Contra la estupidez, aprende a pensar.

Ricardo Moreno Castillo

El método definitivo contra la estupidez

¿Para qué sirve pensar, reflexionar sobre el mundo que nos rodea?

¿Cómo aprender a pensar?

El libro de Ricarddo Moreno Castillo responde a ambas preguntas y nos muestra lo que nos enseñan algunos de los grandes pensadores que nos han precedido.

Pensar no es un mero pasatiempo teórico. Nos ayuda a combatir los prejuicios; a darnos cuenta de las «trampas» de la lógica que emplean políticos, publicistas o religiosos para no caer en ellas; a tener criterio para definir los límites y las posibilidades de los avances científicos.

Pero, en contra de lo que parecen indicar los actuales planes de estudio y reformas educativas, para pensar es necesario tener conocimientos, aprender. Hoy día se discute con frecuencia si es preferible ser inteligente o tener conocimientos. Es una discusión tonta porque ambas cosas, saber e inteligencia, solo pueden avanzar si van de la mano. Quien se empeña en opinar antes de estudiar, por aquello de que la inteligencia es más importante que el saber, solo podrá dar opiniones tontas…

Les recomendamos que lean el primer capítulo del libro «Contra la estupidez, aprende a pensar«, estamos seguros de que no se sentirán defraudados:

¿En qué consiste eso de filosofar?

Antes de comenzar el segundo milenio a. C., tribus que hablaban griego se establecieron en lo que hoy llamamos Grecia desde el noroeste de la península Balcánica, y con el tiempo su influencia fue ampliándose a todo el Mediterráneo. Para comerciar con sus vecinos tenían que llegar al mar Negro, accesible solo a través de los estrechos de Dardanelos (entonces conocido como el Helesponto) y el Bósforo. Quien controlase el paso por los estrechos controlaba el comercio, y por entonces estaban dominados por la ciudad de Troya (también conocida como Ilión). Para acabar con este estado de cosas, alrededor del 1200 a. C. un ejército griego puso sitio a Troya y la destruyó. El relato de algunos episodios del asedio fue narrado en la Ilíada, atribuida al poeta Homero, quien vivió en torno al 850 a. C. También a Homero se le debe la Odisea, donde se cuentan las aventuras de Ulises (u Odiseo, que también así puede ser llamado), rey de Ítaca, que al regresar de la guerra de Troya anduvo deambulando por los mares durante varios años antes de volver a casa. En el curso del siglo X a. C. se produjo un proceso de urbanización en el cual se agruparon varias aldeas hasta llegar a formar Ciudades-Estado como Esparta y Atenas, gobernadas por reyes que ejercían la autoridad religiosa, militar y política.

El siglo VIII a. C. fue un período importantísimo para el desarrollo de la civilización griega, ya que se empezó a utilizar el alfabeto fenicio —adaptado a la lengua griega—, se mejoraron las técnicas metalúrgicas y agrícolas, y el gobierno de las ciudades fue evolucionando lentamente hacia la democracia. Por supuesto, una democracia muy poco democrática si se compara con la de los países civilizados de hoy día, pero la idea apareció allí, en Grecia. En el siglo V a. C., Atenas se convirtió en un gran centro intelectual, cuyo período de mayor esplendor correspondió al gobierno de Pericles (llamado por Tucídides «el primer ciudadano de Atenas») entre los años 462 y 429 a. C., cuando su influencia política fue decisiva. Se fomentaron las artes y la literatura, y es por esto por lo que Atenas tiene la reputación de faro cultural de la antigua Grecia.

Entremos ahora en la pregunta que se propone responder este capítulo: ¿en qué consiste eso de filosofar? Empezaremos, sin embargo, por plantear otra pregunta más sencilla: ¿cuándo y quién lo inventó?

Comenzó en Grecia, cuya historia se acaba de esbozar, en el siglo VI a. C. Y cuando hablamos de Grecia no nos referimos a lo que hoy es la república griega, sino al mundo griego en general, a las colonias helénicas diseminadas por algunos países del Mediterráneo. De hecho, los primeros nombres que aparecen en cualquier historia de la filosofía son los de Tales, Anaximandro y Anaxímenes, los tres oriundos de la ciudad de Mileto, que estaba en Asia Menor, lo que actualmente conocemos como Turquía. Muchos de los pensadores griegos fueron grandes viajeros y aprendieron de los pueblos vecinos, principalmente de Mesopotamia y Egipto, donde se encontraban las dos grandes civilizaciones de la época. En ambas se habían creado una matemática y una astronomía relativamente avanzadas, se habían labrado hermosas estatuas y relieves, y se habían construido bellos edificios. También existían todas esas cosas entre los griegos, algunas creadas por ellos y otras copiadas de culturas foráneas. Pero, de repente, en Grecia sucedió algo que, hasta donde llegan nuestros conocimientos, no había sucedido nunca en ningún otro lugar. A algunos griegos se les ocurrió que, además de hacer cosas, podían pensar sobre las cosas que hacían. Por ejemplo, no solo creaban obras bellas, sino que empezaron a pensar sobre lo que es la belleza. ¿Qué significa esa palabra? Cuando decimos que una canción es bella, o que una mujer es bella, o que un cuadro es bello, o que un paisaje es bello, ¿estamos diciendo lo mismo aunque hablemos de cosas tan distintas? Todo el mundo entiende qué significa que algo sea muy bello, opinión con la cual se puede estar de acuerdo o no, porque algo puede parecer bello a una persona y feo a otra, pero sabemos muy bien lo que se quiere decir. Y precisamente porque compartimos el significado, podemos discutir sobre si una sinfonía o una escultura son hermosas o no lo son. Y si nos preguntan si un objeto nos parece bello o no, sabemos contestar. Pero ahora viene lo más complicado. ¿Qué pasa si nos preguntan qué es la belleza? En algunos diccionarios pone algo así como que «la belleza es la cualidad que tienen algunos objetos o sonidos para producir en quien los ve o los escucha una emoción agradable». Con todo, esta definición no nos convence, porque habría que saber lo que es la emoción. Claro que podríamos decir que la emoción es aquello que nos produce la contemplación de las cosas bellas, pero eso nos convencería todavía mucho menos, porque entonces nos moveríamos en una falacia lógica que se llama círculo vicioso. Más adelante veremos otras falacias lógicas. Asimismo, los griegos se dedicaron con mucho éxito a las matemáticas. En Egipto y Babilonia también se hicieron descubrimientos matemáticos, aunque más bien apuntando a fines prácticos, como medir el tiempo para fechar las cosechas o recuperar las lindes de los campos de cultivo después de que fueran desdibujadas por las aguas desbordadas del Nilo. Pero los griegos se interesaron por las matemáticas por sí mismas y, además, reflexionaron sobre la naturaleza de los conceptos matemáticos. Si es imposible dibujar un triángulo o un círculo perfectos, por mucho cuidado que pongamos en ello, ¿qué queremos decir cuando hablamos de «círculos» o de «triángulos» si son cosas que nunca podemos hacer realidad? Y eso que los triángulos y los círculos son cosas que, mejor o peor, somos capaces de imaginar, a diferencia de un punto. ¿Qué es un punto? Decir que es lo que no tiene dimensión alguna, ni ancho ni largo ni alto, es cosa muy fácil, pero por pequeño que lo queramos ver en la mente, siempre será como una bolita negra que por fuerza algún volumen ha de tener. Por otra parte, aun en el caso de que sí sepamos de lo que estamos hablando cuando decimos las palabras «punto», «recta» o «triángulo», las afirmaciones que hacemos acerca de ellas no tienen todas ellas la misma categoría. Si decimos, por ejemplo: «Por dos puntos pasa una recta», a cualquiera le puede parecer aceptable. Si, en cambio, decimos: «La suma de los ángulos de un triángulo es igual a la suma de dos ángulos rectos», ya no es admisible si no se proporciona una demostración. Los matemáticos griegos supieron distinguir entre: nociones comunes, es decir, aquellas verdades que podemos reconocer sin más (como que dos cosas iguales a una tercera son iguales entre sí), postulados (como el de que todos los ángulos rectos son iguales) y teoremas, que necesitan demostración (como el teorema de Pitágoras para triángulos rectángulos). Los primeros teoremas, los más sencillos, se demostraron apoyándose en los postulados, y a medida que se iban complicando se apoyaban también en teoremas anteriores. Esta es una de las dos razones más decisivas por las cuales las matemáticas progresaron tan extraordinariamente en Grecia: siempre aprendemos apoyándonos en lo que ya sabemos. Y si los contenidos de conocimiento han sido objeto de reflexión y las afirmaciones sobre esos contenidos están bien ordenadas, la base de apoyo para descubrir cosas nuevas es mucho más estable. Hay mucha diferencia entre encaramarse a una escalera que cojea y hacerlo a otra con sus cuatro patas bien asentadas en el suelo. Otra razón es que buscaron el conocimiento por sí mismo, no solo por sus aplicaciones prácticas. Muchos resultados descubiertos por los griegos por el simple encanto de saber no encontraron utilidad hasta muchos siglos después. La búsqueda de la verdad por sí misma nunca es infructuosa. Hay muchas palabras cuyo significado creemos conocer a fuerza de utilizarlas en nuestra vida cotidiana, pero si nos preguntaran lo que queremos decir con ellas no sabríamos contestar. Por ejemplo, no tenemos ningún problema en responder a preguntas como: «¿Falta mucho tiempo para tu cumpleaños?», «¿tienes tiempo libre?», «¿cuánto tiempo dura el viaje en AVE de Madrid a Barcelona?» o «¿tienes mucho espacio en tu casa?». Ahora bien, si nos preguntan: «¿Qué es el tiempo?» o «¿qué es el espacio?», nos quedamos mudos. Bien es verdad que podríamos responder que si sabemos utilizar una palabra y nos entendemos con ella, no hay razón para marear la perdiz con cuestiones tan problemáticas que, aun sabiéndolas resolver, no nos ayudarían en absoluto a hacer mejor uso de ella. Y es verdad, pues podemos manipular muy bien un cascanueces sin conocer la ley de la palanca aunque su funcionamiento esté basado, precisamente, en la ley de la palanca, del mismo modo que podemos nadar sin saber nada del principio de Arquímedes o utilizar gafas sin tener ni idea sobre las leyes de la óptica. Pero sucede que esa tendencia que tenemos los humanos a marear la perdiz, a preguntarnos sobre lo que las cosas son, aunque las más de las veces la respuesta lleve consigo nuevos interrogantes, es justamente lo que nos hace humanos. Los animales no se plantean tales preguntas. Un depredador, antes de saltar sobre su presa, se acerca sigilosamente a ella hasta que el espacio entre los dos sea el menor posible y, por lo tanto, no tenga tiempo de escapar. De algún modo rudimentario, los animales manejan las nociones de tiempo y espacio, aunque por no tener no tienen ni palabras para designarlos. Y por supuesto, la esencia de lo que es el tiempo y el espacio menos no les puede importar. Entonces, los griegos no solo hacían cosas, sino que reflexionaban sobre las cosas que hacían. Esto es, los griegos filosofaban. En eso consiste el filosofar, en reflexionar sobre las cosas que hacemos cuando no estamos filosofando. Digamos que la tarea de la filosofía consiste en reflexionar sobre las demás tareas. Y nada hay en el quehacer humano que no pueda ser objeto de la reflexión filosófica. Puede parecer un esfuerzo inútil, porque sin ella el hombre puede sobrevivir, y ciertamente ha sobrevivido durante muchos años. De hecho, el nacimiento de la filosofía es muy reciente si lo comparamos con el tiempo que la especie humana lleva sobre la Tierra. Pero si el hombre ha de sobrevivir como cualquier otra especie, también ha de vivir, y en esto se diferencia de las otras especies, porque no hay vida auténticamente humana sin reflexión ni pensamiento. Estas son las dos grandes aportaciones de la civilización griega que hacen que nuestro mundo sea como es: el saber que es un valor en sí mismo, y esto es lo que llamamos cultura, y el saber que reflexiona sobre sí mismo, que es lo que llamamos filosofía. Somos herederos de Grecia, y tenemos el hermoso deber de seguir filosofando y reflexionando para que ese valiosísimo legado no desaparezca. Ante quienes critican la filosofía como un saber inútil, hay que taparse los oídos. A quienes pretenden abolir el estudio de la filosofía en el bachillerato hay que denunciarlos sin piedad ni miramientos, porque son unos ignorantes. Se creen muy modernos por despreciar lo antiguo, y en realidad son los bárbaros de la modernidad. Pero hay más. Los saberes inútiles resultan ser muy útiles aunque su utilidad sea invisible a los ojos de la gente que anda por la vida blasonando de ser muy práctica, y que más bien es corta de luces. Ya aludimos a hallazgos matemáticos muy bellos en sí mismos y que solo mucho después de descubiertos se convirtieron en herramientas útiles para astrónomos, arquitectos o ingenieros, pero esto es ahora anecdótico. Lo decisivo es que el progreso científico puede ser muy peligroso si no va acompañado de una reflexión que señale sus límites y explore sus mejores posibilidades. No hay fuente de energía que no tenga su impacto ambiental o que no pueda ser usada para matar, ni medicamento sin contraindicaciones y que en grandes dosis no sea letal, ni constitución política que si se mejora por un lado no se deteriore al mismo tiempo por otro. El avance en el estudio de la genética y la posibilidad de manipular embriones puede tener aplicaciones maravillosas, pero también terribles. Un científico puede informarnos sobre los perjuicios o los beneficios de cierto descubrimiento, pero la tarea de reflexionar sobre si unos se compensan o no con los otros ya es tarea de la filosofía y del pensamiento, y nos atañe a todos, porque nadie puede eximirse de filosofar sin perder una parte importante de su condición humana.

Ricardo Moreno Castillo es licenciado en Matemáticas, licenciado en Filosofía y doctor en Filosofía. Ha sido catedrático de Instituto y profesor asociado de la Universidad Complutense de Madrid hasta su jubilación. Es autor de varios libros, entre ellos Los griegos y nosotrosLa conjura de los ignorantesBreve tratado sobre la felicidad Breve tratado sobre la estupidez humana.

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