LA CONJURA TOTALITARIA DE LA «GENERACIÓN GALLINA»… CONTRA LA LIBERTAD DE PENSAMIENTO Y DE EXPRESIÓN.

«Hemos entrado en una peligrosa suerte de totalitarismo que en realidad aborrece la libre expresión y castiga a la gente por mostrarse tal cual es.» Bret Easton Ellis.

“Sapere aude, atrévete a saber, atrévete a pensar, ten la valentía de servirte de tu propia razón”. Enmanuel Kant.

Hace ya varios meses, exactamente la primera semana de septiembre, les recomendábamos a nuestros lectores que leyeran el libro que lleva por título «BLANCO», las memorias de Bret Easton Ellis, creador de American Psycho que, después de una década ha regresado con un libro que sin duda alguna está siendo -como no podía ser de otra manera- controvertido y polémico.

Bret Easton Ellis, entro otras muchísimas cuestiones, nos habla de lo que él denomina «Generación Gallina»:

Qué razas de gallinas son las mejores madres?

 De sus miembros, también llamados millennials, Bret Easton Ellis dice que poseen una sensibilidad a flor de piel, el convencimiento de tener derecho a todo, de tener siempre la razón a pesar de que en ocasiones las pruebas en contra sean abrumadoras.

Añade Bret Easton Ellis que otra de sus características es su optimismo pasivo-agresivo y su incapacidad para considerar las cosas en su contexto, y que poseen en general, tendencia a reaccionar de forma desproporcionada… Todo ello lo achaca a que los miembros de la generación gallina, han sufrido unos papás y unas mamás hiperprotectores que, controlaban todos sus movimientos y no les enseñaron a enfrentarse a las dificultades de la vida, esas que derivan de cómo funcionan la cosas en realidad: es posible que no le gustes a la gente, quizá esa persona no te corresponda, los niños son crueles, el trabajo es una mierda, cuesta destacar en algo, tus días se compondrán de fracasos y decepciones, no tienes talento para tal cosa, la gente sufre, la gente pasa hambre, la gente envejece, la gente enferma, la gente muere…

 Y, como dice Bret Easton Ellis, la respuesta de la Generación Gallina consiste en dejarse llevar por un sentimentalismo toxico y crear discursos victimistas, en lugar de hacer lo que haría una persona adulta, madura: lidiar con la fría realidad, encarándola, haciéndole frente, peleando, asimilándola y superándola; para acabar estando bien preparado para manejarse en un mundo a menudo hostil o indiferente, al que generalmente le importa un bledo si tú existes o no existes.

Bret Easton Ellis insiste una y otra vez en que la Generación Gallina es una de las generaciones más pesimistas e irónicas que ha pisado el planeta, si no la que más. La Generación Gallina se pasa de sensible, en especial a la hora de aceptar las críticas. Basta con pasearse, navegar, por los chats e “hilos” de internet, en redes sociales como Twitter y Facebook.

A diferencia de las generaciones precedentes, los millennials, los miembros de la Generación Gallina, disponen de tantos lugares donde exponer lo que deseen (pensamientos, sentimientos, arte) que con frecuencia sus comentarios sin restricciones, sin pulir, se globalizan al instante y debido a esta libertad (o falta de cualquier tipo de restricción) a menudo esas ideas apresuradas y burdas, conducen a pensar que no pasa nada y que es un ámbito en el que impera la impunidad…

Sin embargo, cuando alguien osa criticar a un millenial, a un miembro de la Generación Gallina, sea por lo que sea, sus miembros reaccionan tan a la defensiva que, o bien caen en una espiral depresiva o bien la emprenden contra los críticos acusándolos de haters, trols, gente que siempre lleva la contraria, y cosas por el estilo. Claro que, no es de extrañar, es el resultado lógico de cómo los han malcriado sus papás, mimándolos con alabanzas y tratando de protegerlos de la cara más lúgubre, más sombría de la vida. Es el resultado obvio de gente malcriada que, de adultos, aparentan una gran confianza, competencia y optimismo, pero al menor atisbo de oscuridad o negatividad se quedan paralizados y son incapaces de reaccionar salvo con incredulidad y llanto —«¡Me victimizas!»— y, en efecto, acaban recluyéndose, refugiándose en sus burbujas infantiles.

La ansiedad y las carencias emocionales son otras de las señas de identidad de la Generación Gallina, y cuando el mundo no les ofrece un colchón económico, lo fían todo a su presencia en las redes sociales: esforzándose por gustar, gustar, gustar, ser actor; en suma, puro paripé. Lo cual, para más INRI, les crea una ansiedad mayor e incesante, razón por la que, si alguien se muestra sarcástico con esta generación, de inmediato se le tacha de capullo: caso cerrado.

Entre los miembros de la Generación Gallina está prohibida la negatividad, sólo está permitido admirarse los unos a los otros, como miembros de la cultura de la exposición en que han sido mal-criados, mal-educados

Por supuesto, tales circunstancias coartan, abortan cualquier clase de debate e intercambio de ideas. Si se nos silencia a todos los discrepantes, para que acabemos sometiéndonos, rindiéndonos, y nos acabe gustando todo —el sueño millennial, y acabemos manteniendo (aburridas) conversaciones sobre lo fantástico que es todo y lo a menudo que gustas en Instagram…

Al entender de los miembros de la Generación Gallina, prosperar, progresar, mejorar, crecer, promocionar en la sociedad actual depende directamente de la marca, del perfil, del status en las redes sociales. Y por eso la Generación Gallina solo suplica: «Por favor, por favor, por favor, solo comentarios positivos, por favor…».

Bret Easton Ellis  tiene la valentía, la osadía de darles algunos consejos a los miembros de la Generación Gallina que, no puedo evitar mencionar:

“Si eres una persona blanca inteligente pero tan traumatizada por algo que te refieres a ti misma en términos de víctima de la sociedad, o un superviviente, probablemente deberías contactar con algún Centro de Atención a las Víctimas y pedirles ayuda. Si eres un adulto caucásico que no puede leer a Shakespeare, Melville o Toni Morrison porque podrían recordarte algo doloroso, y semejantes textos tal vez dañasen la esperanza de definirte mediante la victimización, entonces tienes que ver a un médico, apuntarte a terapia de inmersión o medicarte. Si sientes que estás sufriendo «microagresiones» cuando alguien te pregunta de dónde eres o «¿Puedes ayudarme con las matemáticas?», o te responde «Jesús» cuando estornudas, o cuando un borracho te toquetea en una fiesta de Navidad, o cuando un imbécil se restriega contra ti a propósito mientras esperas en la parada del autobús, o del metro, o cuando alguien sencillamente te insulta, o cuando el candidato al que votaste no sale elegido, o cuando alguien te identifica correctamente por tu inclinación sexual, y tú lo consideras una monumental falta de respeto y te irrita y necesitas encontrar un lugar seguro, entonces tienes que buscar ayuda profesional. Si vives aquejado por traumas que te ocurrieron hace años, si pasado el tiempo todavía te afectan, entonces es probable que estés enfermo y necesites tratamiento. Pero hacerse la víctima es como una droga: sienta tan bien, recibes tanta atención de la gente, que de hecho te define, hace que te sientas vivo e incluso importante mientras alardeas de tus supuestas heridas, por pequeñas que sean, para que los demás las laman. ¿A que saben bien?”

Esta extensa epidemia de auto-victimización, de definirse en esencia a partir de algo malo, un trauma ocurrido en el pasado que muchos han permitido que los defina, y lo consideran una seña de identidad, es de hecho una enfermedad. Es algo que uno tiene la obligación de resolver para poder participar en la sociedad, porque de lo contrario no solo se daña a sí mismo, sino que perjudica gravemente a su familia y a sus amigos, vecinos y desconocidos que no se consideran víctimas. El hecho de no poder oír un chiste ni ver determinadas imágenes (un cuadro o incluso un tuit) y de calificarlo todo de sexista o racista (lo sea o no) y por tanto considerarlo dañino e intolerable —por lo que nadie más debería oírlo, verlo o tolerarlo— constituye una manía nueva, una psicosis que la cultura ha ido cultivando. Este delirio anima a la gente a pensar que la vida debería ser una plácida utopía diseñada y construida para sus frágiles y exigentes sensibilidades, y en esencia les alienta a perpetuarse como eternos niños, viviendo en un cuento de hadas cargado de buenas intenciones.

Es imposible, o casi, que un niño, o un adolescente, superen ciertos traumas y penas, pero para un adulto no tiene por qué serlo.

Por desgracia, nos ha tocado en suerte, vivir un tiempo en el que la gente ya no quiere aprender de los traumas pasados revisándolos y examinándolos en su contexto, empeñándose en comprenderlos, en descomponerlos, en olvidarlos y seguir adelante. Conseguirlo puede ser complicado y exige un gran esfuerzo, pero se diría que alguien que está sufriendo tanto trataría de buscar la manera de aliviar el dolor a cualquier precio en lugar de arrojárselo a los demás con la esperanza de que se compadezcan automáticamente en lugar de recular irritados y asqueados.

En el verano de 2016, la Universidad de Chicago mandó una carta a los nuevos alumnos avisando, en esencia, de que en el campus no se permitirían las «advertencias de contenido inapropiado» ni los «espacios seguros», que no se lanzarían campañas contra microagresiones y que los conferenciantes invitados podrían hablar sin que se les boicoteara porque un sector de los estudiantes se sintiera victimizado, situaciones todas ellas que ese año se habían dado prácticamente en todos los campus del país. El anuncio fue acogido por casi todos con un gran suspiro de alivio; parecía señalar un paso adelante, un avance. En lugar de mimar y malcriar a los alumnos y de permitir que se hicieran las víctimas, se trataba de ayudarles a madurar obligándoles a enfrentarse a un mundo que a menudo acoge con hostilidad los sueños e ideales individuales, y recuperaba la universidad como lugar donde los adultos jóvenes podían, en lugar de poner fin a los debates, formarse confrontando ideas distintas a las suyas, ideas que podían guiarlos más allá del narcisismo de la niñez y la adolescencia y capacitarlos para asimilar múltiples puntos de vista sobre cualquier tema —las dos caras de una opinión, pensamiento, idea—, es decir, a expandir sus horizontes, no a estrecharlos. Debería fomentarse que los jóvenes cuestionen el statu quo de cualquier asunto como elemento vital del proceso de maduración. Pero parecería que por fin, por una vez al menos, una institución ponía freno a taparse las orejas con las manos y patalear y exigir espacios seguros y aborrecer las ideas contrarias por miedo a la victimización.

La aversión a esta cultura de la víctima, que se había disparado durante la era Obama, volvió a ser un factor ominoso, merecedor de ser condenado, aborrecible… Y en esas estábamos y ese mismo año… Donald Trump acabó siendo elegido presidente de los Estados Unidos de Norteamérica…

Y, vuelta a empezar.

¡Ufffffff… la que nos viene encima si, finalmente, el candidato «demócrata» a la presidencia de los EEUU, Joe Biden, acaba haciéndose con el poder!

La conjura totalitaria de la «generación gallina» (apoyados por gobiernos «progresistas» integrados por gallinas cluecas), contra la libertad de expresión y el librepensamiento ha implantado un analfabetismo funcional, una situación de ignorancia generalizada de tal magnitud que, son mayoría los que se avergüenzan de los logros de sus antepasados y están dispuestos a destruir lo que ellos edificaron,… indudablemente, “la invasión de los bárbaros ya ha comenzado”.

Y, mientras la presencia y capacidad de influencia de los «bárbaros» se va consolidando, su aliados toman posición en los diversos gobiernos y se dedican a crear instituciones tales como las que vaticinaba G. Orwell en su novela distópica, 1984, y crean «ministerios de la verdad», y lindezas por el estilo, tal cual pretende el gobierno social-comunista de España que erigiéndose en «gallina clueca» pretende, nada menos que decidir qué es verdad y qué es mentira y supervisar lo que los medios de información publiquen y lo que se divulgue en las redes sociales… todo lo que sea necesario para proteger a la «generación gallina».

Carlos Aurelio Caldito Aunión.

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