«Azucre», las voces de los casi dos mil gallegos que en 1853 emigraron a Cuba y acabaron siendo esclavizados…

El Reino de España recibió pagos millonarios tras el Congreso de Viena (reunión que tuvo lugar en Austria entre 18 de septiembre de 1814 y el 9 de junio de 1815), para que aboliera la esclavitud en sus territorios. Las autoridades españolas recibieron el dinero, pero mantuvieron la trata de esclavos, a partir de ese momento de forma clandestina. Esto hizo empeorar las condiciones de los negros y las revueltas, por lo que se promovió el envio de trabajadores europeos para compensar la población. Dos mil gallegos salieron hacia allí, pero, para su sorpresa, a su llegada fueron esclavizados

El invierno de 1853 fue posiblemente el más lluvioso de la historia de Galicia, hasta tal punto que se acabaron perdiendo las cosechas y le siguió una epidemia de cólera que, acabó acarreando graves consecuencias para la población. Orestes, el Tísico, el Rañeta y Trasdelrío, el Comido, Tomás el de Coruña y muchos otros rapaces que anhelan un futuro mejor para ellos y sus familias deciden abandonar sus hogares y partir rumbo a Cuba para ganarse la vida en las plantaciones de caña de azúcar. Pero ese viaje les tiene reservado un calvario que sus cándidas mentes jamás habrían sido capaces de imaginar.

Azucre es una nobela escrita por Bibiana Candia, en la que la autora rememora las terribles circunstancias acaecidas en la segunda mitad del siglo XIX y de las que apenas nadie quiere acordarse. Bibiana Candia nos cuenta la auténtica historia de mil setecientos jóvenes que viajaron a Cuba para trabajar y terminaron vendidos como esclavos por obra de Urbano Feijóo de Sotomayor, un gallego afincado en la isla que, aprovechando la situación de necesidad de sus compatriotas, promovió una campaña de colonización blanca y sustitución de la mano de obra llevada desde África.

Bibiana Candia. Foto: Cortesía de la autora
Bibiana Candia

La esclavitud forma parte de la historia de España no como hecho aislado, casual o inevitable, sino como un fenómeno institucional. A mediados del XIX, María Cristina y su marido, cuando la esclavitud ya estaba abolida internacionalmente, cobraban por cada esclavo que entraba en Cuba, además de poseer plantaciones que se explotaban a través de la esclavitud. El negocio que el matrimonio regio tuvo montado con el esclavista vasco Julián de Zulueta daba beneficios del 1000%. Son muy recomendables sobre esta época las obras del profesor de la Universidad Jaume I, José Antonio PiquerasLa esclavitud en las Españas. Un lazo trasatlántico Cuba, emporio y colonia. La disputa de un mercado interferido (1878-1895). Un profesor que ha denunciado, con escaso éxito por ahora, la ingente cantidad de calles que hay dedicadas a negreros en Madrid.

En las Cortes de Cádiz se planteó el final de la esclavitud. Una intervención en ese debate de Franscisco Arango y Parreño sirve para entender el estado de la cuestión a comienzos del siglo:

«La medida es peligrosa tanto para España como para Cuba porque su riqueza depende del sistema esclavista. Los negros están en Cuba en obediencia de unas leyes que no sólo nos autorizaron, sino que nos obligaron y nos han estimulado a la adquisición de negros. Los negros están aquí en cumplimiento de un alto ideal, ya que todos venían a ser más felices aquí de lo que lo eran. Los negros están aquí por la religión: que según se nos decía y dicen todavía libros de autores respetables, era muy interesada en libertar a esas almas de la eterna condena»

Los empresarios que se lucraron con este negocio conformaron una oligarquía que fue la que posteriormente financió la restauración borbónica de Alfonso XII, el recordado proyecto de Cánovas, quien no por casualidad había sido antes ministro de Ultramar antiabolicionista de la esclavitud. Tras la república, este movimiento de restauración monárquica tenía como uno de sus fines destacados mantener los beneficios de este negocio a pesar de las presiones internacionales. Resulta que mucho antes, en 1820, España ya había suscrito los tratados que prohibían el comercio de africanos, previo pago millonario de la corona británica, pero el fenómeno seguía a pleno rendimiento.

«El más notable de los políticos conservadores del siglo XIX, Antonio Cánovas del Castillo, hizo de la lucha contra los proyectos abolicionistas uno de sus tres pilares de sus intervenciones en las Cortes de 1869 y 1870, cuando solo subsistía en Brasil y en las Antillas. Este antiguo ministro de Ultramar, conocedor de la presión internacional, después de haber conseguido que la institución viera prorrogada su vida para más de 300.000 siervos, en 1880 volvió a emplearse a fondo hasta lograr garantías para los dueños de esclavos en Cuba. Cánovas cuenta con plazas y calles en varias ciudades, frente al Senado se eleva un monumento a su memoria y uno de los institutos del principal partido conservador español lleva su nombre» (José Antonio Piqueras).

Según explica la historiadora Ascensión Cambrón Infante, en su ensayo Emigración gallega y esclavitud en Cuba (1854) Un problema de estado, en este contexto, con la trata realizada de forma clandestina tras el Congreso de Viena en el que se obligó a España a suscribir la abolición, empeoraron las condiciones de vida de los esclavos y aumentaron las revueltas. Así, intelectuales criollos como Ramón de la Sagra o Vicente Vázquez Queipo manifestaron que era necesario impulsar una emigración blanca a la isla. Se creó la Junta de Población Blanca para establecer nuevas colonias de ciudadanos europeos y disminuir los conflictos potenciales que pudiera provocar el aumento de población negra.

Todo esto coincidió con una grave crisis en la Galicia de mediados del XIX. Un gallego negrero afincado en Cuba, Urbano Feijoo Sotomayor, organizó un proyecto para llevar gallegos a Cuba. Tenía dos objetivos, cita la historiadora, «socorrer a los desgraciados gallegos» y «contribuir a la agricultura y aumento de la población blanca». En 1854 llegaron a la isla casi dos mil emigrantes. Nada más pisar tierra, Feijoo los recluía en barracones con higiene y alimentación nula o escasa. Durante este periodo, se les exhibía y se les compraba y vendía como mercancía. De ahí, marchaban a su destino. Jornadas de trabajo de más de dieciséis horas por salarios irrisorios, inferiores a los blancos que trabajaban en la isla y también a los de los negros «libres».

Según escribió Ramón Fernández Armada, esta fue la situación de los gallegos que llegaron a Cuba:

«Los gallegos han sido arrancados de sus hogares engañados con cautelosas y mentidas promesas y han venido a encontrar en Cuba la vergüenza, el engaño, la ignominia y la muerte. Hasta el presente han encontrado la muerte 500, por cálculo aproximado, a causa de hambre, malos tratos o abandono. (…) Toda su culpa fue pedir pan para no morir de hambre y para reprimir este impulso los jefes les mandaron encerrar en fétidas instancias, cargados de grillos y cadenas, desnudos y descalzos, los alimentan con carnes descompuestas que los negros africanos rechazan. Les obligan a trabajar durante la aclimatación 15 horas diarias (….) por medio del palo, el azote y la espada. Esta situación les ha conducido a la desesperación y los que no huían, morían en los caminos, en las cárceles o en los hospitales. Escándalo, espanto, carnicería. La humanidad condena estos crímenes y a sus autores, pero en las sociedades constituidas no basta esta reprobación hay leyes y hay gobierno».

Como tantas otras, estas historias de nuestro siglo XIX ahora han caído completamente en el olvido. Por eso sorprende una la publicación de una obra, Azucre, de Bibiana Candia, que recuerda a esa población estafada, pero no desde un ensayo histórico, sino esforzándose por imaginar cómo serían sus orígenes, sus historias personales y sus lamentos. La emigración siempre tiene tintes trágicos en muchas de sus manifestaciones, pero este episodio penoso de nuestra historia fue un auténtico viaje al infierno. Las cartas de los gallegos pidiendo ayuda se encuentran en el Congreso de los Diputados con acceso restringido.

La novela se inicia con el camino que recorren por Galicia hasta embarcar. Se muestran los paisajes de una región devastada por una pandemia, la del cólera. En España fueron 300.000  los muertos por una bacteria que entró por un puerto vigués. Los protagonistas de Azucre hablan de que Coruña es «un trozo de carne podrida» donde «se llevan a los muertos en carreta para que los quemen».

La travesía en el mar también es penosa, se les anuncia «tranquilos, rapaces, el mal de mar solo tiene dos momentos malos: cuando crees que vas a morir, que es donde estáis ahora; y el segundo, cuando te das cuenta de que vas a vivir». Más adelante pasan de la fascinación al ver las casas de colores de La Habana, a la frustración de verse tratado como mercancía cuando atraviesan las calles de esa gran ciudad para ser llevados en ferrocarril a un barracón donde son puestos a la venta. El final es el que se deduce de los ensayos sobre el fenómeno.

«Los muchachos no tienen conciencia de que pueden morir, por eso hacen las cosas que hacen, por eso se van al otro lado del mundo pensando que sobrevivirán al cruzar el mar. Todo lo hacen por eso, porque nunca piensan que morirán, les bastaría con comer lo suficiente todos los días para creer que su fuerza podría ser infinita». 

Candia ha tratado de visualizar cada hora que vivió este grupo de desafortunados. Un ejercicio literario que complementa los hechos conocidos y constatados e intenta llegar a los detalles que se le escapan. Los que trascienden el negro sobre blanco de la narración histórica.

«Azucre» es sin duda un libro cuajado, de aparente sencillez a pesar de su rico lenguaje –en el que no faltan expresiones gallegas que acentúan su verdad–, Azucre nos revela a una escritora sin los titubeos ni las pretensiones de algunos debutantes, quizá porque Bibiana Candia es ya una espléndida realidad.

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