Peter Pan Sánchez, un tirano adultescente en una España infantilizada.

CAROLUS AURELIUS CALIDUS UNIONIS

Hace apenas una semana, el profesor Dalmacio Negro cargaba contra el sanchismo y afirmaba que España es víctima de una tiranía bastante infantil y añadía que los españoles estamos malgobernados por gentes torpes que confunden la política con un juego de niños. Para ellos, para los dirigentes de todos los partidos, la partitocracia, instalada aquí en España, es una especie de juguete.

Fueron muchos los que dijeron que la reflexión del profesor Negro era una completa exageración…

Algunos, yo entre ellos, coincidimos con el diagnóstico, sin duda los españoles están enormemente infantilizados, como resultado de las «leyes educativas progresistas», por la deserción de los padres en aquello de su obligación de educar a sus hijos, y un largo etcétera, además de que los actuales gobernantes (también víctimas, la mayoría, de las «leyes educativas progresistas») promueven, fomentan el infantilismo desde el parvulario hasta la universidad y lo refuerzan con la colaboración servil de los medios de información, creadores de opinión y manipulación de masas…

Bueno es que empecemos por definir, por analizar en qué consiste eso de la «infantilización», el síndrome de Peter Pan:

Por desgracia, se ha convertido en habitual que los gobernantes, y sus entusiastas colaboradores, los medios de información, traten a adultos como niños. Quien así actúa crea un círculo vicioso de dependencia en el que el adulto necesita constantemente que le digan qué hacer y cómo hacerlo. Infantilizar a la sociedad consiste en tratar a adultos como niños, promoviendo cada vez más actitudes pueriles y formas de vida que, años atrás, nunca se asociaban a la adultez.

En la actualidad, en sociedades como la española ser joven ha dejado de ser una etapa de transición biológica hacia la edad adulta, por el contrario, ser joven se ha convertido en una «opción de vida», una corriente de opinión bastante generalizada y que promueven y refuerzan los medios de información, el sistema de enseñanza y, por supuesto la mala educación de la que son víctimas los menores en sus casas…

A los actuales adultos mejor hay que llamarlos «pseudoadultos» a los cuales casi todo les ofende, se jactan de su ignorancia y desprecian lo que no entienden. El actual adulto es un niño grande, que ha pasado de ser protegido por sus padres a ser justificado y mimado por la sociedad cada vez más infantilizada. En la actual España esa sobreprotección se ha extendido a una serie de instituciones, a la publicidad, por ejemplo, ha acabado convirtiéndose en corriente de opinión mayoritaria y es omnipresente en los medios de información que, sustituyen a los padres dado que ellos han desertado y sus hijos están exentos de todo lo que guarde relación con responsabilidad y disciplina….

Esa infantilización de la sociedad se nota en la mayoría de los ámbitos, desde la elección de líderes narcisistas hasta la asunción del papel de víctima por parte de una gran mayoría, un rol que desdibuja las verdaderas injusticias. Por otro lado, a todo ello colaboran los medios de información en los que impera el sentimentalismo tóxico, el sensacionalismo, dedicándole poco o ninguna atención a la mesura o la sensatez.

El lenguaje de la política es una retahíla de eslóganes, palabrería vacua, propia de charlatanes de feria y mercadillo; todo en quienes hacen profesión de la política es mera impostura sin fundamento. En los discursos de los oligarcas de los partidos no existe referencia alguna a una moral típicamente adulta.

En las televisiones, los programas de telerrealidad carecen de la más mínima profundidad de reflexión. Tampoco se puede olvidar el uso creciente de cremas rejuvenecedoras, la invitación constante a someterse a cirugía estética para rejuvenecer el rostro, inyecciones de bótox y drogas sexuales, etc. todo ello para parecer joven a toda costa y escapar de la edad biológica.

Por supuesto, el predominio de adultescentes entre quienes están en edad de procrear implica que la responsabilidad de educar y criar a los hijos acabe pasando a los abuelos, a los profesores y a instituciones diversas. La exposición continua de los hijos en las redes sociales refleja la parte más perversa de esta parentalidad infantilizada de la que venimos hablando.

La generación de padres que les han dado todo hecho a sus hijos, ha dado como resultado una generación de adultos que prefieren no madurar del todo ante unos retos que presumen demasiado sacrificados y arriesgados. Han elegido evitar la incertidumbre (y la inquietud, y el miedo, e incluso la angustia que lleva aparejadas) y con ello, equivocarse. Sus decisiones siempre parecen ser reversibles y temporales, ya sea en el ámbito laboral, como en el formativo y el relacional.

Como resultado, el joven adulto, mejor dicho «adultescente» intenta conseguir satisfacción inmediata y vivir un presente perenne e indefinido pues, para él el futuro no existe.

La juventud, como la belleza, el éxito y el dinero, se convierte en objetos de consumo que es posible poseer, siempre, y más en la actual España en la que todo lo deseable es sinónimo de «derecho». En otras palabras: la juventud, que siempre ha sido una circunstancia biológica, ha acabado convirtiéndose en una cuestión cultural; uno es joven si se percibe joven a sí mismo. Uno es joven no por razón de la edad, sino porque tiene derecho a disfrutar de ciertos estilos de vida y consumo. Por supuesto, esa percepción de juventud es profundamente infantil.

Lo infantil no es solo sinónimo de dependencia y de no emancipación, sino un refugio para todo lo amenazante de nuestra vida. Quien se niega a crecer pretende seguir instalado en aquella época que por razón de edad no tenía apenas responsabilidades, todo era muy sencillo, no tenía preocupaciones y todo le era concedido, bastaba con chasquear los dedos… y papá y mamá acudían a cuidarlo, protegerlo, etc. como una gallina clueca…

El infantilismo mental, propio de los eternos adolescentes de los que venimos hablando y que en España son legión, mejor dicho, legiones, es una condición psicopatológica basada en el retraso en el desarrollo emocional y personal.

El infantilismo se manifiesta claramente en forma de inmadurez en la conducta, en la incapacidad de tomar decisiones y en no ser capaz de mover la voluntad, realizar elecciones de forma independiente y menos aún en hacerse responsable de los resultados de sus actos. Quienes lo padecen tienen intereses predominantemente lúdicos, la motivación para el aprendizaje es débil, por no decir ninguna, la aceptación de las normas de comportamiento y los requerimientos disciplinarios suelen ser difíciles…  hablamos de personas caracterizadas por la ingenuidad, la dependencia, el insuficiente dominio de las habilidades generales de la vida.

La inmadurez mental es el resultado de una educación sobreprotectora… demasiadas personas llegan a la adultez cronológica sin haber dominado los elementos centrales del funcionamiento emocional adulto… Cuando una persona ha madurado lo suficiente, se ha convertido en adulto, es capaz de mantenerse en calma, posee autocontrol, por el contrario, los niños tienden a irritarse con bastante facilidad. Una persona adulta, normalmente piensan lo que van a decir antes de hablar, mientras que los niños tienden a decir palabras hirientes y sin tacto de maneras impulsivas. Generalmente, los adultos poseen un código ético y normas morales que difieren bastante de lo que el niño concibe como bueno o malo. Es por ello que la crueldad es una característica de la infancia.

Los niños pequeños suelen llorar, enojarse o hacer pucheros y adoptar actitudes caprichosas y tiránicas. Los adultos rara vez lo hacen.

Los niños poseen una baja tolerancia a la frustración y a las críticas. Los adultos saben que a veces aparecen circunstancias adversas e imprevistos que causan malos resultados a pesar del esfuerzo que se ponga en la tarea. Los adultescentes, por el contrario, se frustran enseguida y abandonan lo que tengan entre manos y sus objetivos en cuanto aparece el más mínimo contratiempo. Además de lo anterior, tienen dificultad para cumplir lo que prometen, e incapaces de llegar a acuerdos dado que son casi incapaces de comprometerse.

Cuando las cosas no salen como ellos esperan, los niños pequeños y los adultescentes inmediatamente culpan a los demás; por el contrario, una persona madura, adulta, intenta resolver el problema.

Por otro lado, cuando se suscita una situación incómoda, los niños pequeños tienden a mentir para evitar problemas. Sin embargo, los adultos se enfrentan a la realidad, dicen la verdad y reconocen sus errores. Los adultescentes, las personas inmaduras incurren constantemente en contradicciones, un día dicen una cosa y el siguiente hacen y/o dicen lo contrario, y les cuesta enormemente reconocer esta ambigüedad en las que están instalados que tanta confusión y desconfianza origina en su entorno.

Los niños y las personas inmaduras se insultan entre sí. Por el contrario, los adultos intentan comprender los problemas. Una persona madura no recurre a ataques ad hominen, ataques a las características personales de la gente; en lugar de tal cosa, razonan y buscan soluciones a los problemas. Y, por supuesto, generalmente no le faltan al respeto a los demás con etiquetas groseras.

Los niños y los adultescentes, impulsivamente, recurren a la agresión verbal cuando se sienten heridos o enojados, o llevan a cabo acciones impulsivas sin detenerse a pensar en las posibles consecuencias. De manera similar, en lugar de escuchar los puntos de vista de los demás, los interrumpen impulsivamente. Una persona madura realiza una pausa y, aunque se sienta herido, atacado, agredido, hace una pausa, toma distancia y no responde con acciones o palabras hirientes. Después de la pausa, los adultos reflexionan sobre el problema, buscando más información y analizando posibles opciones alternativas.

Por supuesto, existen excepciones, como en el caso de los soldados y policías que están entrenados para discriminar rápidamente entre situaciones inofensivas y peligrosas para responder tan rápidamente como sea necesario y proteger a víctimas potenciales.

Los niños y las personas inmaduras sienten necesidad de ser el centro de atención.

La gente psicológicamente fuerte escucha a los demás, esperando entender sus sentimientos, preocupaciones y preferencias. Los narcisistas solamente se escuchan a sí mismos y como resultado son emocionalmente frágiles. Actúan como niños que pretenden continuar jugando, incluso cuando ya es hora de comer y montan follón o un berrinche en lugar de hacerle caso a la explicación de sus padres de que es el momento de que toda la familia se junte para comer.

En resumen, los niños y adultescentes piensan que toda gira a su alrededor. A ojos de un narcisista, nadie más cuenta: si no salen las cosas a su manera, acabará haciendo pucheros y/o agrediendo a otros para lograr salirse con la suya.

Los que forman parte de lo que algunos llaman generación gallina, legiones de adultescentes con mentalidad infantil, han sido víctimas de unos papás y unas mamás hiperprotectores que, controlaban todos sus movimientos y no les enseñaron a enfrentarse a las dificultades de la vida, esas que derivan de cómo funcionan la cosas en realidad: es posible que no le gustes a la gente, quizá esa persona no te corresponda, los niños son crueles, el trabajo es una mierda, cuesta destacar en algo, tus días se compondrán de fracasos y decepciones, la igualdad no existe, no tienes talento para tal cosa, la gente sufre, la gente pasa hambre, la gente envejece, la gente enferma, la gente muere… y, además hay guerras.

Claro que, no es de extrañar, es el resultado lógico de cómo los han malcriado sus papás, mimándolos con alabanzas y tratando de protegerlos de la cara más sombría de la vida. Es el resultado obvio de gente malcriada que, de adultos, aparentan una gran confianza, competencia y optimismo, pero al menor atisbo de oscuridad o negatividad se quedan paralizados y son incapaces de reaccionar salvo con incredulidad y llanto —«¡Me victimizas!»— y, en efecto, acaban recluyéndose, refugiándose en sus burbujas infantiles.

Por supuesto, tales circunstancias coartan, abortan cualquier clase de debate e intercambio de ideas.

Y ya, para terminar, no piensen que me he olvidado de Peter Pan Sánchez, sin duda alguna participa de todas las cualidades de los adultescentes inmaduros, infantiles, de los que hemos hablado a lo largo del texto:

  • Peter Pan Sánchez piensa que todo gira a su alrededor.
  • Si no salen las cosas a su manera, acaba haciendo pucheros y/o agrediendo a otros para lograr salirse con la suya.
  • Peter Pan Sánchez recurre a la agresión verbal, a insultar cuando se siente herido o enojado, o llevan a cabo acciones impulsivas sin detenerse a pensar en las posibles consecuencias.
  • En lugar de escuchar los puntos de vista de los demás, los interrumpe impulsivamente.
  • Peter Pan Sánchez recurre a ataques ad hominen, ataques a las características personales de la gente; en lugar de razonar y buscar soluciones a los problemas. Y, por supuesto, generalmente le faltan al respeto a los demás con etiquetas groseras.
  • Cuando se suscita una situación incómoda, Peter Pan Sánchez, como haría un niño pequeño tiende a mentir para evitar problemas. En lugar de actuar como una persona adulta enfrentándose a la realidad, diciendo la verdad y reconociendo sus errores.
  • Peter Pan Sánchez, como haría un adultescente, cualquier persona inmadura incurre constantemente en contradicciones, un día dice una cosa y el siguiente hace y/o dice lo contrario, y nunca reconoce esa ambigüedad en las que está instalado que tanta confusión y desconfianza origina en los demás.
  • Peter Pan Sánchez tiene una enorme dificultad para cumplir lo que promete y es incapaz de llegar a acuerdos…
  • Peter Pan Sánchez, como los niños pequeños, suele llorar, enojarse o hacer pucheros y adoptar actitudes caprichosas y tiránicas. Debido a su inmadurez, posee una baja tolerancia a la frustración y a las críticas.
  • Peter Pan Sánchez, como buen adultescente, no posee un código ético y normas morales que le indiquen que es bueno o malo, es por ello que, cuando se enfurece peque de una enorme crueldad, tal como corresponde a una mente infantil…

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