FRANCIA, RUSIA Y LA TORMENTA MULTICULTURAL EN EUROPA

Markku Siira

Traducido por Enric Ravello Barber

Reflexiones sobre las tesis de Guillaume Faye

Los recientes disturbios en Francia, que comenzaron con la muerte de un delincuente juvenil de origen argelino por las balas de la policía, recuerdan las predicciones de Jean Raspail y Guillaume Faye sobre el colapso del multiculturalismo.

La novela distópica de Jean Raspail Le Camp des Saints («El campo de los santos») contaba la inquietante historia de una Europa que se ahogaba en una avalancha de inmigrantes. La historia de Raspail ilustra el poder destructivo del multiculturalismo, en el que la sociedad intenta integrar a los recién llegados pero acaba perdiendo su propia cultura.

«La Francia de Macron, en su actual agitación, parece estar repitiendo esta narrativa, lo que también subraya la validez de las afirmaciones de Guillaume Faye», argumenta Constantin von Hoffmeister.

«En el gran teatro de la historia, esta parte de la obra está llegando a su fin y el telón está a punto de bajar. Pero la escena final aún no está clara y vendrá determinada por las decisiones que tome Francia ante esta crisis que ha estallado.»

El presidente Macron está atrapado en la turbulenta vorágine del multiculturalismo, el mismo atolladero que Faye predice con exactitud.

En su libro sobre el «arqueofuturismo», Faye pintó un panorama sombrío de las consecuencias de unas políticas de inmigración tan poco meditadas. Presentó la visión de un mundo abrumado por una inundación interminable de fragmentación cultural: el Occidente colectivo ahogándose en un torrente de mezclas de herencias e identidades. «Francia, en su estado actual, es un espejo que refleja esta proyección», argumenta también Hoffmeister.

«Los ciudadanos no blancos de Francia, hartos de la constante violencia policial, se han levantado desafiantes para resistir un espectáculo farisaicamente macabro que bien podría pertenecer a las páginas de una escalofriante historia de terror», describe.

Pero las raíces de esta rabia insaciable son mucho más profundas que el comportamiento y el destino de un solo individuo. Llegan hasta el núcleo conmovedor de las relaciones entre forasteros y nativos.

«En medio de esta agitación, estalla una ardiente tormenta de rebelión que destruye los símbolos monolíticos del poder y la autoridad del Estado. Deja tras de sí cientos de estructuras en ruinas, desde símbolos de la aplicación de la ley y el control fiscal hasta centros de administración y conocimiento. Junto a estas estructuras de orden y civilización, miles de vehículos yacen como restos carbonizados, prueba de la escalada del conflicto entre ciertas personas y el Estado», poetiza Hoffmeister.

Esta llama de rebeldía salta las fronteras de Francia y llega hasta el corazón de la capital belga, Bruselas. ¿Justificarán los disturbios el futuro control policial estatal que permitirá sobrevivir a la construcción artificial llamada Unión Europea?

Desde las ruinas cubiertas de humo del sueño multicultural de Macron, los ideólogos de neoderecha como Faye reclaman la homogeneidad cultural: una sociedad unida por un patrimonio común, unos valores comunes y una identidad cultural uniforme.

En la visión de Faye, «una Europa colonizada por inmigrantes», se sigue entendiendo el papel vital de la homogeneidad étnica para la paz social. Pero cuando Francia y otros países se den cuenta de ello, ¿será demasiado tarde?

En estos tiempos difíciles, el inhorealismo étnico de Faye es quizá el que mejor capta la esencia de la situación. Según él, la coexistencia pacífica entre los pueblos sólo puede lograrse mediante un «apartheid total». Pero ésta parece una solución poco probable, dada la creencia de los gobernantes en el multiculturalismo y los derechos humanos.

Sin embargo, Hoffmeister, que promueve los libros de Faye, explica que el controvertido autor francés imagina un mundo «emergiendo de las negras ruinas de las perversiones de género de nuestro tiempo». En este mundo futuro, «Europa se une a Rusia para formar un corazón étnico que se extiende desde Lisboa hasta el Pacífico ruso».

«Más allá de esta revolución geopolítica, el espíritu fáustico se desarrolla en una síntesis sin precedentes entre el hombre, la tecnología y la naturaleza, la tradición y la ciencia, el eterno retorno y la travesía titánica, lo antiguo primordial y lo siempre nuevo».

¿Puede hacerse realidad la visión idealista de Faye de un «renacimiento arqueofuturista» en medio de las presiones actuales del multiculturalismo y el antirrusismo? ¿Podría una Europa liberal y americanizada seguir siendo humilde y tomar ejemplo de Rusia para resolver sus problemas?

Fuente: markkusiira.com

EL CREPÚSCULO AL AMANECER (Guillaume Faye)

«Síntesis de una visión del mundo»

Jamás desde de la caída del Imperio Romano, Europa ha atravesado una situación tan dramática. Afronta la más grande amenaza de su historia, y no lo sabe, o peor rechaza verla. Los Europeos son invadidos, ocupados y colonizados por los pueblos del Sur[1] y por el Islam de una manera rápida y masiva. Ellos son a la vez, y por su propia falta, subsumidos al emprendimiento de los EEUU que les opone una incansable guerra económica… Sin olvidar la debacle demográfica: son desvirilizados por las ideologías decadentistas y nihilistas, apareadas en un optimismo fáctico, en busca de una regresión de la cultura y de la educación, hacia el salvajismo y el materialismo. Europa es el enfermo del mundo. Y tanto las clases políticas como las élites intelectuales son las colaboracionistas con este suicidio étnico. La tesis que defiendo es que no se trata de una “inmigración”, sino de una colonización y de una invasión que están en vías de transformar radicalmente el fundamento biológico y etno-cultural de Europa; pero que al mismo tiempo no hay que ceder a la desesperación, que los combates recién están comenzado, y que los pueblos del mismo origen deben unirse.

1. La destrucción de la simiente etno-biológica

  El balance demográfico de la invasión alógena de Francia y de Europa es aterrador. Un demógrafo reconocía en su libro reciente, “La Francia Africana”, que de no cambiar nada en aquel país, en el 2040 más de la mitad de la población sería negra o árabe. Ya en Francia y Bélgica, el 25% de los estudiantes de colegio NO son europeos de origen, y llega a más del 30% entre los recién nacidos. Actualmente en Francia, sobre 61 millones de habitantes, se cuentan más de 10 millones de personas de origen extra-europeo, en crecimiento constante, y con una tasa de natalidad superior a la de los europeos autóctonos. Cada año, son naturalizados 100.000 no europeos en Francia, y cerca de 300.000 inmigrantes, en su mayoría ilegales, cruzan las desprotegidas fronteras del país. La situación es la misma en toda Europa, y estos hechos anuncian quizás el fin de una civilización común. Evidentemente, las clases dirigentes aparentan no ver nada de esto.

  Matemáticamente, además, la raza blanca declina en el mundo entero, incluido en EEUU. Se dice que la superioridad técnica paliará esta situación, yo no lo creo: no hay riquezas sino Hombres. Una civilización está fundada en lo que los Romanos llamaban el “germen”, es decir la simiente etno-biológica, las raíces del árbol que alimentan la Cultura y la Civilización.

  Esta invasión masiva ha sido, en Francia y en Europa, voluntariamente provocada a partir de los años ´60 por el laxismo de los políticos de izquierda y de derecha, contaminados por ideas trostkistas y marxistas, por la codicia de una patronal ávida de mano de obra barata, por la influencia de los intelectuales judíos que exigían una “sociedad multirracial”, por el imperativo de la religión de los derechos del hombre cuyas raíces provienen de una laicización de la moral cristiana.

  Estos “colaboracionistas con la invasión”, en Francia y en Europa, han instaurado una real preferencia por el extranjero en detrimento del ciudadano autóctono: los inmigrantes clandestinos son pocas veces expulsados, se benefician de innumerables ventajas sociales y privilegios de todo tipo; del hecho del “imperativo antirracista”, son preservados en su impunidad y protegidos por leyes “antidiscriminatorias”, a pesar de que sus presencias hayan llevado a una explosión de la criminalidad en proporciones colosales (+ 1.000% en cincuenta años).

  Nosotros estamos siendo invadidos tanto por las maternidades como por las fronteras porosas. La inmigración, aliada al declive demográfico, será también para Europa Occidental una catástrofe económica. El costo de esta inmigración ha sido evaluado en 180 mil millones de dólares por año para Francia, acumulando los costos de la inseguridad y de las innumerables ayudas sociales dispendiadas a los inmigrantes, incluso a los ilegales. Esto funciona como una bomba aspirante [efecto llamada]. Es más atrayente ser un inmigrante ilegal desocupado y mantenido en Europa que un trabajador en el tercer mundo. Los cuadros profesionales y productivos europeos se expatrían principalmente hacia EEUU, reemplazados por poblaciones no-calificadas venidas de África, que son bocas que alimentar pero no brazos fuertes y manos útiles en el trabajo.

  Estos hechos, sumados al envejecimiento de la población significan que en el siglo XXI, la economía europea se arriesga a “tercer-mundializarse” y de caer en una ineluctable depresión.

2. La 3° ofensiva histórica del Islam

  A este fenómeno de la colonización étnica masiva viene a agregarse el hecho de que el Islam toma la punta de lanza en la ofensiva. Desde hace 1.300 años, con obstinación, esta religión-ideología, totalitaria y agresiva, persigue la invasión de Europa. Estamos presenciando su tercera ofensiva histórica, que se extiende hoy desde Gibraltar hasta Indonesia. La primera fue detenida en Poitiers, Francia, por Carlos Martel en el 732; la segunda en el 1684 bajo los muros de Viena asediados por los Otomanos; la tercera se desenvuelve hoy día. El Islam tiene una larga memoria y su objetivo es la instauración en todo nuestro continente de aquello que Khomeini describía como el “Califato universal”.

  La invasión de Europa ha comenzado y las cifras son alarmantes. El continente, incluyendo a Rusia, cuenta con cerca de 55 millones de musulmanes, con un crecimiento del 6% por año. En Francia ya se llega a los 6 millones de mahometanos. Como en Bélgica y Gran Bretaña, ellos exigen ser asociados al poder político. El gobierno francés hace de cuenta el no tomar en serio el objetivo de transformar al país en una “república islámica” después del 2020, cuando el peso demográfico de los árabo-musulmanes será determinante. El Estado financia la construcción de mezquitas para comprar paz social; contamos ya con más de 2000, o sea el doble de Marruecos. El Islam es la segunda religión en Francia detrás del catolicismo y la primera en practicantes. Chirac ha declarado, y con razón “Francia es ahora una potencia musulmana”.

  Por todo Occidente se ha instalado la estúpida creencia de que existe una diferencia de naturaleza entre el islam y el “islamismo”, y que un islam laico y occidentalizado, o moderado, sería posible. Eso no existe. Todo musulmán es un mujaidin[2] en potencia; el islam es una teocracia que funde lo espiritual y lo temporal, la fe con la ley, y que quiere imponer por todas partes la Sharia[3], cuyos preceptos son totalmente irreconciliables con aquellos de nuestra propia cultura.

  Los Estados musulmanes que cooperan con los EEUU en su “lucha antiterrorista” son unos perfectos hipócritas, en particular Arabia Saudita y Pakistán. Cuando el islam es todavía débil sigue el imperativo coránico del engaño y el disimulo, pero la jihad, la guerra de conquista, es el deber supremo. El terrorismo, tanto como la invasión interior inmigratoria, son implícitamente recomendados en el Corán.

3. Preludios de la guerra civil étnica europea

  La criminalidad y delincuencia en Europa Occidental, cuyas causas son a la vez la inmigración en masa y la pérdida de los valores cívicos, han tocado niveles insoportables. En Francia, en el 2004, más de 100.000 autos han sido incendiados y 80 policías han sido asesinados[4]. Todas las semanas, disturbios raciales explotan en los suburbios: en las escuelas públicas, la violencia se ha vuelto endémica y el nivel escolar se ha hundido en las clases “multinacionales”. Entre los jóvenes menores de 20 años, se llega a un 20% de analfabetos. Las agresiones contra los franceses blancos se multiplican, pero son negadas sistemáticamente en nombre de la vulgata antirracista según la cual sólo los Europeos pueden ser racistas. Al mismo tiempo, un arsenal represivo se pone en juego en diversos países, dignos del comunismo soviético, que nos hacen salir progresivamente del Estado de derecho y entrar en un derecho ideológico y subjetivo. En la práctica, toda crítica de la inmigración y del islam está prohibida. Yo mismo cuento con numerosos juicios en contra y he sido condenado a una enorme multa por uno de mis libros, “La colonización de Europa”.

  Una guerra civil étnica es de prever en varios de los países de la Unión europea, una guerra intestina mucho más grave que el “terrorismo”. Ya que un reemplazo de la población, una suerte de genocidio está en curso con la complicidad o el visto bueno de las clases dirigentes, políticas y mediáticas, cuyas ideologías están dominadas por la vergüenza a la propia identidad étnica y a sus pueblos y por la mórbida pasión del mestizaje como imperativo.

  El Estado francés jaqueado totalmente en su utopía de la “integración en la República”, porque imagina que una coexistencia pacífica entre alógenos y autóctonos es posible sobre un territorio. No han leído a Aristóteles, quien pensaba que no importa en qué Ciudad, la armonía y la democracia no son posibles si no existe una homogeneidad y una convivencia étnica, un parentesco cultural,  noción que denominaba como “philia” o “amistad natural”. Las sociedades europeas se hunden hoy día en un caos étnico indigerible.

  Por ejemplo, yo que he nacido en el suroeste de Francia, a orillas del Atlántico y que no hablo ni una palabra de ruso, yo me siento infinitamente más cerca de un Ruso que de un Árabe o de un Africano francófono por más ciudadanía francesa que tengan.

4. crisis moral y arqueofuturismo

  Esta situación se explica, casi clínicamente, como una especie de “sida mental”. Los males que nos afectan son provocados por el virus de un nihilismo interior, que ya había percibido Nietzsche, un colapso de las fuerzas y defensas vitales. Los europeos han empezado un proceso de suicidio de su propio linaje; abriendo voluntariamente las puertas de sus ciudades.

  El primer síntoma es la “xenofilia”, o preferencia sistemática por lo extranjero, por el “Otro” por encima del prójimo. El segundo es el “etnomasoquismo”, es decir el odio y la vergüenza de su propia cultura y de sus orígenes. El tercero es la “desvirilización”, o sea el culto de la debilidad, del arrepentimiento pero también de la preferencia dada entonces a la homosexualidad masculina. Los valores evidentes que conforman la fuerza y condicionan la supervivencia de todos los pueblos de la Historia son hoy día consideradas en Occidente como taras ridículas: honor, fidelidad, familia, fecundidad demográfica (natalismo), orgullo por la cultura, patriotismo, voluntad de sobrevivir en la Historia, etc. Pero esta decadencia es también el hecho de una laicización de los principios de caridad universal del cristianismo y de su postulado central del igualitarismo individual, a través de la ideología de los derechos del hombre.

  Los Europeos deben quizás inspirarse en ciertos valores que se mantienen en Rusia, según lo que me han dicho: por ejemplo, la conciencia explícita de pertenecer a una cultura superior y la afirmación de un “derecho a la distancia”. Hay que romper con el “etnopluralismo”, que es una forma de igualitarismo, reivindicar el “etnocentrismo” y el deber de vivir en el propio lugar sin el “Otro”. Hay que desculpabilizar el “cada uno en su lugar”[5]. Más aún, solamente los Occidentales creen en las virtudes del mestizaje y ven el mundo futuro como un melting-pot. Sólo la Europa naif cree en el cosmopolitismo. El siglo XXI será dominado por el fortalecimiento, sobretodo en el Sur y en Oriente, de grandes bloques etno-religiosos homogéneos. El “fin de la historia” de Francis Fukuyama no tendrá lugar. Asistiremos a una aceleración de la historia, en un ambiente de “choques de civilizaciones”. Y entonces, los Europeos deberán romper con el “presentismo”[6] en el cual están hundidos para contemplarse nuevamente como “pueblos de larga vida” portadores de un futuro (tal como lo hace el Islam, China o la India). Y no podrán realizar esta revolución mental, sino en la ocasión de una gigantesca crisis, de un violento choque, que se producirá probablemente y del cual hablaré más adelante.

  Los tiempos venideros serán, como lo he explicado en un libro de título epónimo[7], “arqueofuturistas”, es decir que se cerrará el paréntesis ponzoñoso y anti-vital de la modernidad. Asistiremos a un resurgimiento de los valores vitales arcaicos, y no saldrán estos más que de los pueblos que sepan asociar la tecnociencia futurista al retorno de la tradición y del orden sociobiológico. Para los Europeos, y por tanto los Rusos evidentemente, los valores arqueofuturistas son a la vez fáusticos y ancestrales, a imagen del árbol en que las raíces empujan bajo el sol, al tiempo que el tronco, las ramas y el follaje se elevan hacia los cielos.

5. el nuevo imperialismo americano

  Los Europeos deben afrontar también aquello que califico en uno de mis últimos libros como “el nuevo imperialismo americano”, mucho más duro que aquel de la guerra fría, y aún más bruto. Luego de la caída de la URSS, los gobernantes americanos han elegido la desmesura, la “hybris”, buscando de manera fantasmagórica una dominación mundial, por una especie de simulacro de nuevo imperio romano. Todo esto se explica por la ideología de los neo-conservadores, estrechamente ligados a los grupos de poder sionistas, pero también animados por el mesianismo de una “misión divina” que raya lo patológico.

  ¿Cuáles son los fines de este Nuevo imperialismo americano? Atenazar y neutralizar a Rusia, impedir toda alianza fuerte entre ésta y una Europa grande (la pesadilla del Pentágono); vaciar de toda substancia al rival europeo haciendo entrar al islam en su seno (por ejemplo la Turquía que los Americanos apadrinan), subyugando completamente a los países de Europa central y oriental del antiguo bloque soviético, llevando una guerra económica despiadada contra la Unión Europea a la cual esta última no osa dar respuesta.

  La cruzada americana por imponer por doquier la “democracia”, especialmente en la periferia de Rusia, es transparente. “Democracia” significa “régimen pro-americano”.

  Pero no debemos lamentarnos por este juego americano, conforme a un designio geoestratégico y talasocrático[8] de dominar el continente. En la Historia, cada uno es responsable de su suerte.

  Éste es el por qué de mi constante oposición a eso que he llamado el “anti-americanismo obsesivo e histérico” tan presente en Francia, pero contra-productivo, victimario y desresponsabilizante. Hay que distinguir entre el “principal adversario” y el “principal enemigo”. El primero busca dominar y debilitar, el segundo matar. No olvidemos la fórmula de Carl Schmitt: “No eres solamente tú quien designa a tu enemigo, es sobretodo él quien te designa”. América y sobretodo su dirigencia son el “principal adversario” de Europa y Rusia en los planos geoestratégico, económico y cultural. El “principal enemigo”, son los pueblos del Surque, las más de las veces bajo las banderas del islam, proceden a la invasión del Continente, sin olvidarnos de sus cómplices, todos los colaboracionistas de la clase política y de la intelligentsia que les abren la puerta, evidentemente con gran satisfacción de Washington, que espera una Europa mestizada y sin identidad.

  Tanto los atlantistas como los anti-americanistas pasionales, sobreestiman entonces a los EEUU sin comprender que estos no son fuertes más que por nuestra propia debilidad. Su catastrófica –y contraproducente– ocupación del pequeño Irak, donde no aportan más que Caos, está ahí para demostrarlo. En el siglo XXI, los Estados Unidos no serán más la primera potencia mundial. Ésta será China o, si nosotros lo queremos, ésta será aquello que más adelante evocaré como la “Eurosiberia”, es decir la alianza unitaria entre la península Europea y Rusia.

la convergencia de catástrofes

  He sostenido la hipótesis de que la civilización mundial actual, fundada sobre “la creencia en los milagros” y el mito del progreso indefinido, arriesga a irse a pique a mediados del siglo XXI. Existen por primera vez en la Historia de la humanidad “líneas dramatúrgicas”, amenazas de crisis gigantescas que convergen en el horizonte de los años 2010-2020 y que pueden provocar un punto de ruptura: la degradación del ecosistema y las convulsiones climáticas, el agotamiento de los combustibles fósiles (petróleo) y de los recursos agrícolas y haliéuticos[9], el resquebrajamiento de una economía mundializada endeudada y especulativa; el retorno de las epidemias; el ascenso de los nacionalismos, de los terrorismos y de la proliferación nuclear; el agravamiento de la ofensiva mundial del Islam; el envejecimiento dramático de las poblaciones de los países ricos, que conjugado con la inmigración en masa, puede traducirse en una recesión económica sin precedentes.

  Debemos prepararnos para esta gigantesca catástrofe, que marcará el pasaje de una era a otra, que barrerá con la “modernidad” y que verá tal vez instalarse por un tiempo una Nueva Edad Media. Esta catástrofe podría ser la ocasión de un renacimiento ya que, en la Historia, toda regeneración de una cultura pasa por el caos, especialmente cuando está es, como la nuestra, “metamórfica”.

Eurosiberia

  La Europa futura no podrá ser contemplada bajo la forma blandengue e ingobernable de la actual Unión europea, que es una medusa sin poder soberano, de fronteras abiertas, dominada por el dogma librecambista, sometida a la voluntad americana y de la OTAN. Es necesario pensar en una futura Gran Europa imperial y federal, étnicamente homogénea (es decir ¡europea!), fundada sobre grandes regiones autónomas y, por sobre todas las cosas, indefectiblemente aliada a Rusia. Este enorme bloque continental, lo he nombrado como “Eurosiberia”. Este gigantesco erizo, que de ninguna manera será ofensivo, sino simplemente inatacable, será de lejos la primera potencia mundial (el mundo por venir será el de los grandes bloques) y sobretodo deberá estar “autocentrado” y romper con los dogmas muy peligrosos de la globalización y el mundialismo. Tendrá perfectamente a su alcance los medios para practicar la “autarquía de los grandes espacios”, de la cual, junto al Premio Nobel francés de economía Maurice Allais, he desarrollado los principios. El destino de la Europa peninsular no puede estar separado de aquel de la inmensa Rusia, por razones etnoculturales y geopolíticas. Por supuesto, impedir el nacimiento de una Eurosiberia tal es un imperativo vital para la talasocracia mercantil americana que (en contradicción con su proclamada lucha contra el terrorismo islámico) incita cínicamente al islam a implantarse en la Unión europea y Rusia.

  No he hablado hasta aquí del Estado de Israel. Diré unas palabras sin embargo: por razones demográficas, creo que la utopía sionista fundada por Hertzl y Buber y realizada desde 1949 no vivirá mucho más que la utopía comunista y que a largo plazo, el Estado hebreo está condenado. Preparo actualmente un ensayo sobre “La nueva cuestión judía” y espero que sea traducido al ruso.

conclusión

  No hay que ser jamás fatalista. La Historia está siempre abierta y presenta continuamente caprichos y retornos inesperados. No olvidemos la fórmula de Guillaume d´Orange: “allí donde hay una voluntad, hay un camino”. De momento, transitamos una fase de resistencia y de preparación ante los graves acontecimientos que se anuncian, por ejemplo la conjunción de guerras étnicas y de una recesión económica gigantesca. Debemos entonces pensar mientras tanto acerca del  “post-caos” y organizarnos en consecuencia. Para terminar, he aquí la palabra de orden que difundo a menudo:

“De la Resistencia a la Reconquista, de la Reconquista al Renacimiento”.

Moscú, 17.05.2005

Guillaume Faye

  Nace el 7 de noviembre de 1949 en Angoulème (Charente), Francia.
  Diplomado en el Instituto Policlínico de Estudios Políticos de París (Ciencias Políticas).
  Doctorado en Ciencias Políticas, licenciado en Historia y Geografía.

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