Todo el mundo miente, y generalmente nadie está dispuesto a cambiar.

Mark Twain (Samuel Langhorne Clemens), autor de “Sobre la decadencia en el arte de mentir”, además de “Tom Sawyer” y otras famosas narraciones de éxito, dijo que había tres tipos de mentiras: «mentiras, malditas mentiras y estadísticas». Dado que estamos en un año de elecciones, debemos estar preparados para oír muchos de los tres tipos.

Durante este año electoral, estamos destinados a que los profesionales de la política suelten por su boca muchísimas palabras y expresiones tóxicas, con la intención de tergiversar, falsear la realidad y sustituirla con fantasías con la intención de ganar votos.

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Pese a que haya quienes consideren lo contrario, la mendacidad no discrimina por razón de edad, de sexo, de raza, formación académica, o cualquier otra circunstancia personal, la mentira es practicada por los niños, los adultos, los hombres y las mujeres, los universitarios y los ignorantes, los padres o los hijos, los amantes o los esposos, los ricos, los pobres… mienten los gobernantes y los líderes sociales para conseguir sus propósitos, para evitar problemas o para seducir al electorado (llegando a la paradoja de que son los más mentirosos quienes muestran el mayor empeño en desenmascarar las mentiras de sus adversarios); mienten los medios de comunicación, ocultando información o publicando información interesada, enfatizando noticias o contrarrestándolas con otras; mienten los publicistas y los vendedores en todas las transacciones comerciales para persuadir a sus clientes; y, entre otros, mienten también los profesionales para defender sus intereses, el reconocimiento social o para lograr la satisfacción de sus clientes. En definitiva, todas las personas intentan acomodar la realidad a sus propias intenciones, expectativas o necesidades; pero lo sorprendente es que, a sabiendas de que el mundo es así, actuamos como si todo fuera verdad, o ¿tal vez necesitamos persuadirnos de que lo es?

La mentira está presente en cualquier lugar, en cualquier contexto: en las relaciones familiares, entre amigos, en las relaciones de pareja, en el trabajo, en la investigación científica, en la política, en la administración de justicia; en cualquier momento y lugar, allí donde haya gente.

El engaño no es exclusivo de la especie humana, es también una característica que está presente en los primates y en otros animales que, viven en entornos sociales de gran complejidad; y en los reinos animal y vegetal son numerosos los seres vivos que, han desarrollado en el proceso evolutivo capacidades de camuflaje y de adaptación muy elaboradas; sí, son muchos los seres vivos que han prosperado gracias al efecto de confundir a sus competidores o a sus depredadores.

La supervivencia en un medio social complejo ha favorecido el desarrollo de la neo-corteza cerebral en el ser humano y en otros mamíferos superiores, que ha hecho posible la adquisición de habilidades mentales extraordinarias, como son la auto-conciencia y la teoría de la mente, permitiendo, no sólo reconocer características personales sino también anticipar los pensamientos e intenciones de los congéneres, aumentando así las habilidades sociales y la cohesión grupal.

Pero… ¿por qué miente la gente, por qué mentimos?

Generalmente, la gente miente por miedo a ser castigado, para protegerse, o para salir airoso de una situación embarazosa, o para no ser descortés, o evitar ser impertinente, por vergüenza – también por carecer de ella- hay quienes mienten para obtener algún beneficio de los demás, o para conseguir “provecho psicológico”, o provecho material, o de cualquier tipo.

En resumen, la experiencia cotidiana nos demuestra que las personas faltan a la verdad esencialmente, por dos cuestiones: por debilidad -porque se sienten vulnerables- y por poder.

Como decía más arriba, “el mal político” miente por poder, sea para conservarlo, sea para conseguirlo; por la misma causa que lo hacen el estafador, el falso mendigo, los falsos amigos, las personas manipuladoras para conseguir alguna ventaja económica, o sentimental, o simplemente “fama”, reconocimiento público.

Las personas falsarias, quienes mienten poseen, en apariencia, una cierta ventaja respecto de los demás, de los que han logrado ganarse su confianza, respecto de sus palabras y acciones… Pero, tarde o temprano acaban siendo descubiertos y desenmascarados para su humillación y vergüenza; claro que esto último poco importa a quien no la poseen.

Por lo general los adultos suelen incurrir como media en una mentira diaria. La enorme mayoría de estas mentiras son de compromiso, para protegerse a sí mismos o a otros, como decirle a alguien que está muy elegante con determinada indumentaria, o que el regalo con el que lo han obsequiado le gusta mucho.

Los menores son alentados a decir tantísimas mentiras política y socialmente correctas, y oyen tan enorme cantidad que, acaban sintiéndose cómodos cuando son insinceros. Aprenden que la franqueza crea conflictos y que mentir es una manera de evitarlos. Y aunque sepan diferenciar las mentiras correspondientes al “saber estar”, de las dichas para ocultar alguna mala acción, acaban integrando la mentira en su esquema de pensamiento y acción, y por tanto desaparece la mala conciencia o el remordimiento. Se vuelve más fácil mentirles a los padres.

Diversos estudios relativamente recientes llegan a la conclusión, desalentadora sin duda, de que alrededor del 40% de los jóvenes considera que mentir es lícito, y además necesario para tener éxito en la vida.

Según esos mismos estudios, ocho de cada diez adolescentes encuestados –por supuesto de ambos sexos- consideraban que están recibiendo una formación en valores éticos adecuada para su futura incorporación al mercado profesional e integración social. Y el 54% de los adolescentes consultados cita a sus padres como los principales modelos a seguir, mientras que el resto de encuestados cita a amigos e incluso afirman no tener ningún modelo de referencia.

En la dirección de lo que venimos hablando, podemos afirmar, con rotundidad, que la izquierda política es la personificación de la mendacidad. Todo en ella es falsedad e impostura. En honor a la verdad, debemos reconocer que si la izquierda suele salir exitosa (cuando lo logra) es fundamentalmente debido a que la gente izquierdista es muy hábil en mentir (y también en auto-engañarse).Es por ello que en la actualidad, por ejemplo, quienes se hacen llamar “progresistas” (otra de sus mentiras, pues normalmente son un enorme lastre, un enorme obstáculo para que la vida de las personas avance a mejor), repiten por doquier, como si fuera uno de los grandísimos hallazgos de la humanidad –recién descubierto por ellos- que, la vida es injusta.

La izquierda, como decía, es mendaz. A lo largo del tiempo ha mantenido, generalmente un discurso falaz. Siempre ha basado su discurso (narrativa lo llaman ahora) en embustes como que “la propiedad es un robo”, o que la historia de los humanos ha sido una continua confrontación entre opresores y oprimidos, explotadores y explotados,… “lucha de clases”, lo llaman. Otro “mantra” de la izquierda (falaz como el resto de su discurso) es el de que, las personas exitosas que, tienen la ocurrencia de crear un negocio, poner en marcha una empresa, crear riqueza y empleos, lo hacen exclusivamente movidas por su afán esclavizar a sus trabajadores, y que son gente malvada, sin escrúpulos, sin conciencia, a los que sólo les mueve su ánimo de lucro y a los que no les importa las consecuencias de sus actos, en caso de perjudicar a alguien…

Es posible que, muchos que hayan llegado hasta aquí consideren que, innecesario, que está de más hablar de los embustes de la izquierda, pues son de sobra conocidos, pero, nunca está de más recordarlos, pues, generalmente las cuestiones más difíciles de explicar y hacer llegar a la gente, son aquellas que siempre han sido evidentes, pero que la mayoría ha decidido no tener presente…

En el régimen nacional-socialista, Joseph Goebbels, ministro de propaganda de Adolf Hitler, empleó –junto con la mentira- para influir en el pueblo alemán, el método denominado “Argument ad nauseam”, o falacia nauseabunda, para lavar el cerebro a la masa inculta y analfabeta. Un argumento ad nauseam, o falacia ad nauseam, es una falsedad en la que se argumenta a favor de un enunciado mediante su prolongada reiteración, por una o varias personas.

 Aquello de una mentira repetida mil veces, se acaba convirtiendo en “verdad”.

Bien sabido es, también, que este modus operandi no fue exclusivo de la Alemania hitleriana y que, los regímenes estalinistas también practicaron las mismas formas de proselitismo y propaganda.

La mentira repetida hasta el hartazgo es un procedimiento usado de manera muy habitual, para reforzar lo que algunos llaman “leyendas urbanas”, al repetir determinadas falsedades hasta asentarlas como parte de las creencias de la sociedad, convirtiéndolas en verdades incontestables.

En la España social-comunista de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, estos objetivos de “Lavado Cerebral en Masa” son impuestos mediante el control de los medos de comunicación y el sistema de enseñanza. Es así como, logran promover de forma eficaz el “autoengaño” de la juventud y de los ciudadanos corrientes en general.

Para divulgar sus mentiras, y conseguir sus objetivos, el gobierno social-comunista recurre a intervenciones periódicas de sus líderes y de sus caciques y oligarcas, de larga duración, lo cual provoca un estado de somnolencia o sueño-hipnótico, que permite no racionalizar lo oído.

¿Entienden ahora las frecuentes apariciones de Pedro Sánchez en las diversas televisiones…?

Otro procedimiento –en el cual está también presente la falsedad, el embuste- utilizado por los social-comunistas es el recurso a la ridiculización o la criminalización de actos, opiniones, religión, etc. de grupos de personas que ellos consideran nocivas, lo cual les permite poder emplear -posteriormente- alguna forma de represión.

Otra ocasión en la que la izquierda falsaria incurre en divulgar embustes es cuando habla de «derechos». Según los “progresistas”, la gente, todos tenemos derecho a multitud de cosas, desde «viviendas dignas» hasta «un salario digno». Todo lo deseable es convertible, automáticamente, en “derecho”, por la simple cuestión de que sea deseable.

Pero la realidad es que, aunque la izquierda afirme lo contrario, los seres humanos no tienen derecho a casi nada, ni siquiera a la comida que necesitamos para permanecer vivos. Si no producimos alimentos, simplemente nos moriremos de hambre. Si no construimos viviendas, entonces no vamos a tener viviendas, «dignas» o de otro tipo.

Se pueden regalar muchas cosas a las personas, a las que los políticos dicen que tienen «derecho», sólo si el gobierno obliga a otras personas a proporcionar esos bienes y servicios a las personas agraciadas que, al parecer de los políticos de izquierda (también de la mayoría de la derecha) no necesitan mover un dedo para ganárselas y “tienen derecho a ellos por su cara bonita”.

Toda la palabrería falaz de la izquierda y del resto de los partidos que forman parte del consenso socialdemócrata (también llamado estado del bienestar),  sobre «derechos» significa simplemente obligar a determinadas personas a trabajar para producir bienes y servicios para otras personas, que según parece no tienen la obligación de trabajar.

Según el discurso mendaz de la izquierda, todos tenemos «derecho» a la totalidad de bienes y servicios por el simple hecho de ser deseables, independientemente de si las producimos nosotros, o son otras personas quienes las producen… la pregunta que sigue a todo esto es: ¿Por qué algunas personas poseen más que otras y tienen mayor acceso a determinados bienes y servicios?

La izquierda con sus embustes fomenta la envidia, la codicia de los bienes ajenos, el sentimiento de agravio, contra quienes son exitosos y son capaces de producir mucho y bien… y promete a los que no producen, o apenas lo hacen, que serán desagraviados y que se redistribuirá entre ellos la riqueza, pues, tal como afirma la gente de izquierda, para recibir beneficios económicos basta aquello de que todos «tenemos derecho», en lugar de “tenemos derecho a todo aquello hemos ganado trabajando”.

Y, ya para terminar, permítaseme decir que, indudablemente si en algún momento, a algo debemos supeditar “la verdad” –exclusivamente- es a la conservar, a preservar la vida humana, a lo que todo lo demás debe ser supeditado; pues sólo existe el derecho a la vida, a la libertad, a la propiedad y a la búsqueda de la felicidad, a procurarse una buena vida…

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