LA TRAMPA DE LA JUSTICIA SOCIAL

Francisco José Contreras


Por fin se ha abierto en las últimas semanas el debate sobre la justicia social, ese ídolo intocable. Creo que la idea viene de la de justicia distributiva en Aristóteles: “Es la que se practica en las distribuciones de honores, o dinero, o cualquier otra cosa que se reparta entre los que tienen parte en el régimen” (Ética a Nicómaco, 1130b). Presupone un Estado que es omnisciente (pues conoce cuánto necesita o merece recibir cada uno) y omnipropietario: posee todos los bienes y puede, por tanto, distribuirlos entre sus súbditos. Sí, presupone un marco “socialista” en sentido amplio.
En una «economía libre» como (solía ser) la nuestra, resulta más pertinente el concepto aristotélico de justicia sinalagmática, que se refiere a intercambios horizontales y voluntarios, no a distribuciones verticales. Aquí la idea es que cualquier distribución de bienes que resulte de acuerdos, negocios, intercambios en los que no haya violencia o dolo, es justa por definición, aunque comporte desigualdades. En el mercado opera la justicia sinalagmática, no la distributiva. Y fue el mercado lo que sacó a Occidente -y, más tarde, a buena parte del resto del mundo- de la miseria. Si todos los españoles pudimos comer (y, más tarde, incluso educarnos, tener cobertura sanitaria, ir a la Universidad, etc.) fue gracias a la riqueza que creaban las empresas, no gracias a la redistribución estatal.

¿Es necesario recordar que los subsidios públicos se financian con lo que el Estado ha arrebatado previamente por vía fiscal a empresas y particulares?

Todos coincidimos en que en un país civilizado nadie debe quedar sin educación o asistencia sanitaria por carecer de recursos. Pero esa cobertura de necesidades básicas ya se estaba consiguiendo por vías no estatales en el siglo XIX y primera mitad del XX: a través de la filantropía privada, o de las mutuas, cooperativas, friendly societies… Ahora bien, desde la Segunda Guerra Mundial el Estado del Bienestar reclamó para sí el monopolio de los servicios sociales. Las vías no estatales de autoprovisión decayeron, incapaces de competir con el Estado. Decayó incluso la filantropía privada: ¿para qué dar limosna, si el Estado ya se ocupa de los pobres?

El sistema asistencial, concebido inicialmente como una red de seguridad para una minoría muy desvalida, se convirtió en “derechos económicos y sociales”: derechos universales, independientes del nivel de renta. Todos los ciudadanos pasaban así a depender del Estado para su bienestar. El resultado fue el crecimiento constante del presupuesto público, del número de funcionarios, de los impuestos, del peso del Estado, de los déficits y de la deuda pública…

Sí, la idea de justicia social nos llevó a los actuales Estados socialdemócratas, hipertrofiados, asfixiantes, empobrecedores. En Argentina recorrieron ese camino hasta el final; Milei ha sido el loco que se ha atrevido a gritar que el emperador de la justicia social está desnudo (hace 45 años lo hicieron otros: Thatcher y Reagan; también ganaron).
La alternativa a la “justicia social” no es un escenario de pobres muriéndose en las aceras por falta de recursos para pagarse un hospital. La alternativa sería una sociedad en la que, con una presión fiscal que fuese muy inferior a la actual, la gran mayoría de la gente se las arreglase muy bien por sí misma, sin depender de papá Estado: imagine lo que crecería su salario neto con impuestos y cotizaciones rebajados, pongamos, en un 50%. Imagine los colegios privados y seguros médicos privados que podría pagar con ese plus. Eso sin contar el enorme salto de competitividad que experimentaría una economía liberada de parte del dogal fiscal.

¿Quién hubiera dicho que Irlanda, el país del que huía la gente en el siglo XIX para no morir de hambre, acabaría siendo la nación más rica de Europa, por encima de Alemania o Escandinavia? El motor del éxito irlandés no ha sido la justicia social -o sea, la redistribución estatal de la riqueza- sino la libertad económica y los impuestos bajos.

Hay otras vías intermedias que permitirían quitarle poder y peso al Estado sin que nadie se quedase sin educar o curar: el cheque escolar, el cheque sanitario, las “cuentas de ahorro sanitario”… En Suecia tuvieron que usarlas en los 90, cuando el gasto público, impulsado por una justicia social insaciable, había llegado a representar el 70% del PIB y puesto al país al borde de la bancarrota. El chileno Mauricio Rojas lo explicó muy bien.

Las Desventuras de la Bondad Extrema, Mauricio Rojas.

Se podrían cubrir las necesidades de todos con un Estado mucho más ligero y una sociedad mucho más autosuficiente. Pero para eso hay que sustraerse al conjuro de las palabras mágicas del estatismo. “Justicia social” es la más poderosa de ellas.
Y sí, Milei tiene razón: la “justicia social” implica la aspiración a vivir a expensas de otros. Implica que el Estado debe quitar a los que más tienen (presuponiendo, pues, que su riqueza es ilegítima) y repartir entre los que menos (por el camino ya sabemos que se escurrirán cantidades ingentes de sueldos funcionariales y gasto político, pero no es esa ahora la cuestión). “En el Estado del Bienestar todo el mundo termina con la mano metida en el bolsillo de otro”, escribió el maestro Rodríguez Braun.

¿No es más noble el ideal liberal del ciudadano autosuficiente, independiente del Estado, que se gana el sustento con su propio esfuerzo? ¿No es más digna y vivible una sociedad de emprendimiento y autorresponsabilidad que una de asistencia y subsidios? ¿Por qué la doctrina social de la Iglesia no ha considerado esta forma de justicia?

“En lugar de una sociedad de creadores de riqueza, el Estado socialdemócrata [con el noble pretexto de la “justicia social”] termina produciendo una sociedad de tomadores de riqueza”, escribe el padre Robert Sirico. ¿No es moralmente superior una sociedad en la que la gente compite por ofrecer a los demás bienes que estos aprecien a otra en la que la gente exige al Estado que le resuelva la vida?

Y, por cierto, Sirico tiene una respuesta para los que dicen que el libre mercado es un mito y que “no ha existido en ningún sitio”: “Cuéntenle eso a mi abuelo. Vino a América con 35 dólares en el bolsillo; sin embargo, casi todos sus trece hijos se convirtieron en clase media. El capitalismo, rectamente entendido y aplicado, ha sacado a muchos millones de personas de una pobreza abyecta y les ha permitido usar habilidades y talentos que nunca habrían sabido que tenían [si el Estado les hubiese mantenido], y construir oportunidades que sus abuelos nunca soñaron que fueran posibles. La economía libre es un sueño digno de nuestra imaginación espiritual” (Defending the Free Market, p. 6).

Francisco José Contreras
Catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Sevilla. Autor de once libros individuales (entre ellos, “Kant y la guerra”, “Liberalismo, catolicismo y ley natural”, “Una defensa del liberalismo conservador” y “Contra el totalitarismo blando”) Ha recibido el premio “Cristianismo y libertad” del Centro Diego de Covarrubias 2020, el Premio Angel Olabarría y el Premio Legaz Lacambra de la Academia Aragonesa de Jurisprudencia.

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