A N T I N A V I D A D

Custodio Ballester Bielsa, Sacerdote Católico.

La última envestida contra la Navidad, una más, ha sido la lamentable portada de la revista Mongolia, ensuciando la Navidad de la manera más soez e insultante. Y como dicen que estamos en un régimen de libertad (hay cuestiones críticas para las que no cabe de ningún modo invocar la libertad), es obligado aceptar esas basuras con talante comprensivo para no poner en riesgo la convivencia social. Ésas son las vigentes reglas de juego. Otra cosa sería delito de odio. Es la lamentable explicación oficial para ese estado de cosas. De ida es libertad; pero de vuelta es odio.

Y nosotros, los cristianos de todo pelaje y condición, los de altas e incluso altísimas titulaciones, los soldados rasos y los snobs (sine nobilitate, sin más título de cristiandad que el humilde certificado de bautismo), unos y otros aguantando estoicamente la bofetada en una mejilla, y en la otra, y en ambas nalgas, a calzón caído. Muy evangélico todo ello (aunque no sea ése el único precepto evangélico). Con el lamentabilísimo resultado de que al menos en nuestra sociedad, ¡tan tolerante!, retrocede la cristiandad. He ahí el resultado de tan original estrategia. Por sus frutos los conoceréis.

Y claro, la cosa es tan grave, descarada y escandalosa, que hasta los que no están para nada comprometidos con la religión, se están posicionando al respecto. Han entendido que no pueden permanecer indiferentes a la profanación de unas celebraciones que son sagradas para toda la población; y, sobre todo, dignas de respeto. Aunque sólo quedase la población infantil, que no es el caso, como única destinataria de estas celebraciones, aunque sólo fuese por eso, merecerían el respeto de toda la población; por lo que sería socialmente despreciable y condenable cualquier maniobra por despojar a la infancia (y no sólo a ésta) de una celebración tan vitalista.

Darío Adanti y Eduardo Galán, cofundadores de ‘Mongolia’, junto a su última portada

Aparte de otras graves patologías que sufre nuestra sociedad, parece bastante inevitable que se ataque tan suciamente la Navidad en un momento en que es atacada también, y de forma igual de obscena, la natalidad. Está claro que nuestra sociedad no está para navidades: por eso aprovecha cualquier pretexto para recortarlas y desnaturalizarlas. Claro que la Navidad es una fiesta de marcadísimo sello infantil y por ello tenían una gran presencia en los colegios. Echad un vistazo por ahí, y veréis en cuántos colegios (en especial públicos) se pone muchísimo más empeño en celebrar Halloween, la fiesta de los muertos, que en celebrar la Navidad, la fiesta del Nacimiento; si no es que la tienen totalmente desterrada por la cosa esa de la multiculturalidad, que obliga a no significarse una escuela plural, por ninguna singularidad cultural impuesta que pueda ofender a las otras culturas, y sobre todo, a las otras religiones.

Y, como decía aquél, ojo al parche. Resulta que para cargarse las fiestas de Navidad sobre todo en los colegios, se invoca la multiculturalidad (claro, es un abuso imponer a los niños musulmanes una fiesta cristiana); ¿y en cambio no vale ese mismo argumento para imponerles el Halloween? Muy musulmán, ¿no? ¿Qué guasa es ésa?

Es la gangrena de esta sociedad moribunda, que se esmera por ir afanosa hacia la muerte y por impedir el nacimiento por todos los medios a su alcance. Claro que es inevitable que esta sociedad se vuelque cada vez más en la fiesta de los muertos, y se retraiga y se encoja ante la fiesta del Nacimiento: una fiesta que ha perdido para ella todo el sentido. ¿Qué sentido tiene, en efecto, celebrar el Nacimiento del Hijo de Dios como espejo del gozo que acompaña a todo nacimiento humano, en una sociedad que se ufana por luchar encarnizadamente contra el nacimiento humano, y que considera una de sus mayores conquistas su “avanzada” legislación para fomentar la muerte?
¡Ah!, pero instalados como estamos en las más absurdas incongruencias, no dejamos de celebrar cada uno el aniversario de nuestro nacimiento (el mayor acontecimiento de nuestra vida, ¿no?), olvidando a la madre que nos parió y que tanto hizo por que naciéramos. La madre, totalmente ausente. Una más.

Tuvimos un alma más bella y generosa: en la gran celebración del Nacimiento del Niño Jesús, su santa Madre ocupó en las celebraciones un lugar de honor, el que fue ganando la madre expectante, en estado de buena esperanza. Sí, claro, nuestra Señora de la Esperanza, sí, sí, la evocadora María Grávida que nos vino del norte, el Adviento (el Dios que venía en camino, que hacía camino en el seno de su Santa Madre) que nos regaló la Iglesia. Y la Virgen de la O, la Iglesia clamando por el que viene en el seno de María: O Sapientia, O Adonai, O radix Jesse, O clavis David, O Oriens, O Rex Gentium, O Emmanuel. Sí, el Adviento, cuyo centro de atención era la Madre expectante, autora de esa gran maravilla que estaba en camino, el Adviento que iba caldeando el clima para la Navidad. Y como no podía ser de otro modo, con la apasionada preparación del Belén con todo su ajetreo, y la gran celebración en familia. Aún suena ese bellísimo Vuelve a casa, vuelve por Navidad de los turrones que, gracias a Dios, aún resisten la doble crisis: la económica y la religioso-cultural.

Pero, claro, ¿cómo puede seguir celebrando la expectativa de la venida del Hijo de Dios en el seno de su Santa Madre, una sociedad que lucha “tan eficazmente” contra la mayor parte de expectativas de nacimiento? Una sociedad que a fuer de antinatalista ha venido a transformarse en antimaterna (¡qué manera de despreciar y atacar a la madre!); y causa o efecto de ello, rabiosamente enemiga del que tanto sufrimiento y devaluación le causa a la mujer: el hijo. ¿Cómo va a tener ganas de navidades una sociedad así?

No sé qué será de los restos de la civilización cristiana, incluida la Navidad que resiste aún los envites de la modernidad antinatalista, cuando desaparezca El Corte Inglés y ya no quepa el gran anuncio de Ya es Navidad en El Corte Inglés. De momento tenemos en las calles la más absoluta neutralidad navideña, es decir la nada. Hoy los belenes han sido sustituidos por las absurdas onomatopeyas del beber y deglutir, y esos ostentosos cubos luminosos coronados con un lazo evocando los regalos. Eso, eso, la gran fiesta de los regalos. ¿Y los villancicos? ¡Ah, no!, esos monumentos al regalo tienen música y todo. Pero no navideña, no la antigualla de los villancicos, sino esos ruidos instrumentales modernos que se repiten hasta la saciedad, taladrando los oídos y las meninges de los pobres que viven cerca de esos monumentos a la inanidad.

Y los pastores, cual Sancho Panza en la Ínsula Barataria, tocando el violón y bailando al son de la desafinada melodía que otros componen con desaliño. Mientras, la Navidad languidece en el silencio obsequioso de los que no quieren incomodar a un sistema que todavía nos subvenciona, si no le molestamos demasiado. Sin embargo, el prólogo del Evangelio de San Juan denuncia permanentemente nuestra cómplice pasividad: Y la Palabra se hizo carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad (Juan 1,14). A esta Palabra nos debemos, pues es la definitiva y debe ser proclamada a tiempo y a destiempo, oportuna o inoportunamente (cf. 2 Timoteo 4,2) “porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos” (Hechos 4,12). ¡Ven Señor Jesús!

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