrían sido partidarios de una economía socialista de estilo soviético en un abultado porcentaje. En ese marco, proponer una Seguridad Social que no atente contra la competencia y el mercado, o que busque una red mínima de protección, que es lo que hace Hayek, no es lo mismo que proponerlo en la actualidad.

Ahora bien, incluso con este matiz, lo cierto es que Hayek se equivocó al proponer esta vía intermedia, igual que se equivocó al creer que la democracia podría frenar la expansión estatal. Esa democracia ha llevado el gasto público al entorno del 50% de la renta nacional, algo que para el economista austriaco era incompatible con la libertad, pero también con la democracia, porque equivalía al dominio de todo el sistema a cargo del Estado (cap. V).

Lo que Hayek no supo prever fue la enorme capacidad de la democracia para legitimar el poder de un Estado intervencionista y redistribuidor, un Estado que no seguiría los esquemas de Marx sino los de Mill o Keynes.

Y fue Keynes, por cierto, el primero en darse cuenta de esta debilidad crucial de Hayek. Aunque los keynesianos fueron en general sumamente críticos con este libro, el propio Keynes escribió al autor en junio de 1944 y le dijo que era «un gran libro».

La explicación de esta paradoja estriba en que el inglés detectó las concesiones del austriaco al intervencionismo. Bruce Caldwell nos dice en la Introducción que Hayek se tomó en serio este asunto, y en verdad cabe concebir su importante obra posterior de defensa del liberalismo y crítica del socialismo, desde Los fundamentos de la libertad hasta La fatal arrogancia, como una serie de intentos de superar sus contradicciones y delimitar esas concesiones. Por pequeñas y matizadas que fueran en Camino de servidumbre, ahí estaban. Y esto le permitió a Keynes hacerse fuerte en la posición ideológica prevaleciente del último siglo, la centrista, que imagina que el socialismo pleno es tan malo como el liberalismo extremo. La virtud, por tanto, está en algún lugar intermedio. En el momento en que se acepta este argumento atractivo y falaz, ya no se puede defender la libertad y sus instituciones, como la propiedad privada, en tanto que principios irrenunciables: al contrario, se transforman en valores que han de ser compatibilizados con otros de carácter social encarnados por el Estado. En otras palabras, recomendar, como hace Hayek, que el Estado redistribuya, pero poco, equivale a permitir que salga el genio intervencionista de la lámpara, y ya no habrá forma de volverlo a meter. Si encima es un genio intervencionista democrático, entonces encerrarlo de nuevo será negar la voz del pueblo, que en democracia está genuinamente representado por el poder político, ante cuya expansión no podrá plantearse argumento sólido alguno. El pueblo, como decía Bentham, no puede actuar contra sí mismo, y en democracia el pueblo expresa sus preferencias votando, y ya después los gobernantes gobiernan en pleno estado de abnegación, de consensos y de generosa extensión de los «derechos» y las «conquistas» sociales. La noción fundamental de la libertad, que es la limitación del poder, ha desaparecido.Más aún, el hecho mismo de plantearla nos convierte en sospechosos extremistas.

La inteligencia de Keynes le permitió entrever este proceso, y por eso le anuncia a Hayek el triste destino centrista del liberalismo: si cede en sus principios, no los podrá recuperar, porque nadie escuchará sus advertencias sobre unos riesgos futuros que parecerán absurdos en una sociedad democrática que por definición no puede menoscabar injustificadamente la libertad. Y se lo dice: «En el momento en que usted admite que el extremo no es posible… está perdido según su propio argumento, porque intenta persuadirnos de que tan pronto como nos desplacemos una pulgada en la dirección de la planificación ya estamos en la senda resbaladiza que llevará finalmente al precipicio.»

Keynes concluye que la lógica del propio Hayek no fuerza a la conclusión de que no hay que planificar ¡ni siquiera planificar menos! De lo que se trata es de conseguir que la comunidad comparta la excelente posición moral del austriaco, que se sitúe fuera de los «extremos» y ya veremos a dónde conduce este ideal socialdemocrático.

Más de sesenta años más tarde, ya lo hemos visto: ha ido cayendo el totalitarismo socialista, y no se han impuesto los campos de concentración comunistas o fascistas, sino una democracia intervenida y onerosa hasta unos niveles que probablemente dejarían boquiabiertos tanto a Hayek como al mismo Keynes. Sin que haya habido protestas destacables, la coacción política y legislativa ha adquirido un peso en la sociedad del tenor de aquel que según los clásicos explicaría y también justificaría la revuelta popular.

¿Qué hacer, pues, con Camino de servidumbre? Aprender, como dijimos al principio, de sus fortalezas y sus debilidades. Quizá quepa concluir que uno de sus mayores aciertos fue advertirnos contra la tentación de buscar fundamentalmente el atajo político en la lucha por la libertad. Es un atajo estéril y peligroso porque, como bien escribió Hayek en su célebre dedicatoria, ese es el mundo de los socialistas de todos los partidos.

Camino de servidumbre

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Y, para terminar los invito a leer algunas reflexiones de F. von Hayek:

«Es importante no confundir la oposición contra este tipo de planificación, con una actitud dogmática a favor del laissez faire»; tal oposición debe ser dentro de un marco estricto… Obviamente, el funcionamiento de la competencia requiere, y depende, de condiciones que nunca pueden ser totalmente garantizadas por la empresa privada. La intervención estatal siempre es necesaria, pero la planificación y la competencia sólo pueden combinarse cuando se planifica para la competencia, no en contra de ella».​

Hayek hace, también, la siguiente observación, que podría haber servido de conclusión a su obra: «En el pasado, ha sido la sumisión a las fuerzas impersonales del mercado lo que ha hecho posible el desarrollo de la civilización. Es esta sumisión lo que nos permite a todos construir algo que es mayor que lo que cada uno de nosotros pudiera construir. Se equivocan terriblemente los que creen que podemos ayudar a dominar las fuerzas de la sociedad de la misma forma que hemos aprendido a dominar las fuerzas de la naturaleza. Esto no sólo es el camino hacia el totalitarismo sino también el camino hacia la destrucción de nuestra civilización y, ciertamente, la mejor manera de bloquear el progreso»

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