Alienación parental: hablemos claro de la manipulación de los niños en pleitos de separación y divorcio

La manipulación en los procesos de separación es una realidad demasiado frecuente que perjudica siempre a los hijos y a veces lleva a que el progenitor decida poner tierra de por medio.

ANA VILLARUBIA. PSICÓLOGA

Todas las connotaciones que socialmente le atribuimos tanto a la maternidad como a la paternidad hacen que nos sea muy difícil comprender por qué hay padres e hijos que llegan a enzarzarse en profundos conflictos.

Trabajando con pacientes en procesos de divorcio o evaluando a familias en la tramitación de la custodia de los hijos es más frecuente de lo que querríamos pensar encontrarse con conflictos que se enquistan y relaciones que pasaron del amor a un odio visceral que parece no tener fin.

El niño o la niña, podemos pensar, reacciona desde la rebeldía sin causa propia de su edad, y también por pura inmadurez. Pero nos cuesta mucho más entender el por qué del rechazo que una madre o un padre pueden llegar a sentir hacia sus propios hijos. Cuesta porque ese que rechaza era también quien estaba llamado a ser, en teoría, una eterna figura de aceptación incondicional. ¿Cómo se explica que un padre o una madre puedan repudiar a su propio hijo?

ALIENACIÓN PARENTAL, ¿SÍ O NO?

Dejando aun lado algunos cuadros psicológicos o psiquiátricos complejos, en la mayor parte de los casos las claves para entender lo ilógico residen en la conflictividad adulta mal gestionada.

Si bien es cierto que el concepto de alienación parental (Gardner, 1985), del que mucho se ha hablado en los últimos meses, ha sido y sigue siendo muy controvertido (negado y defendido por unos y otros a partes iguales y por motivos bien distintos) no es menos cierto que, lo llamemos como lo llamemos y se contemple o no en los manuales diagnósticos de la psicología o en el derecho penal (ámbito psicológico y judicial, por desgracia, no siempre van de la mano), el hecho de que un progenitor manipule a su hijo en contra de su expareja es una realidad excesivamente frecuente en muchas separaciones conflictivas.

Lo veo en la consulta todos los días: cuando un conflicto familiar se judicializa suele ser sinónimo de un fracaso de las estrategias de gestión interpersonal del conflicto y de la comunicación asertiva.

En estos contextos, lo llamemos síndrome de alienación parental, o como le queramos llamar, lo que realmente debería espantarnos es lo que psicólogos y mediadores seguimos apreciando de manera asombrosamente reiterada: auténticas campañas de acoso y difamación que un niño pone en escena, en contra de uno de sus progenitores, sin justificación alguna con respecto a la relación que previamente mantenían, sino como resultado de un proceso de adoctrinamiento sistemático por parte del otro progenitor.

«A VER CON QUIÉN TE ACUESTAS» Y OTRAS REACCIONES FRUTO DE LA ALIENACIÓN

El proceso de denigración va en aumento: de entrada, suelen ser claramente reconocibles algunas frases hechas que el niño reproduce, hablando literalmente por boca de su figura ascendente. «Esta no es tu casa»; «tu obligación es cuidar de nosotros en lugar de irte por ahí con tus amigas», o «a ver con quién te acuestas» son solo algunas de las barbaridades que una paciente mía ha tenido que soportar por boca de sus hijos de solo 9, 11 y 13 años…

Por si esto no fuera suficientemente duro, más adelante, será ya el propio niño quien aderece su discurso en función de sus necesidades, con el fin de reducir sus propios conflictos internos.

«Todo me sale mal por tu culpa», antes de propinar un empujón y agredir a su padre es un ejemplo perfecto de cómo un chaval algo más mayor, de 16 años, construye los argumentos que necesita para entender su malestar y para explicarse su propia insatisfacción y sus incoherencias, sin dejar de señalar a su vil padre -en este otro caso la figura de manipulación era la madre- y sin dejar de mantenerse fiel al compromiso adquirido con su figura materna para detestar al padre.

Llegado a este punto, el sufrimiento del adulto es obvio y comprensible. Es aquí cuando algunos padres deciden tirar la toalla y son ellos quienes pasan a poner tierra de por medio con respecto a sus propios hijos.

EL NIÑO, ANTES VÍCTIMA QUE VERDUGO

Del otro lado, lo cierto es que el niño siempre es víctima antes que verdugo. La realidad de esos niños solo puede ser entendida desde una experiencia de negligencia o maltrato. El progenitor manipulador los ha condenado a privarse de una figura de apoyo y a experimentar carencias, emociones y pensamientos que en absoluto le corresponden.

Le ha venido muy bien que el niño sea hedonista e inmaduro por naturaleza, porque tiende a buscar su bienestar inmediato, y eso lo hace fácilmente sugestionable. Ese niño que se torna en un maltratador en potencia también sufre, vaya que si sufre. Muestra accesos de ira, se comporta de manera desafiante, insulta y amenaza y se siente descolocado, solo, triste, ansioso y ‘culposo’ la mayor parte del tiempo.

Detectar estos procesos de manipulación es imprescindible para que el adulto pueda poner límites a lo intolerable, siempre desde el diálogo y desde la empatía, exponiéndole al hijo tanto las evidencias de su comportamiento dañino como la falta de pruebas de realidad de aquello que critica sin criterio alguno (¿acaso le corresponde a un niño de 9 años juzgar si su madre puede o no permitirse tener una pareja o salir con sus amigas una vez al mes?).

Hay que dar con estos mecanismos para devolverle al niño la seguridad que necesita, para explicarle cuáles son sus responsabilidades, cuáles son los roles que ha de desempeñar en el mundo, de qué cosas ha de preocuparse y qué otros asuntos pertenecen exclusivamente a un mundo adulto que no ha sabido dejarle al margen de sus frustraciones y no le ha sabido proteger.

FUENTE: https://www.elmundo.es/yodona/lifestyle/2022/02/14/62068c7efdddff0e308b45f5.html

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