He aquí algunas cuestiones elementales acerca de las CORRIDAS DE TOROS, para prohibicionistas, e ignorantes víctimas de las «leyes educativas progresistas»…

CAROLUS AURELIUS CALIDUS UNIONIS

La corrida de toros es una fiesta​ en la que se corren o lidian toros bravos, a pie o a caballo (rejoneo), en un recinto cerrado para tal fin, la plaza de toros, por toreros profesionales.​

Los actos que la comprenden se denominan lidiar y consisten en realizar por parte de los toreros —matadores de toros, banderilleros, picadores y subalternos— una serie de acciones denominadas suertes, estas acciones se desarrollan desde que el toro sale del toril hasta que se produce el «arrastre» (una vez muerto el toro). Al conjunto de suertes realizadas en la plaza se le denomina lidiar o torear, siendo el toreo el arte o habilidad de lidiar.

Además de en España, las corridas de toros se celebran también en Portugal, en el sur de Francia donde están reconocidas como Bien de Interés Cultural desde abril de 2011;​ en diversos países de Hispanoamérica como México, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela. En Uruguay las corridas de toros se celebraron hasta 1913; también hubo hasta entonces en California (Estados Unidos). El 23 de octubre de 2004 se celebró la primera corrida de toros de Asia en Shanghái, y más de 13 millones de chinos siguen las corridas de toros españolas por televisión.​

Una corrida de toros no es sino una institución humana consistente, básicamente, en la «lidia» de estos animales por parte de “una cuadrilla”. También hay corridas de rejoneadores… e incluso habría que añadir a los «forçados» portugueses, o los concursos de «recortes», o los «encierros», o las «charlotadas», u otros espectáculos cómicos y otros eventos semejantes.

FUENTE: https://www.nodulo.org/ec/2024/n206p12.htm

Bien, centrémonos en la denominada «fiesta nacional» en España: En general, en una corrida tres matadores distintos lidian, cada uno con su cuadrilla, un par de toros; o sea, seis toros bravos. La duración completa del espectáculo es de unas dos horas, a veinte minutos, aproximadamente, por animal.

Los personajes fundamentales de la cuadrilla son el matador, con su traje de luces doradas; los subalternos o banderilleros, con indumentaria plateada, que son tres; y dos picadores, montados sobre un caballo protegido con un peto. Cada uno de estos personajes cumple un papel diferente e interviene en diversos momentos de la lidia. La faena que llevan a cabo en común termina generalmente con la muerte de la bestia: el toro de lidia. Excepcionalmente, en rarísimas ocasiones, el toro es «indultado». Todo este ritual se lleva a cabo ante la atenta mirada de un público que suele saber sobradamente de qué va el asunto… Las plazas de toros son recintos cerrados, generalmente circulares y descubiertos. La forma del ruedo es circular, para evitar cualquier irregularidad que sirva como refugio o defensa al toro dificultando la lidia. Las plazas de toros tienen características similares a los anfiteatros romanos, de hecho las plazas de toros de Nimes y Arlés en Francia son anfiteatros romanos.​

Cada una de las acciones que la cuadrilla emprende contra el toro se llaman “suertes”, y estas suertes son las que estructuran todo el protocolo, toda la parafernalia (que está minuciosamente reglada). Las distintas suertes que integran la lidia de un toro no se realizan arbitrariamente, sino que se ejecutan siguiendo un determinado orden establecido, a través del tiempo, para lograr la mayor eficacia y rendimiento artístico.

La idea de “suerte” tiene un enorme sentido, el que se haya elegido tal vocablo no es casual. En cada lance, el torero o matador y su cuadrilla “echan” la suerte, “se la juegan” diríamos vulgarmente. Y lo que se juegan es nada menos que la misma vida. La idea de “suerte” es tan importante para la tauromaquia que se llega a hablar de “cargar la suerte”. “Cargar” es poner el peso, y es algo que pueden hacer tanto los banderilleros como los picadores y, sobre todo, el matador. Ya en la Tauromaquia ó Arte de torear, primer tratado de tauromaquia, de 1796, Pepe-Hillo define el acto de “cargar la suerte” como “aquella acción que hace el Diestro con la capa, cuando sin menear los pies, tuerce el cuerpo de perfil hacia fuera, y alarga los brazos cuanto puede”…

Esta idea de “cargar la suerte” forma parte de ese complejo de ideas que tiene que ver con el componente estético de la lidia y que remite, en última instancia, al domino del toro por parte del torero. Especialmente con aquella terna, acuñada por Juan Belmonte de “parar, templar y mandar”. “Cargar la suerte” no es otra cosa que, una vez citado el toro, cuando éste llega a donde está el torero, adelantar la pierna “de salida” y cargar sobre ella el peso. Haciendo esto, el torero se arriesga a no poder retirarla cuando le sale al paso la bestia, por lo que está ligada esencialmente al “Valor” del torero. El señuelo del matador es también adelantado, guiando al toro y desviándolo de su recta carga, haciéndolo girar alrededor del Diestro sin éste mover un solo pie, tan sólo volteando sobre su cadera. “Parar, templar y mandar”.

Ciertamente, es el “mando” sobre el animal, haciéndolo pasar lo más cerca posible del torero, lo que, según los aficionados a las corridas de toros, confiere una dimensión estética, ya veremos que también «mágica», aunque muchas veces ellos mismos no lo sepan, a la lidia. Se supone que el mando, y el riesgo a él unido, implican, sobre el público, un factor emocional o comunicativo. “Cargar la suerte” también pueden hacerlo piqueros y banderilleros, pero no es cuestión de describir ahora sus lances. También es cierto que los distintos teóricos y practicantes de la tauromaquia han teorizado sobre esta cuestión y que existen múltiples escuelas de toreo, pero no es momento de hablar de ello.

Lo que tratamos de introducir aquí ya, a través de esta figura, es la idea de que el toreo tiene una manera de hacerse “bien”, que no todo lance es un “buen” lance, y que la “buena” lidia ha de respetar una serie de normas. Normas que no siempre se valoran igual y que dependen de la forma en que cada cual conciba “el arte”. Para Domingo Ortega, por ejemplo, no hay toreo sin cargar la suerte, porque sin ella no se puede mandar. Algo similar afirmaba Corrochano (1966), otro importante ensayista taurino:

“Torear es mandar en el toro, hacer lo que se quiera del toro, tener el toreo en la mano; si no se manda en el toro, si el toro no va por donde quiere el torero que vaya, no torea el torero, el que torea es el toro. Y no se puede mandar al toro si no se carga de la suerte”.

Es más, indicará que si en lugar de echarse adelante, el torero retrocede, si en lugar de cargar la suerte, el torero la “descarga”, entonces no estará toreando, sino des-toreando. Porque habrá perdido el mando sobre la bestia y con ello la esencia del toreo.

Bien, continuemos con las “suertes” que componen la lidia. Aquellas acciones que hemos nombrado como tales, se organizan dando lugar al proceso seriado que constituye la lidia como un todo, y que da pie a hablar de sus “tercios” o partes. Son “tercios” porque son tres, tres momentos bien definidos en que cada uno de los miembros de la cuadrilla ha de faenar, y no de cualquier forma.

El primer tercio, conocido como “tercio de capa y de varas” es aquel que se lleva a cabo según suena el clarín de inicio. En él, los subalternos, aunque también puede participar el matador, “corren” delante del toro, midiendo sus “pies”, esto es: la velocidad con que se mueve, de tal forma que el matador pueda ver cómo responde el toro, desde dónde hay que citarlo y qué cabe esperar del animal. Es, en buena medida, una primera toma de contacto. Una vez hecho esto, el Presidente, aquel que lleva la batuta de la celebración, manda entrar a los picadores, montados, que, con una pica “limitada”, en el sentido de que tiene un “tope” más allá del cual no se clava, “picarán” al toro a la altura de la cerviz. El objetivo de esta práctica es causarle daño, desgastar sus fuerzas y hacer que, durante el resto de la lidia, embista con la cornamenta baja (de ahí el dicho de “bajar la cerviz”). En definitiva, disminuir su embate y corregir los defectos que pudiera tener. “Guiar”, diremos, las ulteriores embestidas del animal a base de infringirle en la zona superior de su “cuello”, en el morrillo, heridas de profundidad limitada. En rigor, esta zona parece ser poco sensible para el animal y los “puyazos”, en teoría, no buscan acabar con el toro, sino solamente «templarlo»: rebajar su ímpetu, pero tampoco en exceso.

El segundo tercio de la lidia, el “de banderillas”, es en cierta forma el reverso de la “suerte de varas”. Si en aquella lo que se buscaba era atemperar al toro, ahora se persigue reanimarlo, reavivar su ímpetu para que la sangre vertida con las varas no “estropee” el resto de la faena. Lo mismo que en el primer tercio de la lidia, la forma en la que el toro reaccione a la ejecución de las banderillas, cómo se mueva, será información que el matador deberá tener en cuenta de cara al último tercio. Por lo general, quienes llevan a cabo el “abanderillamiento” suelen ser los subalternos, aunque no siempre. La norma es aplicar tres pares de banderillas, si bien, en caso de participar el matador, pueden ser cuatro. Estos “palos”, como aguijones, se supone espolearán al toro en sus acometidas, y son clavados por detrás del morrillo en una maniobra bastante arriesgada para el banderillero.

Por último, el tercero de los tercios deja paso a lo que podría ser considerada la “verdadera” tarea del matador. Se lleva a cabo en dos partes: la “faena de muleta” y la “suerte de matar”.

En ésta, como en otras partes de la lidia, se han dado variaciones históricas. Así, si en el siglo XVIII apenas se daba importancia a la “faena”, siendo la “suerte de matar” el elemento central del tercio, al irse transformando las “técnicas de muerte”, el trabajo con la muleta fue cobrando mayor relevancia. Veámoslo:

La sustitución de la suerte de matar recibiendo por la menos arriesgada suerte del «volapié» (herir al toro de forma inesperada cuando éste se halla parado) fue lo que supuso el origen de la faena de muleta. Para ejecutar la suerte de recibir era necesario que el toro tuviese cierta movilidad, mientras que, al volapié requería que el toro estuviera agotado. Para lograrlo, los matadores comenzaron a prolongar el muleteo, con miras a quebrantar a los toros, quitarles facultades y dominarlos, comenzando así a abrirse paso la faena de muleta que, hoy, es la esencia del toreo; el eje fundamental de la actuación del matador.

Como el lector ya podrá suponer, este es el momento de “mayor lucimiento técnico”, cuando el torero se enfrenta a su principal tarea: la de parar, templar y mandar. Por supuesto, y a pesar de lo que pudiera parecerle a un espectador inocente, desinformado, que acude por primera vez a una plaza de toros, el “arte” del toreo, que no tiene tanto que ver con darle muerte al animal cuanto con dominar a la “bestia”, por más que la muerte termine siendo su conclusión “inevitable”, acoge un repertorio técnico de enorme riqueza. Los pases, las “cabriolas” y realizar acciones para explorar nuevas formas de expresión artística, por parte del matador son variados y no se llevan a cabo de cualquier manera. Ya hemos visto la importancia que los teóricos de la tauromaquia han dado al “cargar la suerte”. No cabe aquí desarrollar cada uno de los pases que se pueden realizar durante la faena de muleta, entre otras cosas porque los propios toreros, a la manera como lo hacen los artistas, también “innovan”, también son geniales, en el sentido de patentar y “firmar” nuevos pases, nunca antes realizados. No es, pues, una técnica fosilizada, imperturbable, sino que los toreros están insertos en una tradición que no pueden dejar de desarrollar; tradiciones, por cierto, que no dejan de entrar en liza, organizándose en escuelas o formas de entender “su arte”. También en la lidia hay modas, así como “piezas” que, una vez “compuestas”, los actores “representan” o “interpretan” con peor o mejor fortuna. 

Señalaremos para dar cuenta de ello el caso de uno de los posibles pases de “inicio de faena”, esto es: aquellos muletazos o pases de muleta con que da comienza el tercio. Según en qué condiciones se encuentre el animal, es posible comenzar tanteándolo o gran “espectacularidad y riesgo”. Así describe Martínez Parras (2002) el “cartucho de pescado”:

“Pase popularizado por Pepe Luis Vázquez, que lo realizó por primera vez en público en la plaza de toros de Sevilla, en mayo de 1938, aunque El Espartero lo había practicado con anterioridad. En la realización de este pase el torero se coloca, a cierta distancia del astado, con la muleta plegada en la mano izquierda y la espada en la derecha y apoyada ligeramente en la cadera. En esta situación cita al toro y aguanta, con la muleta plegada, hasta que el animal llega a la distancia apropiada, en cuyo momento el matador despliega la muleta y ejecuta el pase que técnicamente es un pase natural, siguiendo, normalmente, toreando por naturales. Se puede ejecutar en el tercio o con el torero en el centro del ruedo y el toro en el tercio o en la barrera. En cualquier caso, cuanto mayor sea la distancia que separe a ambos más espectacular y arriesgado resultará el pase”.

Hay decenas de pases, hecho que evidencia el enorme repertorio técnico, artístico, a disposición de intérpretes y espectadores. No se puede realizar de cualquier modo; puede darse un cierto virtuosismo que, si bien para aquellos que no “están en el ajo” resulta un galimatías, es coherente suponer que, para los “entendidos”, sea susceptible de recibir valores estéticos. Así, hablarán de la “belleza” o de la “elegancia” de un pase, de la “clase” del matador, de su “estilo” y “seña”; en definitiva, de su manera o arte de torear. Esto no debería sorprender a nadie.

En la lidia, cualquier gesto técnico es comprensible, y por tanto valorable, cuando se entiende cómo y de qué manera ha sido hecho, para lo cual es necesario dominar el lenguaje, la jerga taurina.

La lidia termina con la “suerte de muerte”, cuando el matador inca su espada y termina con la vida del animal, ya dominado, cuadrado y listo para la suerte final. Llegado ese momento, es cuando se conceden los premios, y cuando, de juzgarse merecido, se le concede el indulto al toro, por sus cualidades, para ser usado como semental.

Han sido muchos quienes han tratado de explicar la lidia en clave sociológica, moral, política o psicológica, como el socialista Enrique Tierno Galván (ex alcalde de Madrid) que afirmaba que una corrida de toros es una forma de “educación” del espíritu masculino, una representación simbólica de las relaciones erótico-sexuales, encarnada en la aplicación misma del lenguaje taurino a las “formas femeninas”:

“Nótese, sin embargo, para citar un ejemplo, cómo se dice de la mujer que ostenta gallardía en el busto que “los tiene bien puestos”, dicción habitual entre los aficionados para elogiar la cornamenta que se proyecta bien y es como debe”… “el español ve el trato erótico con la mujer en estrecha relación con la actitud del torero ante el toro. En lo que afecta a las relaciones eróticas, la mujer se ve como una entidad rebelde y bravía a la que hay que domeñar por los mismos medios y técnica que se emplean en la brega taurina”.

“Desde este punto de vista, uno de los lugares comunes de la cultura española, Don Juan, coincide con el torero. Uno y otro son dos versiones de una misma, profunda, postura ante el mundo. Don Juan juega con el amor; el torero, con la muerte. No es que Don Juan no arriesgue la vida en el juego, es que este riesgo resulta de menor importancia que la fruición de la que procede la burla. En el toreo, la jugada con la muerte sirve de base a la fruición de burlar y vencer. Don Juan, diestro del amor; el diestro, Don Juan de la muerte”.

El lenguaje es claro: castigar, dominar, enseñar. El torero burla al toro, lo adiestra sobre la arena para que todos lo vean, y emplea para ello su arte: corrige sus defectos a la carga, lo humilla y, finalmente, cuando ya “lo ha preparado”, le da muerte. Las resonancias simbólicas de interpretar este fenómeno en clave religiosa son de lo más sugerentes.

¿Es la tauromaquia una práctica ética o no? ¿Cuáles son las condiciones para que lo sea? ¿Qué posiciones se pueden mantener al respecto? Todas estas cuestiones son las que abordaremos a continuación.

En Ética, estética y política, Ernesto Castro (2020) elabora una clasificación de las posibles posiciones que cabe mantener con respecto al toreo. Tomando como variables la orientación (a favor o en contra) y la motivación (política, ético-moral o estético-religiosa), forma una tabla de doble entrada en la que quedan situados los principales figurantes en el debate de los toros.

Entre las motivaciones de orden político, señala Castro (2020) aquellas que ven en la prohibición de la tauromaquia un atentado contra la unidad de España. Estas, por supuesto, solo pueden entenderse en el contexto catalán, donde las corridas de toros fueron prohibidas, en 2010, “por razones presuntamente éticas”. Ernesto se las atribuye a las organizaciones patrióticas españolas, aunque cabría matizar que este argumento podría ser utilizado tanto a favor de los toros, por esas mismas organizaciones, como en contra, en caso de que efectivamente hubiera sido una cuestión más política que ética la que hubiera precipitado su prohibición en Cataluña. En contra, por motivos políticos, menciona Ernesto a Francisco de Quevedo y a otros tantos intelectuales que vieron y ven en la lidia una instancia de perversión de las costumbres y las gentes. No obstante, tampoco esto nos parece del todo ajustado, pues bien se podría argüir que, semejantes ideas, se mueven de hecho en el plano moral antes que en el político.

El segundo grupo de argumentos giran en torno a la dimensión ético-moral de la lidia. A favor por motivos éticos sitúa Ernesto Castro a Fernando Savater (2020), autor de Tauroética. Ciertamente, Savater entiende que la Ética no es cosa que cubra la relación del hombre con los animales, a los cuales considera, contra los hallazgos de los etólogos del siglo XX, seres no-inteligentes, sujetos a sus instintos, “pobres de mundo” o “embargados” que diría Heidegger. Según Fernando Savater (2020):

“la ética no proviene de nuestras similitudes evolutivas con otros seres vivientes, sino de la capacidad única y específica de distanciarnos reflexivamente de la finalidad natural inmediata y poder afirmarla o rechazarla. Precisamente la actitud ética es el reconocimiento de esa excepcionalidad humana y no la afirmación de su continuidad con el resto de la animalidad”.

En puridad, no nos parece que Savater esté “a favor de los toros por motivos éticos”. Es más, no nos parece que sea posible estar “a favor” por tales motivos. Argumentos éticos pueden estar en la base de su rechazo, pero no de su aprobación. No creo que sea posible, al menos actualmente, imaginar a una persona diciendo algo así como: “hay que mantener la fiesta de los toros porque es nuestro deber ético para con el resto de nuestros semejantes”; mucho menos a alguien que pudiera pensar que matar al animal es bueno para el animal mismo. De hecho, la única forma posible de argumentar a favor de la dimensión ética de la tauromaquia es desde presupuestos animalistas, lo cual no deja de resultar paradójico.

Con esto quiero decir que solo es posible argumentar la “bondad” de la lidia desde la idea de que el “bien” está en función de la utilidad, entendida ésta en términos de placer y dolor. Solo en clave sensualista puede decirse que la utilidad agregada del toro, a lo largo de su buena vida en la dehesa, puede justificar su muerte en la arena de la plaza. Las motivaciones éticas en contra son fáciles de imaginar. Estas pueden ir desde el animalismo “mondo y lirondo”, que entiende que todo daño infligido contra un ser sentiente es por definición “malo”; hasta el argumento más sutil de que la “maldad” de los toros no radica tanto en el daño que se produce al animal, como en la violación que supone para la dignidad del hombre. Este último punto queda confundido en la clasificación de Ernesto, pues no sólo no aparece en el cuadro correspondiente a la ética y a la moral, sino que, como hemos visto, aparece en el cuadro “político” y, además, entre los argumentos estético-religiosos en contra.

Por último, entre los argumentos estético-religiosos a favor, Castro destaca las opiniones de intelectuales como Vargas Llosa, Chaplin o, quizás el más destacado, Ernest Hemingway, cuyas declaraciones al respecto son más que conocidas.

No está de más recordar las palabras de Fernando Savater al respecto: “Son precisamente esas dos manifestaciones -la muerte como riesgo permanente y la muerte como destino final- las que ocupan el centro de la plaza en la fiesta: en el caso de los toreros, como riesgo que se esquiva y con el que se juega en un perpetuo estilizamiento que se sobrepone al miedo de lo que conocemos demasiado bien; y en el caso del toro como destino que finalmente se cumple, porque el animal muere «en nuestro lugar» esa muerte que él desconoce y nosotros vemos aplazada gracias al arte”.

Belleza versus Bondad

Recorridas ya las principales posiciones que pueden ser defendidas en relación con el carácter ético, o no, de la lidia, hemos decidido asumir la “peor” de las opciones, aquella que la destaca como intrínseca e irremediablemente “mala”. Hemos dicho que esta es la “peor” por cuanto que transparenta, a efectos de nuestro trabajo, la difícil relación entre lo Bello y lo Bueno. Nos preguntamos ahora, pues, si una “danza de la muerte”, “sangrienta” y “mortal” puede ser o no artística, susceptible de recibir una valoración estética.

Es interesante señalar que la confusión entre lo Bello y lo Bueno, entre la Ética y la Estética, no ha sido infrecuente; que muchos sostienen, efectivamente, que el arte no puede ser “malo”, que “la tortura no puede ser cultura” o que, incluso lo “feo”, lo “horrendo” y lo “grotesco”, cuando pasan por la criva de la estética, se traducen en valores “positivos”, en “bellos” y, por tanto, “buenos”. Lo que nos interesa aquí es esto último: si por ser “bello” algo ha de ser “bueno”, o si por “bueno” algo ha de ser “bello”.

La confusión es milenaria. Ya en el Gorgias se sirvió Sócrates de esta confusión para desbaratar los argumentos de Polo (Platón, 2018, pp. 78 y sigs.). Trataba Polo de demostrar que cometer una injusticia es mejor que padecerla ¿Cómo pudo desdibujar el Sócrates platónico sus asertos? Preguntando primero no ya por la injusticia de la acción, antes bien, por su “fealdad”. “Más feo” le pareció a Polo cometer una injusticia, si bien se negó a aceptar que por ello fuera también “más malo”. Vemos en Polo una primera separación entre la fealdad y la maldad.

Ahora bien, Sócrates prosigue, y aquí nos ceñiremos al texto (Platón, 2018, p. 81):

Sócrates.– Comprendo. ¿Tú no crees, a lo que parece, que lo bueno y lo malo, lo bello y lo feo sean la misma cosa?

Polo.– Ciertamente que no.

Sócrates.– ¿Qué dices de esto? ¿A todas las cosas bellas en cuestión de cuerpos, de colores, de figuras y de profesiones las llamas bellas sin relacionarlas a algo? Empezando por los cuerpos hermosos, cuando dices que son bellos, ¿no es refiriéndoles a su uso, a causa de la utilidad que puede obtenerse de ellos o en vista de cierto placer cuando su aspecto despierta un sentimiento de agrado en el alma de los que los contemplan? Aparte de ésta, ¿hay alguna otra razón que te haga decir que un cuerpo es hermoso?

Con esto obliga Sócrates a Polo a reconocer que lo feo está definido en términos del dolor y de la maldad, así como lo bello lo está en función del placer y de la utilidad; siendo una cosa más fea o más bella que otra porque causa más dolor o más placer, o porque resulta más mala o más útil, respectivamente. Una vez aceptado este emparejamiento de ideas ya resulta sencillo concluir que la injusticia, en tanto que es “más fea”, “más vergonzosa”, es también o más dolorosa o más mala, y como no es dolorosa, entonces es mala. Por eso nadie, dice Sócrates, preferiría la injusticia a la justicia, porque nadie elegiría lo feo y lo malo sobre lo bueno y lo bello.

Sócrates se ha valido de la identificación de lo bello con lo bueno, y en esa confusión ha enredado a Polo hasta hacerle confesar aquello de lo que en un principio renegaba. Pero ¿es lícita esta identificación? ¿De veras es lo bueno lo mismo que lo bello? ¿Acaso no se ha valido Sócrates de una verdadera confusión? ¿No ha enturbiado más que aclarado la relación entre estos dos “valores”? Nosotros creemos que sí, pero esto es algo que aún está por demostrar.

Al final de su “Proemio” a “Ética, Estética y Política”, Ernesto Castro (2020) apunta lo siguiente:

“Una de las estrategias argumentativas más recurrentes de este libro consiste en discriminar entre distintos campos de valores potencialmente antagónicos, en afirmar que la ética, la estética y la política no tienen por qué estar siempre de acuerdo. […] Algunos lectores solapados, de los que se quedan en las solapas de los libros, pensarán que la relación que quiero establecer entre la ética, la estética y la política es la misma que hay entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Allá ellos.” (pp. 19-20).

A este grupo de “confusionarios” pertenecería el Sócrates del Gorgias, aunque, si no nos equivocamos, no podría haber sido de otra forma tratándose del Sócrates platónico. Y es que, como es de sobra conocido, la estructura jerárquica del Mundo de las Ideas estaría presidida por la Idea suprema del Bien. Todas las Ideas, incluida la Idea de lo Bello, de la Belleza, quedarían subordinadas a ese Sumo Bien, cúspide del edificio platónico.

¿Cuál es el problema? Que tal y como ha sido expuesto, esa Idea del Bien todo lo empapa. Aquel que, con Platón, remita los valores estéticos a los éticos, entenderá, efectivamente, que no puede haber algo Bello en tanto que no sea, al mismo tiempo, Bueno. Ningún valor estético podrá retener la lidia si recibe el calificativo de “mala”, pues como el pneuma (aliento de vida) de los pitagóricos, la maldad inundaría todo lo que de bello pudiera tener, disgregándolo y volviéndolo irreconocible.

Nosotros, en cambio, entenderemos, como Platón, que lo Bello tiene relación con lo Bueno, pero que dicha relación es analógica -relación de semejanza entre cuestiones diferentes-. Postularemos, pues, una doctrina de la analogía del Bien. O, dicho de otra manera: que el bien se dice de muchas formas. Una vez asumido esto, es posible desligar la Belleza de la Bondad, la Estética de la Ética, pues el Bien de la obra de arte no será el mismo Bien que rige la “buena vida” o “las buenas acciones”, por más que tampoco quede del todo separado de él. La arquitectura de la Idea del Bien tomará la forma de una symploké, en la que no todo estará relacionado con todo, pero tampoco habrá nada completamente aislado, sino que algunas partes guardarán conexiones con otras, pero no con unas terceras…

A partir de nuestra exposición podemos extraer una serie de tesis fuertes:

1. La Belleza es el bien propio de la obra de arte. Qué sea “bueno” en este sentido dependerá de cada categoría artística y corresponderá al experto averiguarlo de acuerdo con la tradición en la que se enmarca la práctica, así como con las virtudes estéticas que se hayan ido decantando en ella. Suya será la tarea de identificar al “artista virtuoso”.

2. Toda obra de arte Bella es una obra de arte buena, sin perjuicio de que, por motivos muy variados, pueda resultar antiética. Dicho de otra forma: ninguna obra de arte que sea buena puede dejar de ser Bella. Queda así roto el viejo problema de “lo grotesco” en las artes, que no será sino un modo de ser de lo “bello”.

3. Suponiendo que la tauromaquia fuera un arte, aun cuando también fuera una práctica antiética, dicho carácter antiético no tendría por qué comprometer su valor estético: siendo “mala” podría ser perfectamente “bella”; esto es, “buena obra”.

4. A tenor de lo dicho, podemos hablar de una recuperación de la vieja doctrina griega de la kalokagathía; eso sí, modificada por el carácter analógico-propositivo del que se ha dotado a la Idea general del Bien.

Elaborado ya el grueso de nuestro trabajo, nos parece que resta, todavía, rematar algunos hilos que pudieran haber quedado sueltos. En primer lugar: el carácter artístico de la lidia. La primera parte de nuestro trabajo estuvo dedicada a describir someramente la estructura típica de una corrida de toros… El objetivo no era otro que sugerir el carácter artístico de la lidia, dando por buenas las consideraciones de los principales teóricos taurinos. Cierto es que los aficionados a las corridas de toros suelen acudir a la estética en defensa de su afición; cierto es, también, que la tauromaquia ha gozado siempre de gran popularidad entre filósofos, artistas y literatos, impregnando nuestra cultura y, como hemos visto que sugería Tierno Galván, también nuestro lenguaje cotidiano. El propio Ernesto Castro (2020) señala los argumentos estético-religiosos en su tabla de clasificación y, en una reciente mesa de debate mediática en Gen Playz, destacó cómo el núcleo de la disputa entre taurinos y antitaurinos radicaría, precisamente, en el conflicto entre la primacía de unos valores sobre otros: éticos versus estéticos (es posible visualizar dicho debate en wF7_OmJXDH0; min 37:25 – 38:55). Por supuesto, alguien podría pensar que la opinión de un reputado profesor de Estética, y uno que no es precisamente un amante de las corridas de toros, no es suficiente para justificar el carácter estético de la lidia, que acudir a las palabras del profesor Ernesto Castro no es más que un burdo argumento de autoridad. Bien, para aquellos que así pensasen, baste decir que, desde luego, la lidia es un arte en el sentido más puramente técnico de la palabra: es arte como tékhne.

Ya hemos visto en el primer apartado que torear no es algo que se pueda hacer de cualquier manera, sino que tiene un “diagramado” técnico dentro del cual, por cierto, es bien posible despegarse de la tradición.

¿Cuál podría ser la verdad de la lidia? ¿Qué nos podría aclarar? Parece que Savater lo tiene claro, así como claro lo tienen también los toreros cuando se les pregunta: si algo nos revela la tauromaquia es nuestra condición finita, mortal:

“Los hombres somos los animales que vemos morir y comprendemos la fatalidad que encierra la muerte, frente a la cual buscamos ánimo como podemos: nuestra mirada sobre la muerte, convertida en poesía o en juego arriesgado, se vuelve contra nosotros y es la venganza de los animales que perecen sin súplica ni protesta. A través de los siglos y de las diversas culturas, la escena primordial […] ha debido tener lugar según rituales muy diferentes. Algunos […] se han ido estilizando, codificados como una danza popular en la que se expusiera la vida”.

La lidia, desde este punto de vista, no dejaría de ser esa forma de “danza sangrienta” en la que, sobre la arena de la plaza, se escenifica, o eso presumen los taurinos, la lucha entre la vida y la muerte, entre los hombres y los dioses…

Por último, la “guinda del pastel”, no podemos terminar el grueso trabajo sin considerar el aspecto político de la lidia. Y es que la tauromaquia se encuentra en el centro del debate político; precisamente por eso lo hemos escogido como hilo conductor de nuestra pregunta de investigación, no sin “ánimo provocativo”. No cabe aquí desarrollar todos los posibles argumentos a favor o en contra de su prohibición, por lo que nos limitaremos a aquellos a los que afecta directamente nuestra discusión, y que, como ya hemos mencionado, para Ernesto Castro son los verdaderamente importantes. Pues bien: ni la sensibilidad ética de los antitaurinos ni la sensibilidad estética de los taurinos, creemos, importan lo más mínimo de cara a su prohibición o permisión legal. Y esto porque ni la política se reduce a la Ética, ni los valores estéticos tienen necesariamente por qué ser salvaguardados por encima de cualquier otra cosa. En último término la decisión se tomará en el ambiente, siempre cruel, del juego del poder, indiferente a los intereses de todos aquellos que no garanticen su recurrencia. Buen ejemplo de ello es la retirada de la concesión del Ayuntamiento de Gijón a la Plaza de Toros de la ciudad; retirada “motivada” por el bautizo de dos toros con los nombres de “Nigeriano” y “Feminista”. El mal gusto del baptista es antológico; lo cual no obsta para que la prohibición, por semejantes “motivos”, diste mucho de responder a una defensa de la naturaleza sintiente del par de bóvidos; y está claro que esa fue la señal que disparó el veto.

El tiempo dará cuenta del destino de la tauromaquia en España: si pervive, con o sin transformaciones; en todas partes o solo en algunas; por poco o por mucho tiempo…

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