LA ENORME INMORALIDAD, INSENSIBILIDAD Y CRUELDAD DEL GOBIERNO SOCIALCOMUNISTA DE PEDRO SÁNCHEZ

CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN

Los gobiernos inmorales construyen sociedades del mismo carácter, con una agravante: en este caso, la inmoralidad ha conducido a una insensibilidad y una crueldad inigualables…

No, no teman, no voy a hablar del tan manoseado «caso Koldo» al que mejor habría que nombrar como «affaire Sánchez», tampoco de Ábalos y su pandilla de ladrones y corruptos… ya digo, no teman; no me voy a dejar llevar por el sensacionalismo que imponen los medios de información, creadores de opinión y manipulación de masas que se centran en determinadas escandaleras para así tapar inmoralidades de mayor magnitud.

Mientras nos tienen distraídos con Koldo, Francina Armengol, Ábalos y compañía nos olvidamos de la brutal e íntima relación existente entre la eutanasia -y las razones dadas por el gobierno de socialistas, comunistas, etarras y separatistas- y el maltrato que sufren los enfermos de ELA, mientras la mayoría parlamentaria permanece muda o se hace el Don Tancredo. Eso sí es una cruel inmoralidad, con saña, premeditación y alevosía sin la más mínima presunción de inocencia, sino al contrario, con absoluta terquedad, soberbia y cabezonería.

No cabe duda alguna de que las acciones -e inacciones- del gobierno pueden ser consideradas inmorales por diversas razones. Una de ellas es la corrupción, que no termina en el uso del poder público para obtener beneficios personales, sino que se extiende cuando favorece a ciertos grupos y discrimina a otros, como es el caso del gobierno que preside Pedro Sánchez, que ha dividido a la sociedad española mediante un muro que él mismo ha declarado como levantado ante quienes no le siguen como sumisos discípulos mesiánicos, silenciosos borregos y/o paniaguados, o como mercenarios a sueldo.

Esta discriminación constituye otra práctica inmoral, y lo es en la forma como trata a los católicos, por ejemplo, en el escándalo de la pederastia. Lo son las mentiras y engaños: manipular la información o difundir información falsa, comprometerse a una cosa y hacer lo opuesto, para obtener beneficios políticos o para encubrir actos indebidos. ¿Acaso no es ésta la principal seña de identidad de Pedro Sánchez y su forma de actuar y de su inacción? Sin duda, su pretensión de amnistía a los golpistas-separatistas de Cataluña que pretendieron romper España en 2017 es un acto de discriminación, pero no solo lo es la pretendida amnistía…

También son inmorales las violaciones de derechos humanos. Concretemos. Lo es cualquier acción que atente contra la vida, la libertad, la propiedad, la seguridad o la dignidad de las personas, y lo es también la negligencia -cuando se trata de un gobierno, absolutamente inexcusable– la falta de acción o atención a las necesidades básicas de la población. Todo esto se concreta en el indecente comportamiento gubernamental (y sus cómplices del Congreso de los Diputados) ante los enfermos de ELA, esa terrible enfermedad que mata inexorablemente en un proceso de discapacitación creciente.

Recordemos, en la anterior legislatura se acordó tomar en consideración por el pleno del Congreso una ley de ayuda a los enfermos de ELA, cuya enfermedad genera, en la medida que avanza, unos costes de supervivencia imposibles de asumir por la mayoría de los afectados y sus familias. Nadie se atrevió a votar en contra de que se tramitase una ley de estas características, pero una vez salvada la cara, la artimaña de la mesa del Congreso, que decide cuando se tramita una ley con mayoría absoluta gubernamental, la condenó al olvido, la aparcó y guardó en el baúl de los recuerdos hasta que, transcurrido el tiempo, terminó la legislatura y nunca más se supo… Y ahora en esta nueva legislatura no existe ninguna iniciativa legislativa en proceso, porque nadie la ha retomado y vuelto a presentar. 

Hace pocos días el exfutbolista Unzué, aquejado de esta enfermedad, como portavoz de los afectados, compareció en el Congreso, pero al encuentro acudieron de entrada solo ¡cinco diputados!, y alguno más, deprisa y corriendo, después de la bronca pública de Unzué.

En la otra cara de la moneda la ley de la eutanasia, lo hemos dicho en otras ocasiones, aprobada deprisa y corriendo casi en silencio en plena pandemia. Ahí todo fue velocidad y urgencia: facilitar que se mate es la norma gubernamental, salvar a quien quiere vivir solo encuentra su rechazo pasivo. La hipocresía de los partidarios de la eutanasia que proclamaban que era un ejercicio de libertad, ignorando deliberadamente que eso solo sería posible en igualdad de condiciones sociales, afectivas y sanitarias, quedaba claramente desmentida cuando el gobierno se negaba a que los cuidados paliativos llegaran a toda la población. La elección quedaba reducida a morir sufriendo o a la eutanasia. Y esto registra su grado más agudo, más cruel, con los enfermos de ELA. A pesar de que son unos pocos miles de enfermos, constituyen el 25% de todas las eutanasias y eso ya lo dice todo.

Pero, que nadie se confunda, la gran mayoría quiere vivir, pero no pueden y el gobierno Sánchez los condena a una mala muerte, cuando podría, si quisiera, ayudarlos con un puñado de euros, una misérrima parte de lo que el gobierno gasta, por ejemplo, en el grandísimo embuste de la «violencia de género». Pero, por lo visto, la violencia cruel de la ELA no interesa. Incluso hay médicos del servicio público que, indignos de servir al juramento hipocrático, los empujan a un terrible final, a una mala muerte.

Los gobiernos inmorales construyen sociedades del mismo carácter, con una agravante: en el caso del gobierno social comunista de Pedro Sánchez la inmoralidad ha conducido a una insensibilidad y una crueldad inigualables.

¿Poseen Pedro Sánchez y sus secuaces alguna legitimidad para gobernar y ser obedecidos?

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