El suicidio, generalmente, es cosa de hombres ¿Por qué será?

CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN

4.003 personas, 22 de ellas menores de 15 años, se quitaron la vida en 2021, de ellos, 2.982 hombres y 1.021 mujeres.

Hace poco más de año y medio, el 18 de marzo de 2021, el Congreso de los Diputados de España aprobó la ley de la eutanasia. Aunque el gobierno social-comunista y sus voceros y aduladores la presentaron como un acuerdo de progreso, para que la sociedad española avance para mejorar, cualquier persona sensata es seguro que, pensó que se trataba de una muy mala noticia, una decisión que está provocando un grave daño a la sociedad española (ya lo comprobaremos a no mucho tardar cuando se lleve a cabo una evaluación de la aplicación de la perversa ley), que se degenera enormemente al elegir transitar por la cultura de la muerte y no optar por la vida, los cuidados paliativos y la investigación para la erradicación del dolor.

10 de septiembre, día mundial para la prevención del suicidio.

En el debate de sus «señorías» salió a relucir un asunto habitualmente tabú: «en España se suicidan alrededor de 10 personas por día», claro que, al entender de algunos, en España hay «suicidios progresistas» y otros que no lo son. También hubo quienes alegaron aquello -también «progresista»- de que todo quisqui ha de ser libre de elegir, autodeterminarse, en este asunto, en el de poner fin a su vida… Evidentemente, se referían a quienes padecen una enfermedad «terminal», pero, inevitablemente surgen preguntas del millón como:

¿Por qué permitírselo a un paciente de cáncer al que le quedan seis meses de vida y restringirlo a personas que simplemente están tristes, desmoralizadas, abatidas, deprimidas o desesperadas?

Bien, abordemos la pregunta que se hace en el título: ¿Por qué se suicidan más hombres que mujeres? Entre tres y cuatro veces más…

Pese a que los hombres se suiciden de media de entre 3 y 4 veces más que las mujeres en todos los países del mundo (con excepción de China), pocos estudiosos lo consideran un problema digno de estudio y mucho menos «un problema de género». Llama la atención que las mujeres lo intentan de media 3 veces más que los varones pero fracasan. Según algunos «expertos» la «culpa» del suicidio masculino es del varón, mientras que el intento de la mujer se debe a las circunstancias.

Según Carmen Tejedor, psiquiatra especializada en suicidio, la gran desproporción entre hombres y mujeres suicidas se debe a factores genéticos y biológicos. La testosterona les ha convertido históricamente en cazadores, les hace más impulsivos y más resolutivos.

Lo cierto, sin embargo, es que no hay acuerdo en la comunidad científica al respecto. Existen estudios que señalan la inexistencia de una correlación entre testosterona y suicidio, así como otros que afirman que hay una correlación entre baja testosterona y suicidio. En resumen, no se puede afirmar tan alegremente, de forma rotunda, que la testosterona es el problema. Aunque por supuesto es mucho más fácil culpar a la víctima que replantearse si quizá los varones tienen problemas, en lugar de ser el problema, como es costumbre desde que la ideología de género se ha vuelto omnipresente. También resulta interesante que las explicaciones biológicas sean aceptables para hablar sobre los problemas del varón, como su menor esperanza de vida. Sin embargo, hacerlo en el caso de las mujeres se considera una postura esencialista y sexista.

¿Por qué las mujeres se intentan suicidar más que los hombres, aunque no lo consigan? Veamos qué dicen algunos seguidores de la liberticida y totalitaria «perspectiva de género»:

La tendencia de las mujeres a intentar suicidarse, claro está, se debe a un factor es externo: viven con una presión tres veces superior. Ellas no son el problema. Ellas tienen problemas. Por supuesto, quienes afirman, que las mujeres viven con una presión tres veces superior no aportan ningún tipo de dato o explicación. La narrativa de género actual se ha repetido tantas veces que ya es innecesario. Por el contrario, cualquier estudio que no vaya en la dirección de la «perspectiva de género» sí está obligado a citar datos para poner en duda esa u otra afirmación semejante. No hemos hallado informes que hablen sobre la presión de hombres y mujeres. Lo más cercano que hemos encontrado ha sido un estudio de la APA (American Psychological Association) que recoge los índices de estrés por sexo. En una escala del 1 al 10, los hombres puntuaban 4,8 y las mujeres 5,4. Para que las mujeres sufran tres veces más estrés, la puntuación masculina debería ser 3 y la femenina 9. Es decir, un total de 6 puntos de diferencia. Sin embargo, se trata de 6 décimas. Ni siquiera un punto completo.

Todo esto sin mencionar que dicha puntuación se basa en lo que hombres y mujeres han informado, y siempre es posible que la mayor educación «estoica» del varón le haga señalar niveles de estrés inferiores a los que realmente tiene. Al fin y al cabo los hombres desempeñan los trabajos más peligrosos (y por ende, estresantes), como nos indica la tasa de mortandad laboral masculina. También son quienes mueren con mayor frecuencia en accidentes domésticos, realizando tareas del hogar típicamente masculinas como reparar el tejado. Finalmente, al constituir la inmensa mayoría de los indigentes, podemos concluir que no cuentan con un apoyo familiar tan fuerte como las mujeres, y eso debe estresarles en algo también. Con todo, no vengo a decir que un sexo tenga más presión que otro, pero para afirmar categóricamente que las mujeres tienen tres veces más presión que los hombres habría que aportar algún dato, y no simplemente apoyarse en un relato sesgado, dogmático, que se retroalimenta.

Carmen Tejedor también afirma que todos los intentos de suicidio femeninos se hacen con plena voluntad de ser “exitosos” pero fallan por un error cálculo:

Una persona no se juega la vida en el intento sólo por notoriedad. Esa explicación del finalismo histérico para explicar el suicidio es no entender nada. Hablar de teatro en esos casos parece, cuando menos, sádico, porque lo que es en realidad es una ruleta rusa.

Y aquí es donde se encuentra la gran contradicción. ¿Cómo puede ser que la mujer se suicide menos porque se preocupa de que la consideren “mala madre”, y al mismo tiempo se intente suicidar tres veces más que el varón con toda la voluntad del mundo? Ambas tesis son, a todas luces, irreconciliables. Sólo se mantienen porque es necesario casar el mayor altruismo de la mujer (que mira más allá de su propia situación) con su mayor opresión (que lo intenta más que el varón porque está más oprimida pero no tiene éxito).

La alta proporción de suicidios masculinos también tiene que ver con que los hombres generalmente son más introvertidos. A los hombres les cuesta mucho comunicarse. Muy pocos hombres admiten que se encuentran mal y que necesitan ayuda.

Más del 90% de las personas que acuden a ayuda psiquiátrica o psicológica son mujeres. Cuando sufren una depresión ellas son más conscientes y no ven al psicólogo o al psiquiatra como un extraño.

En definitiva, son muchos los supuestos expertos que afirman, que el hombre y su actitud son el problema. No saben o no quieren pedir ayuda. Por eso se suicidan más.

Pero, ¿tan difícil es tener en cuenta que la conducta de los hombre guarda una íntima relación con el condicionamiento social que reciben desde la infancia?

Cuando los niños pequeños lloran, se les manda callar diciendo “los hombres no lloran”, y a medida que van creciendo reciben numerosos mensajes similares, desde burlas a quien expone sus sentimientos  hasta (en algunos países) la utilización de su cuerpo por parte del Estado para la guerra, pasando por el rechazo de sus problemas en el discurso feminista de género que los acusa de privilegiados y opresores. En definitiva, todos los elementos que conforman la actual cultura de desechabilidad masculina y que les comunica claramente que su sufrimiento no importa.

Afirmar, tal como muchos hacen a menudo, que los hombres “no saben o no quieren pedir ayuda” es culpar a la víctima. Llamarlo orgulloso, emocionalmente inmaduro o estúpido, sin examinar por qué adopta dicha actitud y ni qué ocurre cuando finalmente decide abrirse a los demás. Como de costumbre, cuando se trata del varón la sociedad prefiere mirar para otro lado en lugar de hacer exámen de conciencia y reconocer que quizá esté cometiendo las injusticias que lo han llevado a esta situación.

¿Cuál es la verdadera razón por la que los hombres se suicidan tres veces más que las mujeres pero ellas lo intentan tres veces más y fracasan?

“Los varones eligen un método mucho más mortífero y resolutivo”, según afirma Javier Jiménez, psicólogo clínico y presidente de la Asociación de Investigación, Prevención e Intervención del Suicidio.

Se trata de la línea de investigación compartida por numerosos estudios y su conclusión es correcta.

Lo sorprendente es que, quienes pretenden interpretar el asunto desde la perspectiva de género, se empecinan en que los métodos que los suicidas eligen (hombres y mujeres) están determinados por «roles de género»… Sin embargo, en países donde el estatus legal y cultural de las armas de fuego es muy diferente, como Estados Unidos y España, la diferencia de género en cuanto a los suicidios continúa siendo similar. Se puede concluir así que el acceso a las armas de fuego no supone una gran diferencia ya que los hombres que lo desean acaban encontrando métodos letales para quitarse la vida.

Que la respuesta a la discrepancia en la forma en que se suicidan hombres y mujeres esté en los roles de género es, como mínimo, incompleta. Los hombres escogen métodos de una letalidad mayor y más inmediata, sí, ¿pero por qué? También podría reformularse la pregunta de otra manera: ¿Por qué las mujeres escogen métodos cuyo índice de letalidad es inferior y/o menos inmediato?

La excepción a esa norma de tres suicidios masculinos por uno femenino es China, donde las mujeres se suicidan el doble que los varones.

Quizá la razón de que haya quienes utilicen métodos más mortíferos y logren el propósito de suicidarse se deba a que están firmemente decididos a quitarse la vida y hayan perdido toda clas e de esperanza, y quienes, por el contrario usan procedimientos menos letales no. Lo cual no significa que su pretensión sea «llamar la atención»…

Tampoco podemos descartar, ni en hombres ni en mujeres, que hayan planeado un suicidio fallido para lanzar un mensaje a sus familiares y amigos, como un grito desesperado de ayuda (una vez más, algo distinto a “llamar la atención”). Esta posibilidad fue señalada en el estudio de Francis T. McAndrew y Andrew J. Garrison “Beliefs About Gender Differences in Methods and Causes of Suicide“, publicado por la International Academy for Suicide Research. Según los autores (p. 1-2):

Entre los adolescentes [de ambos sexos] muchos intentos de suicidio son claramente una respuesta estratégica al conflicto familiar y un esfuerzo para obtener mayor simpatía y dedicación de los padres (Andrews, 2006; Spirito, Valeri, Boergers et al., 2003; Wagner, 1997; Wagner, Aiken, Mullaley et al., 2000) […].

El suicidio es un intento de quitarse la vida, pero un intento de suicidio podría ser perfectamente un esfuerzo para mejorar la propia vida (Pokorny, 1965). En resumen, los intentos de suicidio son una forma de comunicación [o mejor dicho, pueden serlo]. Aunque tanto varones como mujeres no parecen comunicar cosas diferentes en los intentos de suicidio, las mujeres son significativamente más propensas a iniciar un intento de suicidio sin la intención de morir, y esto podría explicar la disparidad de los sexos entre intentos de suicidio y suicidios completados (Hjelmeland, Knizek & Nordvik, 2002).

Los autores también alertan que hay de todo: personas que se intentan suicidar con toda la voluntad del mundo pero fracasan, y quienes querían utilizar el intento para lanzar un mensaje pero terminan muriendo. Sin embargo, su afirmación sobre la disparidad del suicidio entre los sexos no parece tan descabellada. Al fin y al cabo, como las estadísticas de indigentes demuestran, el hombre cuenta con menos apoyo familiar y emocional que la mujer, por lo que no sería de extrañar que un sexo espere mayor simpatía que el otro tras un intento de suicidio fallido.

El elefante en la habitación

En inglés existe una expresión llamada “the elephant in the room”. Equivale a decir que hay un elefante en mitad de la habitación (el símbolo de un problema enorme y fácilmente visible) que los interlocutores deciden ignorar pese a que se encuentra claramente delante de sus narices. El elefante aquí viene a ser esta pregunta:

¿Cabe la posibilidad de que los hombres se suiciden más que las mujeres porque sufren más o son más infelices?

Casi parece una pregunta tabú, dado que aparentemente ningún medio de información, credor de opinión o manipulación de masas la ha sugerido, quizá debido al discurso de género dominante que describe al varón como privilegiado y opresor, o quizá por la tradicional indiferencia que hay con respecto a los problemas del varón por razón de sexo.

De veras que a estas alturas sería bueno explorar esta posibilidad. La idea concordaría con los resultados del estudio de la Universidad de Chicago sobre la felicidad que llegó a la conclusión de que las mujeres son generalmente más felices que los hombres. ¿Podría esto tener algo que ver también?

De lo que no hay dudas es de que el suicidio es la primera causa de muerte violenta y que esas cifras superan a la suma de las víctimas mortales de todas las guerras y los homicidios que se producen en el mundo.

Estamos hablando, posiblemente de un tremendo problema, teniendo en cuenta que entre el 70% y el 80% de los suicidios son masculinos.

Desgraciadamente, hasta este momento el asunto se suele abordar principalmente como una cuestión “social”, escondiendo la perspectiva de género que en muchas otras áreas se encuentra presente para favorecer a las mujeres. Además, en las pocas ocasiones en las que se tiene en cuenta el sexo de quienes se suicidan, se acaba culpando sistemáticamente al varón por su suicidio y se tiende a señalar causas externas cuando el suicida es mujer.

Es seguro que si las cifras fueran al revés, y las mujeres se suicidaran el triple o el cuádruple que los hombres y los hombres lo intentaran tres veces más, se estaría haciendo una lectura diferente del asunto. Comenzaría a analizarse, justamente, qué ocurre en sociedad para que las mujeres se suiciden con una frecuencia mucho mayor que los varones. De hecho, ya se hizo en el caso de China. Más de un artículo, como éste del British Medial Journal, han señalado la brutal política del hijo único como la causa de que el suicidio femenino sea mayor que el masculino en el país.

Sin embargo, cuando se trata de los hombres, en cualquier país, somos incapaces de admitir que quizá existan causas externas que afecten específicamente a los varones.

Por supuesto, no todos los suicidios obedecen a una misma causa. Creo que eso no hace falta que nos lo recuerde nadie, pero tampoco quita que existan situaciones que empujan al suicidio.

Pero, la cruda realidad es la que es (se puede ignorar la realidad, pero no se puede ignorar las consecuencias de ignorar la realidad, como dice Ayan Rand.): los hombres se suicidan ocho veces más que las mujeres tras el divorcio.

¿De veras se trata simplemente de una diferencia en la testosterona, como se señalaban más arriba? ¿O quizá se trate de la ruina económica a la que muchos hombres se ven abocados tras el divorcio, unido al daño emocional que supone la mayor frecuencia con la que el hombre tiende a ser privado del contacto con sus hijos (amén de la ruptura con la pareja) y la expulsión de su vivienda habitual?

Sobre la parte económica, este vídeo puede arrojar luz al entorno que podría causar un suicidio.

A todo ello podríamos añadir la escasa compasión que despiertan los hombres divorciados en el discurso de género, que como el resto de varones continúan siendo opresores y merecen la suerte que han encontrado.

También sabemos que con la crisis económica de 2008 aumentó significativamente el número de suicidios de varones debido al desempleo, mientras que el de mujeres se mantuvo estable. Ya hemos repetido varias veces que pese al relato de que la mujer es especialmente vulnerable a estas coyunturas, son los varones quienes constituyen la mayor parte de los indigentes, por lo que quizá tendríamos que replantearnos la cuestión. Y no es sólo un asunto meramente económico. La inmensa mayoría de las mujeres afirma que no tomaría como pareja a un hombre desempleado. Por otra parte, los varones que pierden su empleo cuentan con índices de divorcio más altos. La privación de afecto cuando el hombre no consigue cumplir las expectativas impuestas por el sistema de género supone sin duda un factor a tener en cuenta.

Esto es sólo el principio, pero parece claro que los hombres tienen problemas. Algunos coyunturales, como la crisis económica, y otros estructurales, como las leyes que los discriminan (incluyendo el servicio militar obligatorio en muchos países) o las actitudes sociales de rechazo cuando no cumplen con el rol que se les otorga por razón de su sexo. Sin embargo, en el caso del varón no hay necesidad de investigar o tener en cuenta si quizá existen injusticias sociales, económicas y/o legales contra él. Resulta más fácil decir que los hombres se suicidan porque son impulsivos, egoístas y no saben o no quieren pedir ayuda. Culpemos, en definitiva, a la testosterona.

¿Será la sociedad capaz de quitarse la venda y extender a los hombres la misma compasión que muestra hacia las mujeres? Comenzar a hablar de ello constituye sin duda el primer paso, aunque por lo que se ve queda un larguísimo camino por recorrer.

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