Deja «secar» la ira

Siempre estamos expuestos a malos entendidos, nuestra historia personal está acompañada de muchas situaciones (unas dolorosas, otras gozosas…), que a priori parece que nos perjudican, generalmente pensamos que la maldad del hombre está por encima de su tendencia a hacer el bien, aquello de «piensa mal y acertarás»… así juzgamos, prejuzgamos y acabamos actuando de una forma impulsiva, queriendo hacer valer nuestros derechos y sobre todo que se haga justicia, la implacable justicia que todos sentimos derecho a ejercer cuando nos sentimos atacados, menospreciados o que no se nos ha respetado lo que merecemos, nuestra piel comienza a cambiar de color, sube la sangre a nuestra cabeza, nos ponemos «hirviendo», la ira ha comenzado a encender en nuestro corazón sentimientos de rencor, venganza, y pensamientos como «este me las va a pagar, ahora se va a enterar de quien soy yo…, como no me restituya lo que me quitó se va a acordar de mi toda la vida…», y así muchas otras manifestaciones de las que hoy nuestro mundo se jacta de vivir sin mayores remordimientos, necesitamos ver y descubrir el valor de la virtud de la prudencia, de la caridad, de la comprensión y de la tolerancia, nuestra sociedad necesita un cambio de mentalidad, de lo contrario, nos seguiremos hiriendo, dañando y hasta matando,… sin duda en una sociedad así no se puede ser feliz.

Es responsabilidad de los mayores, de los padres y educadores, de los profesores, enseñar un nuevo modo de actuar y de pensar a los menores, a los niños y jóvenes, pues, de ellos dependerá que gocemos en un futuro de una buena vida, de una sociedad más humana y más digna. Empieza ya, ahora, a construir al hombre del mañana. Mañana puede ser demasiado tarde. Así que,

DEJA SECAR LA IRA:

Mariana se puso muy feliz por haber ganado en una rifa un juego de té de color azul. Al día siguiente, Julia, su amiguita, fue a su casa bien temprano a invitarla a jugar. Mariana no podía pues tenía previsto salir con su madre aquella mañana. Julia entonces pidió a Mariana que le prestara su juego de té, para que ella pudiera jugar sola en el jardín del edificio en que vivían.

Mariana no quería prestar su flamante regalo, pero ante la insistencia de la amiga accedió a prestárselo… pero decidió, hacer hincapié en que tenía que poner cuidado en aquel juguete tan especial.

Al volver del paseo, Mariana se quedó pasmada al ver su juego de té tirado al suelo. Faltaban algunas tazas y la bandeja estaba rota.

Llorando y muy molesta Mariana se desahogó con su mamá: «¿ves mamá lo que hizo Julia conmigo? Le presté mi juguete y ella lo descuidó todo y lo dejó tirado en el suelo».

Totalmente descontrolada Mariana quería ir a la casa de Julia a pedir explicaciones, pero su madre cariñosamente le dijo: «Hijita, ¿te acuerdas de aquel día cuando saliste con tu vestido nuevo todo blanco y un coche que pasaba te salpicó de barro tu ropa? Al llegar a casa querías lavar inmediatamente el vestido pero tu abuelita no te dejó. ¿Recuerdas lo que dijo tu abuela? Ella dijo que había que esperar a que el barro se secara, porque después sería más fácil quitar la mancha. Así es hijita, con la ira es lo mismo, deja la ira secarse primero, después es mucho más fácil resolver todo».

Mariana no entendía todo muy bien, pero decidió seguir el consejo de su madre y fue a ver el televisor. Un rato después sonó el timbre de la puerta… Era Julia, con una caja en las manos y sin mas preámbulo le dijo: «Mariana, ¿recuerdas al niño malcriado de la otra calle, el que a menudo nos molesta? Él vino para jugar conmigo y no lo dejé porque creí que no cuidaría tu juego de té pero el se enojó y destruyó el regalo que me habías prestado. Cuando le conté a mi madre ella preocupada me llevó a comprar otro igualito, para ti.

¡Espero que no estés enojada conmigo. No fue mi culpa!

«¡No hay problema!, dijo Mariana, ¡mi ira ya se secó! Y dando un fuerte abrazo a su amiga, la tomó de la mano y la llevó a su cuarto para contarle la historia del vestido nuevo ensuciado con barro».

Nunca reacciones mientras sientas ira. La ira nos ciega e impide que veamos las cosas como realmente son. Así evitarás cometer injusticias y ganarás el respeto de los demás por tu posición ponderada y correcta frente a una situación difícil, frente a una gran prueba de las muchas a las que nos somete la vida…

Acuérdate siempre: ¡ Deja la ira secar !

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