El día después (A propósito de aquel día, en 2017, en que algunos catalanes pretendieron romper España). Artículo publicado en octubre de 2017.

María Elvira Roca Barea.

Los que hicimos la EGB no hemos conocido otra cosa que esta democracia perpetuamente bastardeada y debilitada por el cáncer nacionalista. Es un secuestro demasiado largo cuyo hartazgo pide también un referéndum de autodeterminación. Porque también los españoles tenemos ese derecho. Pues sí. Ese referéndum de Puigdemont se debe celebrar, pero no solo en Cataluña sino también en el resto de España y debe ser vinculante. Quiere decirse que a la pregunta «¿Quiere usted que Cataluña sea independiente de España?», debemos responder los españoles en todas las provincias del territorio nacional. Y si la respuesta es afirmativa en la mayoría de ellas, Cataluña debe ser declarada independiente por los españoles, sea cual sea el resultado en las cuatro provincias catalanas. Porque también los de El Borge (mi pueblo), los de Villanueva de la Serena y Alcañiz tenemos derecho a decidir si queremos tener el mismo pasaporte que un Puigdemont o un Rufián, the Pujol Family y demás próceres del independentismo. Permítaseme convertirme también en uno de estos próceres para defender la independencia de los españoles.

Señores: si hay que amputar, cuanto antes mejor. No hay ningún deber sagrado ni ninguna culpa histórica, ningún pecado original en el hecho de ser españoles que nos obligue a soportar esto. Unos con la tontería de que la patria es sagrada y para mantenerla unida es necesario conceder lo que sea, aceptar lo que sea. Y otros porque como lo guay es lo que no es español aunque ellos lo sean, procuran que no se les note mucho el estigma, el cual se disimula transigiendo con lo intransigible, para que te acepten los más guapos. Y por supuesto, ¡por Dios!, que no nos acuse nadie de españolistas, que esto es mentar la bicha en casa del gitano. Aquí se puede ser catalanista con orgullo, pero españolista no.

«Cataluña debe ser declarada independiente por los españoles, sea cual sea el resultado en las cuatro provincias catalanas»

Debemos y tenemos que querer liberarnos de esta enfermedad. Y después ponernos con ilusión a mejorar este país, porque somos muchos, muchos millones y llevamos ya varias décadas desconociéndonos. Antes de que esto empezara nos gustábamos y nos caíamos muy bien, los de Oviedo y los de Albacete, los de Almería y los de Teruel, los de León y los de Canarias. Tenemos que recuperar el espacio público para los españoles, que somos la mayoría de los habitantes de estas tierras y vivimos en la semiclandestinidad desde hace años. Urge despejar la atmósfera de esta niebla, y después quedar a tomar unas cañas para celebrarlo y para volver a tomar contacto, como los parientes que no se ven en mucho tiempo. Somos nosotros los que tenemos que decidir si queremos que Cataluña siga siendo española, no ellos. Porque, por pura lógica, sobre el hecho de ser español deben tener algo que decir también los propios españoles, si tienen derecho los que no quieren serlo.

Eso dicen, pero no es verdad. De aquí no se van ni con agua caliente. Sólo están ideando una forma más perfecta de extorsión. ¿O es que alguien se ha tomado en serio esta pantomima catalana? ¿A dónde van a ir que puedan seguir gozando de tantos privilegios? El no querer ser español se ha transformado en un negocio tan rentable que esos señoritos nacionalistas no van a renunciar a él.

Se dirá que hay españoles en Cataluña. Es cierto, pero quedan pocos. Hay holgadamente hoy más de un 40% de población que no quiere ser española. Y no quiere serlo de manera beligerante y combativa, despreciativa y xenófoba. Frente a eso lo que hay es otro grupo que supera también el 40% al que el asunto le da bastante igual y no se ha tomado ni se toma siquiera la molestia de defender la lengua común, que es la que ellos hablan todos los días. No les importa mucho y eso hay que respetarlo. Pero si a ellos no les preocupa mayormente defender su nacionalidad, difícilmente podemos hacerlo los demás. Queda sin duda un pequeño grupo de irreductibles que resiste ahora y siempre, y lo lleva haciendo mucho tiempo. En solitario y sin el amparo de un Estado que tiene toda la culpa de la situación en que estamos. Hay que prepararse para acoger a los catalanes que no quieran renunciar a su nacionalidad, con generosidad sin medida. Muchos habrá que quieran reintegrarse al territorio nacional. A su casa vienen. Desde luego que será penoso para ellos, pero pasarán de ser ciudadanos de segunda a ser ciudadanos de primera. Donde comen tres, comen cuatro. Hay muchas provincias despobladas. Bienvenido sea el chute demográfico.

«Aquí se puede ser catalanista con orgullo, pero españolista no»

Si no lo evitamos, la crisis de octubre va a conducir a más de lo mismo y ya lo ha anunciado Rajoy: más dinero para Cataluña y una reforma constitucional a la carta. Y ese dinero, si siendo española se me permite preguntar, ¿de quién es? Porque no sale del bolsillo del señor Rajoy ni crece en los árboles espontáneamente. Habría que preguntarse por qué no tienen derecho a él los murcianos, los aragoneses o los castellanos. Esta crisis se va a cerrar en falso con otro gigantesco latrocinio del que vamos a ser víctimas los españoles una vez más, a favor de los que dicen que no quieren serlo; de los que dicen que, como no se sienten cómodos siendo españoles, necesitan un cojín más blando que los demás.

El Gobierno, dice que de España, le ha soltado recientemente 4.000 millones de propina a la comunidad vasca para que sigan siendo españoles sin protestar una temporadita, que será corta necesariamente. Y en este momento negocia con ellos, con su correspondiente puesta en escena de tiras y aflojas, la cesión de la Seguridad Social, que es la única presencia que le queda al Estado en el territorio. Así se compra el apoyo parlamentario. Con nuestro dinero. Y de esta situación, usted, español que lee este artículo, y yo que lo escribo, tenemos toda la culpa, porque hemos consentido y hemos callado y hemos aceptado. La culpa más triste y deshonrosa de todas las culpas: la que convierte a las víctimas de los abusos en cómplices de los abusones. Hace mucho que nos pillaron el tranquillo y saben que los españoles tenemos espíritu de parias y que vamos a permitir, como bueyes capados, que se nos cuelguen del cuello todas las sanguijuelas que quieran venir a sentar privilegios en esta masa lanar.

Le he oído decir al presidente de una autonomía del PP o su vecindario que su objetivo era el «amejoramiento del fuero». Pero, ¿de qué caverna feudal ha salido eso? Estamos en una democracia en el siglo XXI. ¿O no? Así las cosas, debemos los malagueños luchar por el «amejoramiento» de la Lex Flavia Malacitana, que concede grandes dosis de autonomía y que en punto a antigüedad y derechos históricos sobrepasa todas las que tienen ahora reconocida la denominación de origen feudal.

Pero el problema no está en Cataluña ni lo ha estado nunca. Vive, crece y ha prosperado siempre en Madrid. Todos los inquilinos de la Moncloa han pagado el alquiler, en perfecto y virtuoso ramillete, con el consentimiento, previo pago siempre, de las oligarquías nacionalistas. Y han comprado sus mandatos socavando el vínculo de solidaridad que debe unir a las naciones y concediendo a unas regiones privilegios que a otras se le niegan. Vamos a decirlo claramente: el nacionalismo nos roba a calzón quitado y desde hace mucho. No tiene otro origen las desigualdades territoriales que España presenta desde hace siglos. Esto, con la convicción de que los españoles se dejarán hacer, porque a fin de cuentas, ¿hay algo que, como se dice ahora, le ponga más a un español que servir para la alegría y el bienestar de quien le desprecia?

«El no querer ser español se ha transformado en un negocio tan rentable que esos señoritos nacionalistas no van a renunciar a él»

El asunto es viejo y conocido por todos, propios y extraños. Lo cuenta Stendhal con mucha ironía: «Cabe señalar que en Barcelona predican la virtud más pura, el beneficio general y que a la vez quieren tener un privilegio: una contradicción divertida… Estos señores quieren leyes justas, a excepción de la ley de aduana, que se debe hacer a su gusto. Los catalanes piden que todo español que hace uso de telas de algodón pague cuatro francos al año, por el solo hecho de existir Cataluña. Por ejemplo, es necesario que el español de Granada, de La Coruña o de Málaga no compre productos británicos de algodón que son excelentes y que cuestan un franco la unidad, pero que utilice los productos de algodón de Cataluña, muy inferiores, y que cuestan tres francos la unidad. Dicen […] que están hartos de los privilegios de la clase una clase noble que no tienen, pero quieren seguir disfrutando de los privilegios comerciales que con su influencia lograron extorsionar hace tiempo a la monarquía absoluta» (Memorias de un turista, 1838). De lo mismo se queja Antonio Machado: «La cuestión de Cataluña, sobre todo, es muy desagradable. En esto no me doy por sorprendido, porque el mismo día que supe del golpe de mano de los catalanes, lo dije: los catalanes no nos han ayudado a traer la República, pero ellos serán los que se la llevan. Y en efecto, contra esta República, donde no faltan hombres de buena fe, milita Cataluña». Creo, con don Miguel de Unamuno, que el Estatuto es, en lo referente a Hacienda, un verdadero atraco, y en lo tocante a enseñanza algo verdaderamente intolerable» (Carta a Pilar Valderrama, 2 de junio de 1932).

Esta es la verdadera ley que ha regido España en los 40 años de democracia, ley no escrita, como todas las que son verdaderamente importantes, y en consecuencia obedecida sin chistar, que viene del franquismo y que el franquismo heredó de los anteriores. Esa es la verdadera Constitución de España, estable y silenciosa como el humus de la tierra, la que dice que los que no quieren ser españoles son mejores que quienes lo son y que tienen derecho a privilegios que los españoles debemos consentir con gratitud, para que acepten rozarse con nosotros las razas superiores. Esto es lo que hay. Y lo que viene es más de lo mismo y no se nos cae la cara de vergüenza de pensar que vamos a dejar esta herencia a nuestros hijos.

A ver si nos colocamos en la perspectiva correcta. El gobierno no nos sacará de este atolladero, porque el gobierno es parte del problema. En todo caso, nosotros, los españoles, sacaremos al gobierno y a nosotros mismos de esta indignidad, de esta desigualdad consentida que está socavando las bases de nuestra convivencia y de nuestro país. No se engañe ni el de derechas ni el de izquierdas. Las siglas de su elección no van a resolver esta situación de desigualdad manifiesta que PSOE y PP han contribuido a crear con absoluta irresponsabilidad. Nuestros gobernantes viven en una realidad paralela y no ven más allá de lo que les permite sostenerse en el despacho un año más. Hay que reconocer que el único político que ha habido en España con visión de futuro en décadas ha sido Jordi Pujol, que a principios de los ochenta empezó a sembrar la cosecha que se está recogiendo ahora. Con claridad lo vio y lo denunció en 1981 D. Josep Tarradellas en una carta a La Vanguardia (16 de abril de 1981). Leída hoy produce estremecimiento porque parece una profecía.

«Esta crisis se va a cerrar en falso con otro gigantesco latrocinio del que vamos a ser víctimas los españoles»

El andaluz es la versión de celtíbero más abundante en este país. El flequillo identitario debe estorbarle mucho la visibilidad a Puigdemont y cia si cree que los andaluces vamos a tolerar una reforma constitucional ad hoc para Cataluña. Andalucía ha descabalgado por dos veces el proyecto de la España asimétrica y lo hará por tercera vez. Conviene a Dª Susana Díaz irse poniendo las pilas porque tiene tarea, y de las serias, después del pseudoreferendum, que es verdaderamente cuando empieza lo bueno. Pero esta vez, no barriendo sólo para la casa chica, o sea para Andalucía, sino a favor de la reconstrucción de la casa grande. Hay que contar con extremeños, castellanos, manchegos, aragoneses, santanderinos, asturianos, riojanos, murcianos, canarios… Tenemos que acudir todos juntos al rescate de nosotros mismos porque estamos como cuando la invasión francesa: en una situación de emergencia nacional y con una clase dirigente incapaz de hacer frente a la situación. Es más, cómplice y culpable de ella. Lo que tenemos por delante es más cesión, más latrocinio, más apaciguamiento y más chantaje, y como consecuencia unan brecha cada vez más honda de enconos y rencores entre los españoles de un territorio y otro. De eso se alimenta el nacionalismo.

Tiene España 46.700.000 millones de habitantes, según censo de 2016. Si descontamos los territorios que ya están comidos por el nacionalismo (Cataluña con 7.500.000 habitantes y el País Vasco con 2.100.000), en España debemos quedar entre 37.600.000 y 25.900.000 españoles. Sale esta horquilla de considerar que hay territorios en proceso de conquista nacionalista, como las Baleares y Valencia, Navarra y Galicia. Pero aquí la partida no está perdida todavía. Quizás en Baleares, sí. En resumen, somos indiscutiblemente como mínimo más de 26.000.000 de españoles en busca de autor. Es una ocasión pintiparada para un político con agallas. Qué pena que Felipe González no tenga ahora 40 años.

Es posible que no quede en España coraje democrático para alzarse contra esta situación enquistada ya por siglos. Si la hubiera, somos nosotros los españoles los que deberíamos impulsar una reforma constitucional que acabara con los estatutos a la carta, los fueros y las leyes a capricho de los señoritos nacionalistas. Simplemente un Estatuto Único para todos los territorios. No se puede seguir desmontando el Estado a trocitos para irlo entregando a una minoría (insisto: es una minoría) que amenaza con destruir al país entero.

«Todos los inquilinos de la Moncloa han pagado el alquiler con el consentimiento, previo pago siempre, de las oligarquías nacionalistas»

La ventaja que ser español tiene sobre el nacionalismo es que España no es una nación en realidad, es una vocación. Ser español cuesta un trabajo horroroso, y luego, claro está, tiene una gracia enorme esa gente descabellada que se empeña en ser de los malos (los españoles siempre son malos) cueste lo que cueste. Normalmente el español decide serlo en la edad adulta y de manera reflexiva. Luego viene la acusación de que querer ser español y tener un Estado que lo represente es resultado del nacionalismo español. Pues muy bien, no se ve por qué va a tener derecho a la lepra todo el mundo, menos nosotros. Pero a lo que va escrito cuesta mucho colgarle el odioso apelativo, porque no se olvide que lo que aquí se pide es un referéndum de autodeterminación.

El nacionalismo es una tendencia perversa que prospera sólo en la división, generando un enemigo y cultivándolo con esmero. No sirve de nada el apaciguamiento y el pacto. Es insaciable y contamina. Y la prueba está en cómo ha ido avanzando por provincias en las que hace 20 años no existía. Prospera porque alimenta lo peor del ser humano. Es tan simple como dividir el mundo en buenos y malos y señalar con el dedo a los malos. Todo lo demás es ganancia. Es un populismo geográfico, y se nutre exactamente del mismo modo: promoviendo descontento. Su propio mecanismo interno repele la inteligencia y la decencia, y por eso agrupa con facilidad a todos los que desean prosperar y destacar y tocar poder y no saben cómo hacerlo de forma constructiva.

No hay que tener ningún miedo pero hay ponerse al curro ya. España ha sobrevivido en razonables condiciones a uno de los procesos históricos más duros que se pueda atravesar: el desmembramiento de un imperio. Perdió una guerra contra los Estados Unidos pero pagó todas sus deudas. Padeció los embates del totalitarismo como toda Europa pero se reconstruyó sola, con el esfuerzo formidable de varias generaciones a las que los que hicimos la EGB no hemos dado las gracias todavía. Y vamos a salir de esta, naturalmente, pero no sin el esfuerzo de Vd. y de todos los que por encima de cualquier ideología pensamos que España es el nombre de un proyecto de vida común por el que merece la pena luchar.

María Elvira Roca Barea es autora de Imperiofobia y leyenda negra: Roma, Rusia, Estados Unidos y el Imperio español (Siruela, 2016)

About Author

Spread the love
                 
   

Deja una respuesta