Anticatolicismo, la brutal persecución de los católicos en el Reino Unido de Gran Bretaña, que todavía continúa; marginados en su propia patria por no someterse durante siglos.

CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN

Muchas veces en las guerras diversas, que ha tenido la humanidad por razones religiosas se presenta a los católicos como esos bárbaros -más aún a los españoles por la propaganda protestante contra la Inquisición y el Imperio, como un elemento más que ha configurado nuestra leyenda negra-  y pocas veces se habla de la crueldad de las nuevas iglesias surgidas tras la reforma protestante.

La Inquisición española permanece hoy como el máximo exponente de la intolerancia religiosa en el imaginario popular. La leyenda negra, creada por la propaganda holandesa e inglesa (aunque inciada anteriormente en Italia), ha contribuido mucho a consolidar esta idea, y llegando incluso a calar en una gran parte de los españoles. La leyenda negra ha logrado esconder todos los datos que demuestran que la persecución religiosa durante los siglos XVI y XVII en el resto de Europa alcanzó cifras aterradoras. Cuando los estudiosos de las inquisiciones (pues no hubo una, sino muchas) afirman que «el santo oficio» era uno de los tribunales europeos que ofrecían más garantías procesales, muy por encima de la justicia civil, se está, también diciendo que en algunos lugares de Europa la intolerancia se ejerció sin frenos ni cortapisas legales. Una muestra de ello es la historia de la Iglesia Anglicana y la cruel y genocida persecución que emprendió contra los católicos:

La Iglesia de Inglaterra se inició con un baño de sangre, debido a la intolerancia religiosa

Enrique VIII inició la persecución de los católicos británicos en 1534 con el Acta de Supremacía, mediante el que se proclamó jefe absoluto de la Iglesia de Inglaterra y declaraba traidores a cualquiera que simpatizara con el Papa de Roma . Una larga lista de altos cargos de la Iglesia rechazaron este acta y fueron correspondientemente ejecutados, entre ellos Tomás Moro y el obispo Juan Fisher . Todas las propiedades de la Iglesia pasaron a manos reales.

En 1535, en plena ola de represión fueron descuartizados los monjes de la Cartuja de Londres con su prior, John Houghton, a la cabeza. Fueron ahorcados y mutilados en la tristemente célebre plaza de Tyburn , a modo de ejemplo contra una orden caracterizada por su austeridad y sencillez. El balance fue de 18 hombres, todos los cuales han sido reconocidos oficialmente por la Iglesia Católica como verdaderos mártires. Asimismo, el fracaso de una rebelión católica contra el Rey se saldó en 1537 con la condena a muerte de otras 216 personas, 6 abades, 38 monjes y 16 sacerdotes.

El sufrimiento cambió un tiempo de bando con la llegada al trono de María Tudor una vez fallecido su único hermano varón, Eduardo VI. La llamada « reina sanguinaria » nunca olvidaría que con el divorcio de sus padres, en 1533, tuvo que renunciar al título de princesa y que, un año después, una ley del Parlamento inglés la despojó de la sucesión en favor de la princesa Isabel. Bajo el reinado de María, esposa de Felipe II de España, se ejecutaron a casi a 300 hombres y mujeres por herejía entre febrero de 1555 y noviembre de 1558. Muchos de aquellos perseguidos estuvieron involucrados en la traumática infancia de María, empezando por Thomas Cranmer , quien siendo arzobispo de Canterbury autorizó el divorcio de Enrique VIII y Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos, Isabel y Fernando.

La prematura muerte de María llevó al poder a su hermana Isabel en 1558. La esposa de Felipe II designó heredera en su testamento a su hermana con la esperanza de que abandonase el protestantismo, sin sospechar que aquello iba a suponer el golpe de gracia al catolicismo en las Islas británicas. En poco tiempo Isabel revirtió todos los esfuerzos del anterior reinado y se lanzó a una caza de católicos a lo largo de todo el reino. Como explica María Elvira Roca Barea en su libro « Imperiofobia y leyenda negra » (Siruela), las persecuciones de católicos ingleses provocaron 1.000 muertos, entre religiosos y seglares, en contraste con lo que por entonces ocurría en España, donde «murieron, acusados de herejía, menos personas que en cualquier país de Europa».

El sistema de denuncias vecinales inglés

El reinado de Isabel I comenzó restableciendo el Acta de Supremacía, que decretó la asistencia obligatoria a los servicios religiosos del nuevo culto. En caso de faltar, las sanciones iban desde los latigazos a la muerte. El Estado promovía un sistema de delaciones por el que aquellos que no denunciaban a sus vecinos podían acabar en la cárcel. El objetivo no sólo eran los católicos, sino también los calvinistas, cuáqueros, baptistas, congregacionistas, luteranos, menoninatos y otros grupos religiosos que, en la mayor parte de los casos, se vieron obligados a huir a América . Solo en tiempos de Carlos II de Estuardo más de 13.000 cuáqueros fueron encarcelados y sus bienes expropiados por la Corona.

En 1585, el Parlamento dio un plazo de 40 días para que los sacerdotes católicos abandonaran el país bajo amenaza de muerte y se prohibió la misa católica incluso de forma privada. No obstante, la represión aumentó con el fracaso de la Gran Armada de Felipe II en 1588 y el sistema de delación alcanzó niveles «que nunca soñó la inquisición». Como apunta María Elvira Roca Barea, el sistema de espionaje vecinal permitió un estricto control individual y de los movimientos y viajes de conocidos, parientes y viajeros. La represión logró borrar definitivamente de Inglaterra el catolicismo en cuestión de diez años.

Toda una serie de supuestos complots católicos, siempre confusos y basados en rumores, justificaron que la Corona recrudeciera la represión de forma periódica. El gran incendio de Londres de 1666 fue achacado a los católicos y desencadenó una nueva persecución. Entre 1678 y 1681 una supuesta conjura católica atribuida a Titus Oates dio lugar a otras feroces cazas.

En paralelo a estos sucesos, Irlanda empleó el catolicismo como forma de resistencia al dominio inglés. La religión solo era un factor más en la guerra por mantener a Inglaterra a una distancia prudencial , pero elevó la violencia y el odio hasta convertir el conflicto en un baño de sangre. Se calcula que un tercio de la población irlandesa sufrió las consecuencias mortales de que Irlanda se implicara en la guerra civil de 1636 entre monárquicos y republicanos ingleses. Oliver Cromwell no tuvo nunca piedad con los rebeldes irlandeses vinculados al catolicismo, confesión religiosa hacía la que sentía aversión personal.

No hubo piedad cuando fueron derrotados por Cromwell: confiscaciones masivas de tierras, masacres que acabaron con pueblos enteros y hambre.

Se calcula que murió un tercio de la población irlandesa. No durante las rebeliones, sino después. Muchos terminaron deportados por deudas a Australia y Nueva Zelanda. En 1689 unos irlandeses participan en la guerra apoyando al católico Jacobo II y otros a Guillermo de Orange. Ya en este tiempo hay irlandeses católicos y protestantes. Jacobo había prometido devolver las tierras que Cromwell había confiscado, pero perdió la guerra. Desde 1695 estuvo vigente la Ley Popery, que prohibía a los irlandeses católicos ejercer cargos públicos y formar parte de la Administración, ingresar en el Ejército, poseer tierras y educar a sus hijos en la fe católica.

En 1800 se firma el Acta de Unión que crea el Reino Unido de la Gran Bretaña, con este nombre. Hubo algunas devoluciones de tierras, se concedieron algunos títulos nobiliarios a familias irlandesas católicas y se prometió que se autorizaría la entrada de delegados irlandeses al Parlamento. Esto fue vetado por el rey, que consideró que sería peligroso para la Iglesia anglicana. La restricción estuvo vigente hasta 1829. Y con esto llegamos a uno de los episodios más oscuros de la historia de la Europa contemporánea: la gran hambruna de 1846 en Irlanda.

Acusar a un pueblo de genocidio es una cosa muy seria y no puede hacerse a la ligera. Cualquier pequeña desviación en la consideración de los hechos lleva a la difamación, que desautoriza inmediatamente al que la produce. Este asunto engendra muy agrias polémicas entre los irlandeses mismos porque hay hechos muy dolorosos en el subsuelo, como el silencio cómplice de una parte de la jerarquía católica y de sectores católicos bien posicionados en el Imperio británico.

Existen varias asociaciones y Famine Museums en Irlanda y en Estados Unidos que defienden un reconocimiento internacional de lo que ellos consideran un genocidio, es decir, el intento sistemático y deliberado de acabar con un pueblo. De hecho han conseguido que, como genocidio se estudie en las escuelas de algunos estados estadounidenses. Un nuevo frente se ha abierto con la intervención de Tim Pat Coogan, uno de los historiadores irlandeses más prestigiosos, que publicó (en Nueva York, no en Irlanda) en 2012 una desasosegante investigación que defiende la teoría del complot organizado para diezmar la población irlandesa. Aquí se deja constancia de algunos hechos probados y que el lector juzgue por sí mismo.

La gran hambruna de Irlanda no se produjo, como habitualmente se considera, por culpa del escarabajo de la patata, sino por falta de alimentos. La patata no es lo único que se puede comer. Una situación semejante por la misma plaga se dio en Escocia y Finlandia, y hubo hambre, pero ni de lejos una catástrofe como la que sucedió en Irlanda. Desde el puerto de Cork se sacaban diariamente 247 sacos de trigo y las exportaciones de alimentos crecieron entre un 30 y un 40 por ciento, según los puertos. El ejército británico desplegó unos 200.000 hombres para garantizar el flujo de las exportaciones de alimentos y evitar estallidos de violencia.

La población protestante no sufrió hambruna ni se vio mermada.

En Escocia, que también padeció la plaga del escarabajo, se prohibieron las exportaciones de alimentos. La reina envió 2.000 libras a Irlanda para paliar la catástrofe y cuando el sultán otomano Abdülmecid anunció su intención de mandar 10.000 libras, las rechazó. También se rechazó la ayuda enviada desde Estados Unidos.

El 2 de septiembre de 1846 el editorial de The Times publicó un artículo titulado «Total “Annihilation» (Aniquilación total) en el que podía leerse: «A Celt will soon be as rare on the banks of the Shannon as the red man on the banks of Manhattan» (Pronto un celta será tan raro en las riberas del Shannon como el piel roja en las riberas de Manhattan). Es famosa la frase de Thomas Carlyle: «Irlanda es como una rata medio muerta de hambre que se cruza en el camino de un elefante. ¿Qué debe hacer el elefante? Suprimirla, por Dios, suprimirla».

Nassau Senior, economista de Su Majestad, expresó su miedo de que la política que se seguía en Irlanda «will not kill more than one million Irish in 1848 and that will scarcely be enough to do much good» (no matará más que un millón de irlandeses en 1848 y esto difícilmente será suficiente). Hubo pocos que se atrevieron a denunciar lo que estaba sucediendo en Irlanda. Solo los cuáqueros ofrecieron abierta y públicamente alimentos a los católicos irlandeses. También la madre de Oscar Wilde, Jane Wilde, bajo el pseudónimo de Speranza, se atrevió a publicar textos en donde se denunciaban aquellos horrores.

Un millón de irlandeses -católicos- murió de hambre y aproximadamente otro millón tuvo que emigrar. Este fue el principio del fin de la ocupación de Irlanda. Los emigrantes irlandeses, cuando consiguieron establecerse y mejorar su situación, se convirtieron en una fuente inagotable de ayuda e Irlanda proclamó su independencia en 1922. Quedaron bajo soberanía británica los nueve condados de Irlanda del Norte, todavía en proceso de pacificación…

Después de la independencia del sur de Irlanda, la discriminación anti-católica continuó a lo largo del siglo XX en Irlanda del Norte, en un contexto donde la religión católica fue asimilado al republicanismo irlandé . Desde que el «Acuerdo del Viernes Santo» de 1998 puso fin al conflicto en Irlanda del Norte , católicos y protestantes han compartido el poder en la provincia en un gobierno de «poder compartido».  

Paralelamente a todo ello, hay que destacar que, hasta 1850 fue perseguida por ley la presencia de cualquier miembro de la jerarquía católica en Inglaterra, y cuando esta prohibición se levantó, se desató de nuevo una oleada de protestas que dio lugar a enconados debates en la prensa inglesa. Hasta estas fechas no existieron cementerios católicos en Inglaterra. Recordemos que la Inquisición en España fue abolida oficialmente en 1834 y que de facto hacía ya años que la institución estaba muerta y ni siquiera se nombraba a un gran inquisidor que la dirigiera.
Dieciséis años antes de que la ley inglesa permitiera que un obispo católico pudiera poner el pie en las islas, había dejado de existir en la oscura y atrasada España la institución encargada de velar por la pureza católica.

La tolerancia religiosa ha conseguido al fin abrirse camino en Occidente y no por esfuerzo del mundo protestante ni contra la intransigencia católica, sino simplemente traída por la evolución interna de la sociedad occidental.

El triunfo de la burguesía y de la democracia liberal implica que un nuevo sistema de valores se ha impuesto, y en él la religión ya no es lo más importante, ya no mueve los espíritus. Por lo tanto, se puede ser tolerante con ella.

Todavía hoy sigue vigente el Acta de Establecimiento de 1701 que obliga a los miembros de la familia real británica a renunciar a cualquier derecho al trono si se hacen católicos o se casan con un católico. Esto dificulta mucho la sucesión al príncipe Carlos de Inglaterra, casado civilmente con la católica Camilla Parker, la cual, hasta ahora, no ha renunciado a su catolicismo.

Sigue arraigadísimo en la opinión pública el vínculo entre anglicanismo y patria.

Tony Blair esperó a dejar de ser primer ministro para anunciar públicamente su conversión al catolicismo, convencido de que su conversión acabaría con su carrera política. Por fin, en 2007 se decidió a «salir del armario» y se convirtió abiertamente al catolicismo. El periódico The Guardian (22-junio-2007) comentó el hecho con un artículo que llevó este título: «After 30 years as a closet Catholic, Blair finally puts faith before politics».

A lo largo del siglo XX la población católica del Reino Unido se ha ido recuperando. En 2007 The Sunday Telegraph (23-12-2007) afirmaba que hay en Inglaterra y Gales 4,2 millones de católicos frente a 24 millones de anglicanos. Sin embargo, hay más católicos practicantes que anglicanos: 861.000 católicos frente a 852.000 anglicanos.

Esta intolerancia, de la que se viene hablando, no es exclusiva de la Iglesia Anglicana. Era el clima que se respiraba en todo el territorio protestante y en general en toda Europa durante siglos. El panorama no ha sido mejor entre los hoy civilizadísimos escandinavos. En 1536 el rey de Dinamarca, Christian III, decretó la conversión obligatoria de todos sus súbditos. En 1624 entró en vigor la ley que condenaba a muerte a todo sacerdote católico sorprendido en territorio danés. Al año siguiente, nuevas leyes vinieron a reprimir aún más la ya inexistente libertad religiosa en Dinamarca. Quien se convirtiera al catolicismo sufriría confiscación de bienes y se negó a los católicos el derecho a hacer testamento, de manera que al morir todas sus posesiones pasaban automáticamente a la Corona. Estas disposiciones estuvieron vigentes en Dinamarca hasta 1849. Hasta 1860 cualquier sueco, danés o noruego que abjuraba de la religión oficial incurría en pena de exilio y confiscación de bienes.

Volviendo al Reino Unido de Gran Bretaña, el anticatolicismo  incluye leyes discriminatorias , las persecuciones y, más en general, la hostilidad contra los católicos y su religión en Inglaterra y el Reino Unido , principalmente desde el cisma anglicano protestante en 1534. El anticatolicismo está institucionalizado en los textos oficiales de la monarquía británica , donde se hace referencia a los católicos con el término peyorativo de “papistas ”. El Acta de Establecimiento de 1701 , todavía en vigor hoy, prohíbe a los católicos, por ejemplo, gobernar en el Reino Unido.

Hoy (aparte de la Ley de Asentamiento ) casi todas las medidas discriminatorias contra los católicos fueron «oficialmente» derogadas en 1829 durante el reinado de Jorge IV. Sin embargo, el catolicismo sigue todavía muy arraigado en la sociedad británica. La hostilidad del protestante anglosajón blanco hacia los católicos sigue siendo, para muchos, una seña de identidad, una de las bases en la que se asienta el mundo anglosajón .

El anticatolicismo está en declive en Escocia, pero todavía representa entre el 50 y el 60% de los crímenes de odio religiosos en los últimos años.

Los políticos se niegan a hablar de anticatolicismo y prefieren el término neutral «intolerancia» .

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