Reconozco que soy un tarado…

CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN

A finales de año publiqué un artículo que llevaba por título «Pues sí, de veras hay que ser un jodido imbécil para gastar tiempo, dinero, enegía en cambiar una palabra de la Constitución Española por otra sinónima… De veras que ellos, PP y PSOE, sí son disminuidos y, como dice el refrán «cree el ladrón que todos son de su condición».

En él hablaba de la ocurrencia del PP y el PSOE -que tienen por costumbre no ponerse de acuerdo en nada, absolutamente nada, más que para subirnos impuestos y subirse el sueldo quienes forman parte de ambos partidos y pretenden parasitar de nuestros impuestos- de realizar una reforma de la Constitución Española de 1978 para sustituir la palabra «DISMINUIDOS» por «PERSONAS DISCAPACITADAS» pues los capos de ambos partidos consideran que la primera, o sea «DISMINUIDOS» es vejatoria para quienes poseen alguna merma, enfermedad, minusvalía, o cuantos sinónimos se les ocurra a ustedes para indicar que alguien no es «normal», o lo que es lo mismo, posee una deficiencia, o anomalía, o algún defecto, o alguna rareza, o alguna deformidad, o alguna tara, o alguna imperfección, o alguna subnormalidad, o alguna invalided, o inhabilidad…

Según los lumbreras del PSOE y del PP lo correcto es decir «personas con discapacidad». ¿Y qué significa «DISCAPACIDAD»? El vocablo “discapacidad” se construye, en español (en latín no existía), a partir del prefijo “dis-” y del sustantivo “capacidad”, que deriva del sustantivo latino capacitas, «capacidad, anchura, extensión, amplitud»; y éste, del adjetivo también latino, capax, «capaz, que puede contener, que contiene; espacioso, …

Pues sí, estos jodidos discapacitados, empezando por Sánchez y Feijoo, nos hacen perder tiempo, energías y dinero, y nos tienen entretenidos en debates estúpidos, para tenernos distraidos y así evitar que pensemos, debatamos y busquemos soluciones a las cuestiones que realmente importan a los españoles; su objetivo es hacer ruido, mucho ruido, con la entusiasta colaboración de los medios de información, creadores de opinión y manipulación de masas, regados generosamente con dinero de los contribuyentes.

Casualmente, cuatro días después de publicar el artículo, murió el cómico, cuentachistes, humorista Arévalo, aunque en realidad su verdadero nombre era Francisco Rodríguez Iglesias. Este hombre vivió de contar chistes acerca de gente tarada (como el abajo firmante). Sus chistes y chascarrillos llegaron a tener tal éxito que se vendían por doquier en cassettes, principalmente en las gasolineras y era fuente de inspiración para quienes se reunían en familia por alguna efeméride, o comidas de empresa, o cualquier clase de celebración, que generalmente siempre contaban con algún gracioso cuentachistes que intentaba imitar Arévalo…

Arévalo hacía bromas de todo lo que, por ser «raro», infrecuente, se le pudiera sacar punta; como hacía cualquier español décadas atrás, sin mala intención. Arévalo procuraba ser cómico, ingenioso y aunque en estos tiempos de vicitimismo y puritanismo algunos consideren que sus chistes eran burlas crueles e hirientes, nunca hubo quienes consideraran que su intención era hacer daño con sus chascarrillos. Arévalo sólo intentaba divertir a su público, ser gracioso; nada más lejos de sus intenciones que ser zafio, soez, ofensivo, o algo que se le parezca.

Arévalo se reía y hacer reír, generalmente exagerando, lo más característico de los sordos, de los ciegos, de los tartamudos, de los enanos, de los larguiruchos, de los gordos, de los flacos, de los homosexuales, de los cojos, de los paletos, etc. No se reía, no se burlaba de ellos, se reía con ellos.

Sí, como digo en el título, reconozco que soy un tarado.

Tarado deriva de «tara», que en lengua española significa defecto que disminuye el valor de algo, tacha, deficiencia, fallo, lacra, lastre, decrecido, aminorado, reducido, imperfección, mancha, anomalía, enfermedad, estigma, ausencia de algo, irregularidad, inconveniente, falta o privación del algo, disminución, ausencia, carencia, deficiencia, merma, degeneración, desviación, estragamiento, discapacidad, limitación para realizar una actividad, impedimento físico o psíquico, e incluso vicio…

Además, también significa envalaje, envase o recipiente; pero evidentemente no vienen al caso.

Pues sí, soy un tarado, tengo un defecto importante y de carácter hereditario: soy sordo.

Y la reforma de la Constitución Española de 1978 para sustituir la palabra disminuido, sinónimo de tarado, por otra sinónima: discapacitado, es una absoluta estupidez propia de analfabetos, mediocres a los que hay que expulsar cuanto antes de las instituciones para que dejen de tomarnos el pelo, al mismo tiempo que nos expolian, nos saquean y añaden que lo hacen por nuestro bien.

En este año, 2024 que acaba de echar a andar, los españoles decentes debemos intentar abstraernos de ese ruido (en ocasiones ensordecedor) y poner atención en lo importante, y poco o nada en lo que los medios procurarán hacer creer que es urgente; siguiendo el dictado de las agrupaciones mafiosas que se hacen llamar partidos políticos.

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